Las cinco y cuarenta y tres
El bar de Paco a las seis de la tarde de un día de entre semana no era gran cosa, y por eso le gustaba.
Cuatro mesas, la barra, el ruido de la cafetera, Paco secando vasos con un paño que había sido blanco.
Nora venía allí desde hacía años, a no hacer nada, a tomarse una caña o un café según el día y la hora, a dejar pasar un rato sin que nadie le pidiera nada.
Aquella tarde había pedido un café. Lo tenía delante, a medias, enfriándose, mientras miraba la calle por el cristal sin mirar nada en concreto.
En la muñeca llevaba el reloj de su padre.
Se lo había devuelto el relojero aquella misma tarde, andando.
Trece años parado y de pronto otra vez en marcha, con su tictac fino que no se oía en el ruido del bar pero que estaba ahí, debajo de todo, contando.
Nora se lo había atado a la muñeca al salir de la relojería, hacía un par de horas, con una mezcla rara de cosas dentro: orgullo, pena, una especie de responsabilidad.
Como si le hubieran dado a guardar el tiempo de alguien.
Durante trece años, aquel reloj había marcado las cinco y cuarenta y dos.
Siempre. Esa hora exacta, congelada, parada en la esfera como una foto.
Era la hora en que se había detenido cuando su padre cayó, dos minutos después de que lo mataran, dos minutos que el reloj siguió andando en la muñeca de él antes de pararse para siempre.
Trece años con esa hora. Las cinco y cuarenta y dos se habían convertido, sin que nadie lo decidiera, en la hora de la familia: la hora en que todo se paró, la hora a la que volvían sin querer, el minuto exacto en que el mundo de los Vidal había dejado de avanzar.
Nora no estaba pensando en nada de eso. Estaba pensando en si pedir otro café o irse ya a casa, en una tontería del trabajo, en que tenía que llamar a su madre.
Paco le dijo algo desde la barra sobre el fútbol y ella le contestó sin mucho interés.
Una tarde cualquiera. La clase de tarde que durante años no había sabido tener, siempre con un caso dentro, y que ahora, por fin, podía permitirse: una tarde sin nada, vacía y tranquila, de las que no se recuerdan.
Bajó la vista al reloj, sin motivo, por costumbre, para ver qué hora era.
Las cinco y cuarenta y dos.
Se quedó mirándolo. Aquel número, otra vez, después de tanto tiempo. Las cinco y cuarenta y dos en la muñeca de su padre, como llevaba trece años. Por un segundo se le encogió todo, con el reflejo viejo, el de asociar esa hora con lo peor.
Y entonces, mientras lo miraba, la aguja pequeña de los segundos terminó su vuelta, y el minutero se movió un punto, sin ruido, sin drama, como se mueve un minutero, y el reloj de su padre marcó las cinco y cuarenta y tres.
Las cinco y cuarenta y tres.
Nora se quedó sin respirar un momento. Porque aquel reloj no marcaba las cinco y cuarenta y tres desde hacía trece años.
No las había marcado nunca, en realidad, no desde aquel día: se había parado antes, en el minuto anterior, y allí se había quedado, sin pasar nunca de ahí, sin llegar nunca al minuto siguiente.
Y acababa de llegar. Por primera vez en trece años, el reloj de su padre había pasado de las cinco y cuarenta y dos.
Había cruzado la hora congelada. Había seguido.
Y no había sido magia. Eso fue lo que pensó Nora, con los ojos llenos sin acabar de llorar, en la barra del bar de Paco.
No se había arreglado solo, el reloj. No había revivido por su cuenta, como por milagro, el día en que se hizo justicia.
Andaba porque ella lo había llevado a un viejo con una lupa en la frente, y el viejo lo había abierto y lo había limpiado y le había cambiado una pieza, y porque ella, a partir de aquella noche, le daría cuerda con dos dedos antes de dormir, y le pondría la hora, y se lo ataría a la muñeca por la mañana.
El tiempo no había vuelto a andar por sí mismo.
Había vuelto a andar porque alguien, después de trece años, había decidido que volviera. Porque ella lo había decidido.
Era, al final, lo único que había hecho en toda aquella historia, lo único que se podía hacer: no devolver a los muertos, que eso no se puede, ni borrar lo que pasó, que tampoco; solo decidir, un día, que el reloj volviera a andar.
Darle cuerda. Ponerle la hora. Dejar que pasara de las cinco y cuarenta y dos.
Eran las cinco y cuarenta y tres de una tarde cualquiera. Nora se secó los ojos con el dorso de la mano, antes de que Paco lo viera, le hizo una seña para pedirle otro café y dejó que el reloj de su padre siguiera andando en su muñeca, contando, por fin, los minutos que venían después.
FIN DEL LIbrO QUINTO