La mujer que prestó un paraguas 6 EL TURNO CAMBIADO #2
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6 EL TURNO CAMBIADO #2

un ambiente que mezclaba, en dosis desiguales según cada pareja, la esperanza y el miedo.

Iván recordaba, con una nitidez que le sorprendía, las dos salas de espera anteriores, casi idénticas a aquella en su disposición de sillas y en el mismo cartel desteñido sobre lactancia materna colgado en la pared, pero completamente distintas en lo que habían significado.

Aquella vez, con la primera pérdida, habían salido de una sala como esa con una noticia que todavía no sabían cómo nombrar del todo.

Con la segunda, ya sabían exactamente qué palabras usar, y eso, de alguna manera perversa, había dolido más.

Ahora, sentado en la misma clase de silla de plástico, con la misma mano de Marisol apretando la suya, Iván no conseguía separar del todo la esperanza del miedo a que aquella sala repitiera, por tercera vez, la misma historia.

Cuando la ginecóloga encendió la pantalla y el sonido rítmico y rápido del latido llenó la sala, Marisol apretó la mano de Iván con una fuerza que le dejó marca durante un rato,

y los dos se quedaron mirando aquella imagen borrosa en blanco y negro como si fuera lo más nítido que habían visto en sus vidas.

—Todo está perfectamente —dijo la ginecóloga, con esa neutralidad profesional que en momentos así resulta, paradójicamente, el sonido más hermoso del mundo—. El corazón late fuerte, la medida es la esperada para las semanas de gestación. Todo va bien.

Iván no lloró en ese momento —eso vendría después, en el coche, ya solos, cuando por fin se permitió soltar dos años de tensión acumulada— pero sintió, con una claridad que pocas veces había sentido en su vida, la certeza física de que aquel jueves,

el que había conseguido tener libre gracias a un compañero que ni siquiera sabía por qué se lo estaba pidiendo, sería uno de los días que recordaría con más nitidez el resto de su vida.

· · ·

Rodrigo, esa misma mañana, dormía hasta tarde, aprovechando que su turno en La Brasería no empezaba hasta las siete de la tarde, pensando ya en la cita del sábado con Elena, sin saber absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, a esa misma hora, a pocos kilómetros de distancia,

en una sala de ecografías de un hospital.

Aprovechó la mañana y la primera parte de la tarde, antes de entrar a trabajar el turno que le había cambiado a Iván, para hacer cosas pequeñas que llevaba postergando: llevó unos zapatos al arreglo, llamó a su madre,

que vivía en otra ciudad y a la que últimamente llamaba menos de lo que le gustaría admitir.

Después entró a trabajar como cualquier otro jueves, sin ninguna marca especial que lo distinguiera de cualquier otro turno de su vida.

Al día siguiente, cuando volvió a trabajar el viernes por la noche, se cruzó con Iván en el mismo pasillo estrecho de siempre.

—¿Qué tal el jueves? —preguntó Rodrigo, sin especial curiosidad, más por cortesía que por otra cosa.

Iván se quedó un momento callado, con una expresión que Rodrigo no supo interpretar del todo —algo entre la emoción contenida y las ganas de contar algo que todavía no se sentía preparado para contar del todo—.

—Bien —dijo, finalmente—. Muy bien, la verdad.

—Me alegro.

—De verdad, Rodrigo. Gracias por el cambio.

—Que no es nada, tío. Para eso estamos.

· · ·

El sábado, con Iván cubriendo su turno en La Brasería, Rodrigo tuvo el día entero libre por primera vez en semanas, y a las once de la noche, sin ni una pizca del cansancio habitual de después de un turno completo, quedó con Elena en un bar cerca de su casa,

uno de esos sitios pequeños con música baja donde se podía hablar sin gritar.

La cita fue bien, sin más. Se rieron de anécdotas de trabajo —Elena trabajaba en una farmacia, y tenía sus propias historias de clientes imposibles que hacían buena pareja con las de Rodrigo sobre mesas complicadas y propinas escasas—, hablaron de series, de viajes que les gustaría hacer algún día,

del tipo de conversación ligera y agradable que tienen dos personas que se están conociendo sin prisa, sin la urgencia de decidir nada todavía.

Rodrigo volvió a casa esa noche con la sensación satisfecha de un sábado bien aprovechado, sin sospechar en ningún momento que aquel mismo cambio de turno que le había regalado una noche libre y tranquila tenía, en la vida de otra persona, un peso completamente distinto al que él le había dado.

· · ·

Pasaron las semanas. Iván y Marisol decidieron, con la cautela de quien ha aprendido a desconfiar de la buena suerte, esperar hasta las dieciséis semanas para contarlo en el trabajo, y cuando por fin lo hicieron, Rodrigo fue de los primeros en felicitarlo,

con un abrazo torpe entre plato y plato durante el turno de la cena, sin tiempo apenas para parar del todo.

La noticia corrió rápido por el restaurante, como corren esas cosas en un equipo pequeño que pasa tantas horas junto: Ramón le regaló a Iván, medio en broma, un babero con el logo de La Brasería bordado que alguien había encargado sin que Iván se enterara; las cocineras empezaron a vigilar,