La niña de la esquina (Nora Vidal 5) Agosto
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Agosto

Un año tiene la costumbre de pasar, por mucho que dentro de él quepan treinta. El verano siguiente al de la sentencia, Nora y Clara subieron otra vez al Cerro del Tío Pío de madrugada, como subían desde hacía años, a cumplir el mismo rito de siempre en la misma fecha de siempre.

Había sido un año raro, el de en medio. Un año de ir aterrizando, de acostumbrarse a que en lo de su hermana ya no hubiera nada que investigar, ningún hilo del que tirar, ninguna amenaza esperando a la vuelta de la esquina.

Nora había tardado en creérselo. Llevaba tanto tiempo viviendo en guardia, con el caso de su padre y de su hermana abierto como una herida que no cerraba, que cuando por fin se cerró se encontró sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Había aprendido, despacio, a vivir en paz, que es una cosa que parece fácil y no lo es, sobre todo cuando uno se ha pasado la vida entera en el otro sitio.

Y allí estaban las dos, un año después, subiendo el cerro no para resolver nada, sino solo para acordarse.

Era la primera vez que subían sin un caso a la espalda. Se notaba en el paso.

A las seis y cuarenta y ocho, el cerro estaba como había estado siempre a esa hora: la hierba seca pinchando en los tobillos, algún perro sin correa olfateando entre los bancos mojados de rocío y, enfrente, abajo, Madrid entero empezando a encenderse por capas, primero las luces que quedaban de la noche y luego, despacio, la línea naranja por detrás de los edificios.

Se sentaron en su banco de siempre, el tercero, el que mira mejor.

Nora le daba vueltas a esa otra cosa mientras miraba clarear.

Tenía algo de alivio, sí, pero el alivio era lo de menos.

Era, sobre todo, una sensación rara de orden, de que las piezas, después de treinta años tiradas por el suelo, habían vuelto por fin a su sitio.

Su hermana tenía un nombre y una historia.

Su padre tenía una explicación y una justicia.

Ella misma tenía, por primera vez en la vida, la conciencia tranquila respecto a la esquina, porque sabía ya que aquella niña de once años no había hecho nada malo, que no había fallado, que solo había sido una cría haciendo un recado.

Todo eso, junto, no quitaba el dolor de la fecha.

Pero lo acompañaba. Hacía que el dolor no estuviera solo, que tuviera al lado, sosteniéndolo, la verdad.

Y un dolor con la verdad al lado pesa distinto que un dolor a oscuras. Sigue pesando. Pero se puede llevar.

Porque la cosa más rara de aquel rito era Clara.

Estaban sentadas, las dos hermanas, mirando amanecer, en el mismísimo sitio del que un día de agosto se habían llevado a una de ellas.

Clara no se acordaba; para ella el Cerro era un parque bonito con buenas vistas, nada más.

Pero estaba allí. La niña que se llevaron de aquel cerro había vuelto al cerro, treinta años después, hecha una mujer de treinta y ocho años con su piso y su trabajo y su hermana al lado, a ver salir el sol.

Si había una victoria en toda aquella historia, no estaba en ninguna sentencia.

Estaba en ese banco. Estaba en que la niña robada hubiera vuelto, por su propio pie, al sitio donde se la robaron, y se sentara allí tan tranquila a desayunar el amanecer.

A Nora se le ocurrió, mirándola de reojo, que aquello era lo que de verdad significaba haber ganado.

No las condenas, no los titulares, no el caso resuelto.

Eso eran papeles. Lo de verdad era esto: que el plan de los que se llevaron a Sara, fuera cual fuera, había fracasado en lo único que importaba.

Habían querido hacerla desaparecer, borrarla, convertirla en otra, en alguien que no existía, en una pieza de su maquinaria.

Y allí estaba, treinta años después, siendo Clara, siendo libre, siendo dueña de su propio nombre, sentada al sol en el cerro del que la arrancaron, tomando café malo con su hermana.

Todo lo que le hicieron, todo lo que montaron, toda aquella crueldad enorme y organizada, había acabado en una mujer tranquila desayunando un amanecer.

Habían perdido. En lo grande, en lo único grande, habían perdido.

