Capítulo 20
El aire salino del Castro de Baroña era ahora más que un simple aroma para Lucas.
Había una nueva capa, una vibración sutil que se mezclaba con el rugido de las olas y el lamento del viento.
No era un sonido, pero lo sentía, una «melodía» inaudible que resonaba en lo más profundo de su ser.
El orbe de bronce, que ahora llevaba en su bolsillo, no solo brillaba con una tenue luz verdosa de la runa activada, sino que pulsaba con un calor constante contra su muslo, como si tuviera vida propia.
El fragmento de la canción del equilibrio que había absorbido del monolito no era un conocimiento racional, sino una percepción.
Una mayor claridad mental se había instalado en su psique, como si un velo se hubiera levantado de golpe.
Las disonancias del entorno, los ecos distorsionados de O Velo Silente , aunque aún presentes, le parecían menos invasivos, más discernibles.
Podía sentirlos, sí, pero ya no lo abrumaban como antes.
Era una nueva forma de oír, oler y sentir el mundo, una conexión con el «no-sonido» o «sonido silente» que el padre de Aldara había estado buscando.
Su padre no estaba loco; solo había estado oyendo una frecuencia que nadie más podía captar.
« Lo sientes, Lucas», la voz de Iria resonó en su mente, ahora mucho más nítida, casi como si estuviera hablando a su lado, aunque seguía siendo una presencia etérea.
Podía verla con mayor claridad, sus facciones translúcidas más definidas, su mirada antigua cargada de expectación.
El orbe activado había fortalecido el puente entre sus conciencias, y su guía se había vuelto más directa, casi telepática.
—Es… extraño —murmuró Lucas en voz alta, sabiendo que solo Iria lo escucharía—. Es como si el ruido lo hubiese llenado todo siempre, y ahora por fin escuchara el silencio que le da sentido.
« Es el primer acorde de la armonía», le respondió Iria. « Una frecuencia que O Velo Silente ha suprimido durante eones. Te da una visión, una percepción de su verdadera naturaleza, no como un monstruo, sino como un ser incompleto. Este es el primer paso para encontrar los otros seis fragmentos».
Lucas contempló la sombra de la meiga con una mezcla de gratitud y repentino recelo.
—Si sabías todo esto ¿por qué no me lo dijiste antes? —inquirió, apretando la mandíbula—. Habríamos ganado un tiempo muy valioso.
Iria negó despacio, y su figura translúcida parecía ondular como la llama de una vela.
«Porque los secretos del velo no son un mapa que yo pueda regalar a quien quiera, Lucas.
Esta misión te pertenece a ti; a tu linaje y a tu mente.
Revelarte la verdad antes de que tu propia comprensión despertara habría destruido la frecuencia para liberar a Aldara.
Yo solo soy un eco, un puente que no puede cruzar por ti ni alterar el orden de lo que debe ser revelado a su debido tiempo».
Lucas observó el orbe en su mano. La runa verde parpadeaba con suavidad.
Sentía el peso de las seis piezas restantes, una tarea abrumadora que, sin embargo, ahora le parecía menos imposible.
La bruma costera se agitaba alrededor del castro, y Lucas sabía que la deidad aún lo observaba, su poder acechaba en cada recodo del camino.
Pero ahora, tenía una nueva forma de captar y esquivar su presencia.
A medida que avanzaba por el Castro de Baroña, el aire a su alrededor comenzó a vibrar con una intensidad creciente.
O Velo Silente, consciente de que su primer fragmento había sido activado, no atacó con una fuerza bruta, sino con una malevolencia más sutil, dirigida a su mente, buscando la disonancia donde pudiera.
Los murmullos que antes eran lejanos se volvieron más nítidos, arrastrándose desde las ruinas, desde las grietas de las rocas.
No eran voces discernibles, sino un coro de «ecos», fragmentos de risas que se convertían en lamentos, el sonido del viento transformándose en un siseo acusador, y, lo más insidioso, susurros que le parecían venir de su propia memoria. « Fracaso. Locura. Soledad».
De repente, la realidad a su alrededor pareció ondular, las piedras del castro se movían sutilmente, y las sombras se alargaban y retorcían de forma antinatural, como si el propio espacio se estuviera volviendo del revés.
Se encontró cuestionando cada paso que daba, cada decisión que había tomado.
¿Estaba realmente allí por Aldara? ¿O era una obsesión, un escape de su propia vida estancada en Madrid?
La duda se enroscaba en su cerebro, una voz interna que le decía que todo era una fantasía, una alucinación provocada por el estrés y la extraña atmósfera de Galicia.
Su carrera, su reputación… todo lo que había construido en su vida se desdibujaba ante la magnitud de lo que enfrentaba, y la deidad se alimentaba de esa inseguridad.
« No le des poder, Lucas», la voz de Iria sonó con una claridad asombrosa, casi como si estuviera susurrando directamente desde dentro de su oído.
Al girar la cabeza, Lucas la vio. Estaba allí, a su lado, más sólida que antes.
Su piel aún era translúcida, pero sus ojos antiguos, su cabello oscuro y la textura de su vestimenta eran casi reales.
La activación del orbe parecía estar anclándola más firmemente a su realidad.
—¿Cómo la detengo? —murmuró Lucas con voz tensa.
« Usa tus herramientas. Siente la conexión», le indicó Iria, señalando su pecho.
