La niña de la esquina (Nora Vidal 5) El que devuelve II
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El que devuelve II

De noche las cosas pequeñas se ven mejor. La casa está callada y no hay nada más que mirar.

Las saco a la mesa. Las pongo en fila, como cuando éramos varios y nos contaban por las mañanas. Una. Dos. La que queda.

A nosotros también nos contaban así. En fila, por la mañana, una mano señalando. Yo aprendí pronto a no moverme cuando contaban. El que se movía, la mano se paraba en él. Ahora soy yo quien cuenta, y no se mueve ninguna, porque son cosas, y las cosas no tienen miedo.

El papel de seda lo compro en una mercería, en hojas grandes, y lo guardo plano para que no se arrugue. Es lo único nuevo que entra en esta casa. Lo demás lleva aquí más años que yo despierto.

Esta noche toca una. La elijo sin pensarlo mucho, porque pensarlo no cambia nada: van a salir todas menos una, y el orden da igual cuando el final es el mismo.

Cojo los patucos. Blancos. Tienen una cinta pasada por el canalé, de esas que se atan flojas para que no aprieten un pie que todavía no anda.

El pie que iba dentro no anduvo nunca con ellos puestos en su casa.

Anduvo en otra. Eso no lo arreglo yo. Yo solo los lavo, que de tan guardados huelen a armario, los seco a la sombra y los envuelvo.

Los envuelvo como se envuelve a alguien que duerme. Despacio, sin apretar. Una capa, dos. Que no coja frío y que no se despierte. Llevo media vida envolviendo cosas así. Se me da bien lo que ya no le sirve a nadie.

Por fuera, la etiqueta. Mayúsculas, todas iguales, para que no haya una letra que reconocer. La dirección la encontré hace tiempo, con paciencia. La copio sin mirar el nombre más de lo justo. El nombre no es asunto mío. El sobre dirá lo que tenga que decir cuando llegue.

Queda la otra.

La dejo aparte, en su papel, sin abrirla. La toco por encima, como se toca una puerta cerrada para saber si está fría. Está fría.

A esa no le toca. No esta semana. A lo mejor no este año.

No sé explicarlo y no tengo a quién. Las demás eran de otros, y devolverlas era llevar una cosa de un sitio a otro: un trabajo, casi un recado.

Esta también es de otro. Pero, no sé por qué, mientras la tengo yo, sigo teniendo algo que hacer.

Y el día que la suelte, se acaba. Se acaba lo único que se me ha ocurrido hacer en treinta años.

El resto del día lo lleno como puedo. Pero esto no es llenar. Esto es lo único que pongo en su sitio: una cosa que estaba donde no debía vuelve a donde salió. Pequeño. Es pequeño. Lo sé. No tengo otra cosa de mi tamaño.

No es valor lo que me falta. Es que después de la última cosa no hay nada. Y a la nada ya la conozco. Estuve en ella mucho tiempo.

Hay un reloj en la pared de la cocina, redondo, con los números grandes.

Lo miro mucho. Aprendí a leer la hora tarde, ya mayor por fuera, en una cocina que no era esta, de una niña más pequeña que yo y que sabía más cosas.

Me enseñó con las dos manecillas y mucha paciencia.

La grande y la pequeña. Desde entonces sé la hora siempre. Es lo único que sé seguro: qué hora es.

La sigo leyendo para alguien. No lo decido; lo hago. Miro el reloj y por dentro le digo a alguien qué hora es, como si fuera a hacerle falta saberlo.

Cada cosa que devuelvo es una hora que dejo de mirar. Por eso voy despacio con la que queda. Mientras esté en la caja, hay algo que todavía no ha pasado del todo.

Le quité una mancha hace años, con paciencia, frotando con el dedo y agua fría, sin jabón, para no estropearla.

Quedó casi bien. Casi. Las cosas que de verdad importan no quedan nunca del todo bien; se nota siempre por dónde dolieron.

Esa me la sé de memoria. Por eso no la suelto: una cosa que te sabes de memoria es casi alguien.

Pongo el sobre de los patucos junto a la puerta, para echarlo mañana en un buzón lejos de aquí, a una hora en que el cartero aún pasa. La otra la devuelvo a su sitio. La caja ya casi no es una caja: es una hoja de papel de seda con una cosa dentro.

Miro el reloj. Las once y diez. Echo el cierre a la cocina, apago la luz y dejo el sobre junto a la puerta, listo para mañana.

Detrás de mí, en lo oscuro, el reloj sigue contando la hora él solo, como si alguien fuera a venir a leérsela.

Capítulo 12