La niña de la esquina (Nora Vidal 5) La papelería
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La papelería

Y ese sitio se lo sabía de memoria por dos motivos.

Uno, profesional: la instrucción había dejado claro que la red operaba en el sur, en Puente de Vallecas, en las calles de siempre.

El otro no estaba en ningún sumario: Puente de Vallecas era su barrio.

Allí había nacido. Allí, en Monte Igueldo, seguía la casa en la que su madre ponía un plato de más. Allí había ido al colegio.

No le gustó la coincidencia, pero la trató como lo que parecía: una coincidencia.

Las redes eligen los barrios pobres, y ella era de uno.

Medio Madrid se cruza por las mismas calles.

No significaba nada que Carmen y ella hubieran pisado el mismo asfalto.

Lo pensó con firmeza, como quien cierra una ventana antes de que entre algo de fuera.

Buscó papelerías. De barrio, de las de antes, de las que cerraron cuando los bazares primero e internet después se llevaron por delante los cuadernos y los bolígrafos.

Licencias municipales, bajas de actividad, fotos antiguas de un archivo del distrito.

En Puente de Vallecas, en los años que le interesaban, había habido unas cuantas.

Se puso a tachar, con la paciencia tonta de los trabajos que uno hace para no pensar.

Las que no hacían esquina. Las que caían lejos de donde la red se movía.

Las que habían cerrado demasiado pronto o demasiado tarde. Hasta que quedó una.

A cuatro paradas. Nora se quedó mirando el dato más tiempo del que un dato merece.

Porque conocía esa esquina. No de la instrucción: de antes, de mucho antes.

Por esa bocacalle pasaba el autobús del colegio.

El de las mañanas, el que cogía en la parada de debajo de su casa con la cartera a la espalda y el bocadillo aplastado en el bolsillo de fuera.

Se sentaba siempre en el mismo lado, contra la ventanilla, y se sabía el trayecto entero con los ojos cerrados: el quiosco, el bar de los calamares, la farmacia de la cruz verde, la papelería de la esquina.

Cosas que se veían pasar todos los días y no se miraban, de tan vistas.

No había vuelto a pensar en aquella papelería en treinta años.

Y ahora resultaba que en aquella esquina, según una vieja medio ida, una hermana había visto algo y se había callado.

Volvió a verse de niña en aquel autobús sin esfuerzo, porque esa parte sí la tenía entera: el frío de los cristales en invierno, el vaho que dibujaba con el dedo, Marta Sánchez —no la cantante, su compañera de pupitre— guardándole el sitio de la ventanilla los días que llegaba tarde.

Recordaba el olor del autobús, la cremallera de la cartera, hasta una canción que ponía el conductor.

Lo recordaba todo con una nitidez tonta.

Todo menos lo único que, ahora empezaba a sospechar, importaba.

Sabía que ir era otra imprudencia de la lista. Pero ir a una esquina vacía no era visitar a nadie: no firmaba ningún cuaderno, no había una Carmen a la que un juez pudiera decir que había contaminado. Era solo una calle. Cogió las llaves del coche.

La esquina seguía allí, claro. Las esquinas no se mudan.

La papelería era ahora un local muerto: la persiana metálica bajada del todo, grafiti encima de grafiti, capas de firmas que tapaban el rótulo viejo hasta dejar dos letras sueltas que ya no decían nada.

Junto a la puerta, un buzón comercial reventado de propaganda fósil, folletos de pizzerías y de mudanzas amarillos de sol.

Un cierre que no abría nadie desde hacía veinte años.

Alrededor, el barrio había seguido viviendo: un locutorio, un bazar, una peluquería con nombre de mujer, gente con bolsas subiendo la cuesta.

Solo aquel local se había quedado parado, como una muela muerta en una boca que sigue comiendo.

Una mujer mayor pasó a su lado arrastrando un carro de la compra y le echó la mirada de los barrios a los desconocidos que se paran demasiado rato delante de un portal.

Nora le sostuvo la mirada lo justo para que no fuera nada, y la mujer siguió.

Pensó, de pasada, que treinta años atrás aquella mujer del carro a lo mejor era una vecina que abría la ventana por las mañanas.

Que el barrio estaba lleno de gente que había estado allí entonces.

Y que ninguna sabía lo que había tenido delante.

Enfrente, la otra acera. La acera de la niña, habría dicho Carmen. Nora se quedó en el bordillo, mirándola, sin saber bien qué buscaba.

La parada del autobús ya no estaba donde ella la recordaba; la habían movido media manzana, con marquesina nueva y una pantalla con los minutos de espera.

Pero el sitio era el mismo. Por aquí pasaba ella cada mañana.

Por aquí, hacía treinta años, una niña de once años con el uniforme del colegio miraba por la ventanilla sin mirar nada, pensando en sus cosas, mientras el autobús frenaba y arrancaba en esta esquina.

Y algo, allí de pie en el bordillo, se le movió por dentro.

No fue un recuerdo. Fue antes que un recuerdo: la sensación física de estar en un sitio que su cuerpo conocía mejor que su cabeza.