Lucas apretó el medallón Deza, sintiendo el frío familiar del metal contra su piel.
Se concentró en Aldara, en su fuerza, en el amor que los unía.
La imagen de ella, valiente y decidida, apareció en su mente, clara y sin distorsiones.
La duda se disipó como la niebla al sol. El medallón era su ancla.
Luego, Iria extendió su mano, indicando la figa de azabache que Lucas había guardado.
« Y esto… es un escudo y un canal». Lucas sacó la figa.
Al sostenerla, una calidez se extendió por su mano.
La niebla a su alrededor pareció retroceder ligeramente, y los murmullos se atenuaron, como si la energía de la figa los repeliera.
Comprendió que la figa no solo protegía, sino que canalizaba la armonía latente de su linaje contra la disonancia de la deidad.
Mientras Lucas se defendía de los ataques psíquicos, Iria lo guio hacia una pequeña cueva oculta entre las rocas del acantilado.
La entrada estaba parcialmente cubierta por hiedra y líquenes.
« Aquí», Iria apuntó a una inscripción apenas visible en la roca, desdibujada por el tiempo y la salitre.
Lucas se acercó, sus ojos de historiador escrutaron los símbolos tratando de descifrar su mensaje.
Eran antiguos, pero con la claridad mental que le daba el orbe, y la guía directa de Iria, pudo empezar a discernirlos.
—Parece… una constelación. Y… ¿una ruta marítima? —murmuró.
« Es un mapa estelar antiguo, entretejido con leyendas de la costa.
Te guiará al siguiente lugar donde mi linaje intentó sellar otra parte de la canción», explicó Iria.
« Un sitio custodiado. Los Guardianes de la Armonía dispersaron los fragmentos, y algunos pusieron centinelas para protegerlos del olvido y de la propia deidad.
El siguiente fragmento se encuentra en una ermita solitaria en la Costa da Morte, un lugar donde las almas de los marineros perdidos susurran en la bruma.
Allí, la pieza estará protegida por alguien que conoce el verdadero poder de los Ecos, un guardián».
Lucas sintió un escalofrío. No era solo un lugar lo que le esperaba en su próxima parada, sino un guardián.
Su viaje se volvía más complejo y peligroso.
Pero la imagen de Aldara, que ahora se sentía más cercana en su mente gracias al medallón, le infundió una determinación inquebrantable.
El orbe en su bolsillo pulsaba con el primer fragmento, una promesa silenciosa de que la armonía podía ser restaurada. Solo quedaban seis piezas.
Con el mapa estelar grabado en su mente y la promesa de un guardián custodiando la pieza en la Costa da Morte , Lucas sintió una oleada de energía recorrerlo.
El orbe de bronce vibraba con más fuerza, como un corazón que empezaba a latir a un ritmo más completo.
A través de él, Lucas sentía una expansión de su propia percepción.
Podía sentir la presencia de la deidad no solo como una amenaza fría, sino como una vasta y antigua melancolía que se extendía por la tierra.
Y, lo más asombroso, podía escuchar los ecos de la armonía en el zumbido de los insectos, en el murmullo de las hojas, en el ritmo de su propia respiración; el «no-sonido» del que hablaba Aldara.
« Estás aprendiendo a escuchar, Lucas», susurró Iria, su forma casi opaca se materializó a su lado, tan real que Lucas podría haber jurado que sentía la ráfaga de aire que provocaba su movimiento. « Tu linaje tenía la clave, pero la razón los había cegado. Ahora, abres la puerta».
Pero lo que más conmovió a Lucas no fue aquel nuevo poder, sino la nueva conexión con Aldara.
Al aferrarse al medallón Deza, la sintió.
No eran solo imágenes o recuerdos; era una sensación fugaz de su esencia, un destello de su voluntad inquebrantable luchando para no perderse en el abismo de la bestia.
Sentía su agotamiento, su tenacidad, y, en un breve y doloroso instante, una punzada de su desesperación, seguida por una ola de una determinación tan feroz que le hizo cerrar los ojos.
Ella seguía allí, prisionera, pero no derrotada.
Estaba librando su propia batalla en las entrañas de la deidad, y esa conciencia infundió a Lucas una fuerza que nunca antes había tenido sentido.
La incertidumbre de su destino se concretaba en una misión clara: no la había perdido. Tenía que traerla de vuelta.
La niebla seguía danzando en el castro, pero ya no le infundía el mismo terror.
Había enfrentado sus ilusiones, había sentido el poder de la deidad y había descubierto un fragmento de la verdad.
El peso de la figa de azabache en su mano se sentía como un juramento.
Un juramento para liberar a Aldara, para sanar la disonancia.
Con una última mirada a las ruinas silenciosas del Castro de Baroña, Lucas se volvió y comenzó el descenso hacia el Land Rover.
La carretera por delante era larga, y el desafío que le esperaba en la Costa da Morte con el guardián era incierto.
Pero ya no era el historiador escéptico que había llegado a Galicia buscando solo respuestas.
Era un hombre con un propósito inquebrantable, un dolor latente que lo impulsaba, y la voz de una antepasada guiándolo hacia la batalla final.
Su viaje apenas había comenzado, y cada paso lo acercaba no solo a los fragmentos de una canción, sino a la esencia misma de su propio destino y al rescate de su amor.
El Atlántico rugía al horizonte, llamándolo.