Y ellas, las dos hermanas calladas de un banco, habían ganado.

Y eso, pensó Nora, era lo que estaba cambiando la fecha.

Que el veintidós de agosto ya no era solo el día en que se llevaron a Sara.

Empezaba a ser, también, el día en que Sara estaba viva, sentada en el cerro del que se la llevaron, a su lado.

La misma fecha para las dos cosas. El día de la pérdida y el día de la prueba de que la pérdida no había podido del todo.

No se borraba lo uno con lo otro: convivían, como convivían tantas cosas en aquella historia, las cinco y cuarenta y las cinco y cuarenta y dos, el dolor y lo que viene después del dolor.

Le gustaba esa idea, la de que las cosas pudieran ser dos a la vez sin tener que elegir.

Toda la historia se la había enseñado: que un reloj pudiera marcar dos horas verdaderas, que un padre pudiera ser Manuel y Alfonso, que una hermana pudiera ser Sara y Clara, que un conejo de trapo pudiera llegar como una amenaza y quedarse como un regalo, que una fecha pudiera ser el peor día y, con los años, también otro.

La vida no obligaba a tachar. Dejaba que las cosas se acumularan, capa sobre capa, la pérdida debajo y encima lo que vino después, sin borrar nada, sin mentir sobre nada.

El veintidós de agosto sería siempre el día en que se llevaron a su hermana.

Y empezaba a ser, además, el día en que su hermana volvía cada año al cerro, viva.

Las dos cosas. Para siempre. Sin elegir.

Clara sacó de la mochila un termo y dos vasos, sirvió café y le pasó uno a Nora sin decir nada.

El café, como el té de Clara, estaba malo; a Clara le salía todo malo, lo líquido y caliente no era lo suyo.

Nora se lo bebió igual, malo y todo, mirando el sol subir por detrás de Madrid.

Le pareció el mejor café malo del mundo.

Pensó en lo lejos que habían llegado las dos.

En la Clara rota que recuperaron, la que no hablaba, la que se sobresaltaba con todo, y en esta Clara de ahora, que cogía el metro sola, que tenía su vida medida al milímetro, que le servía café malo a su hermana en un cerro al amanecer con una naturalidad de persona entera.

No estaba curada del todo; no se cura una del todo de algo así.

Pero estaba viva, y estaba bien, y estaba allí.

A veces, había aprendido Nora, eso es todo lo que se puede pedir, y es muchísimo.

Y pensó también, ya puestos, en su madre, que aquella mañana estaría en Segovia despertándose en su casa de los rosales, sabiéndolas a las dos en el cerro, acompañándolas desde lejos como las acompañaba siempre.

Y en su padre, que no había llegado a ver aquello, que se había muerto creyendo a una hija perdida para siempre, y que, sin embargo, de algún modo, era el que las había sentado en aquel banco: porque si las dos estaban allí, vivas y juntas y libres, era porque un hombre se había pasado los últimos años de su vida, en secreto, tirando de un hilo hasta deshacer el nudo.

Estaban en el cerro gracias a él. La mañana entera, el sol, el café malo, la hermana al lado: todo era, en el fondo, un regalo tardío de un muerto.

Nora levantó un momento la cara al cielo, sin decir nada, y le dio las gracias a su manera.

El sol acabó de salir. La línea naranja se volvió blanca, y el cerro se llenó de la luz plana de las primeras horas, y abajo Madrid empezó a sonar, a arrancar motores, a ser un martes cualquiera de agosto. Era hora de bajar.

Clara recogió los vasos, guardó el termo, se levantó.

Y antes de empezar a bajar, miró un momento el parque, el banco, las vistas, como despidiéndose hasta el año siguiente.

«¿Desayunamos algo de verdad?», dijo. «Tengo hambre.

» «Tienes hambre tú siempre», dijo Nora.

«Anda, vamos.» Y bajaron juntas del cerro, las dos hermanas, hacia el desayuno, hacia el día, hacia el resto de sus vidas, mientras detrás de ellas la fecha más triste del año se quedaba sola en lo alto, aprendiendo, despacio, a ser otra cosa.

Epílogo