Un mareo pequeño, una desazón, como cuando entras en la casa donde viviste de niño, hueles algo y se te encoge el estómago sin que sepas por qué.

Se agarró sin querer a la barra fría de la marquesina.

«La hermana nos vio. En la esquina de la papelería.

No dijo nada.» La frase de Carmen, que durante dos días había sido una adivinanza abstracta, encajó de golpe en un sitio concreto: en este, en su esquina, en la que veía por la ventanilla del autobús del colegio.

Y por un segundo —solo un segundo— le pareció que el segundo iba a abrirse y a enseñarle algo.

Una luz de otoño, baja, dorada. El chirrido del autobús al frenar.

Una acera de enfrente con gente. Algo que casi tenía forma.

No se abrió. Se cerró, como se había cerrado Carmen. Quedó la desazón y nada más. Una puerta entornada que no terminaba de dejar ver la habitación de detrás.

Nora respiró hondo. Se obligó a pensar como pensaba siempre, porque pensar era su manera de no sentir.

Claro que el sitio la removía: era su barrio, su infancia, la esquina de su colegio, y había venido hasta aquí detrás del caso más feo de su vida, uno que tenía a su hermana dentro.

Cualquiera se marearía. No hacía falta inventar fantasmas.

La desazón tenía mil explicaciones de las normales, y ella se quedó con todas a la vez para no quedarse con la otra.

Lo único que no se permitió pensar, porque ni siquiera se le pasó por la cabeza de lo enterrado que estaba, fue lo más sencillo de todo: que una niña de once años que cruzaba cada mañana por una esquina y una mujer que movía por esa misma esquina a otra niña pequeña podían haberse cruzado una vez.

Que la hermana de la acera de enfrente podía no ser una hermana cualquiera.

Eso no lo pensó. Para pensarlo hacía falta una llave que ella había tirado treinta años atrás sin saber que la tiraba.

Cruzó a la otra acera. Desde allí se veía bien la esquina muerta: la persiana, el buzón, las dos letras sin sentido.

Se preguntó quién habría llevado aquella papelería, quién vendía cuadernos y gomas de borrar el otoño en que a su hermana la tenían en un cuarto frío a cuatro paradas de su casa.

Alguien que levantaba la persiana por las mañanas y veía pasar el autobús del colegio.

Alguien que, a lo mejor, había visto cosas y, como casi todos, no las había contado.

Se quedó un rato en aquella acera, la de enfrente, intentando ver la esquina como se vería desde un autobús que pasara: a la altura de una ventanilla, de refilón, medio segundo entre una farola y la siguiente.

Desde aquí, una niña en la otra acera no sería más que una mancha de color, un anorak, un gesto.

Algo que se ve y se olvida antes de la parada siguiente.

Pensó eso —«algo que se ve y se olvida»— y no se dio cuenta de que acababa de describir, sin querer, punto por punto, lo que le había pasado.

Apuntó por dentro: buscar al dueño de la papelería. Y, en el mismo gesto, supo que tampoco eso podría hacerlo en regla. Era una diligencia, y las diligencias de aquel caso no eran suyas. Otra cosa para el bolsillo de la cremallera, que ya pesaba como una piedra.

Pensó en su madre, a cuatro paradas de allí, en aquel otoño.

En las llamadas a las comisarías, en las fotos de Sara repartidas, en el plato de más en la mesa.

Su madre había buscado a su hija por toda España sin saber que la tenía a un trayecto de autobús urbano, en una casa con un cuarto que daba a un patio.

Y su otra hija, la mayor, pasaba cada mañana por la esquina donde a la pequeña, quizá, la sacaban a la calle.

Si aquello era verdad, la familia entera había vivido un otoño rozándose con Sara sin tocarla.

Nora no sabía aún que ella había sido la que más cerca estuvo.

Le entraron ganas de llamar a su madre, de oírle la voz, de preguntarle por aquel otoño, por el colegio, por el autobús, por nada.

Sacó el móvil y lo tuvo en la mano. Luego pensó qué iba a decirle —«mamá, ¿te acuerdas de la papelería de la esquina?

»— y lo guardó otra vez. A su madre no se le remueve un otoño así por un presentimiento de su hija.

Bastante le había removido la vida ya sin permiso.

Volvió al coche pero no arrancó. Se quedó un rato con las manos en el volante, mirando la esquina por el retrovisor.

Le pasaba algo que no le gustaba: tenía miedo.

No el miedo de un caso, que ese lo conocía y lo manejaba.

Otro. Un miedo viejo, sin forma, que subía del suelo de aquella calle como sube la humedad por una pared.

Y lo que más miedo le daba era no saber de qué tenía miedo.

Arrancó por fin. Por el espejo, la esquina se fue haciendo pequeña: la persiana, el buzón muerto, las dos letras.

La papelería llevaba cerrada desde 2004.

Pero las esquinas no cierran. Aquella seguía en su sitio, con su acera de aquí y su acera de enfrente, guardando lo que había visto pasar una mañana de octubre como guardan las cosas viejas: en silencio, sin prisa, esperando a que alguien volviera a mirarla con los ojos de entonces.

La esquina se acordaba. Solo faltaba que Nora se acordara también.

Capítulo 13