La mujer que prestó un paraguas 6 EL TURNO CAMBIADO
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6 EL TURNO CAMBIADO

—Rodrigo, ¿te puedo pedir un favor?

Iván lo abordó en el pasillo estrecho que conectaba la cocina con la barra, ese pasillo donde solo cabía una persona a la vez y donde, por eso mismo, se producían la mitad de las conversaciones importantes del restaurante, dichas deprisa, entre dos platos y el siguiente pedido.

—Dime.

—¿Podrías cambiarme el turno del jueves? Yo hago el tuyo del sábado, el que quieras, el que te venga mejor.

Rodrigo llevaba tres años trabajando en La Brasería, un restaurante de comida tradicional en pleno centro que llenaba todas las noches y que, por eso mismo, exigía a su plantilla una disponibilidad que a veces rozaba lo absurdo.

Los cambios de turno entre compañeros eran habituales, casi una moneda de cambio interna que todos usaban de vez en cuando, y Rodrigo no le dio, en un primer momento, más importancia de la que solía darle a esas peticiones.

—¿Qué tienes el jueves?

—Nada especial. Cosas mías.

Algo en el tono de Iván —una tensión contenida, una rapidez en la respuesta que no encajaba con la naturalidad del resto de la frase— le hizo a Rodrigo mirarlo un segundo de más, pero no insistió.

Llevaban trabajando juntos el tiempo suficiente como para saber que había preguntas que no se hacían, no porque estuvieran prohibidas, sino porque el ambiente del restaurante, con su ritmo constante de urgencia, no dejaba demasiado espacio para las conversaciones profundas,

y todos habían aprendido a respetar ese silencio implícito.

—Vale, sin problema. El jueves lo hago yo, tú el sábado.

—Te debo una, en serio.

—No me debes nada. Con el sábado ya estamos en paz.

Ramón, el encargado, pasó por el pasillo en ese momento cargando una caja de vino, y sin detenerse del todo, preguntó:

—¿Otro cambio de turno? Como sigáis así, un día no va a saber ni yo quién trabaja qué día.

—Rodrigo me hace un favor —dijo Iván, sin dar más detalles.

—Mientras el jueves esté cubierto, a mí me da igual quién venga.

—Ramón siguió su camino hacia la bodega, sin darle más importancia, acostumbrado a aquella danza constante de cambios que, en el fondo, hacía posible que el restaurante funcionara con la flexibilidad necesaria para una plantilla con vidas fuera del trabajo tan variadas como la de cualquier otro

sitio.

· · ·

Rodrigo tenía veintinueve años y llevaba desde los veintitrés trabajando de camarero, primero en bares de estudiantes que pagaban mal y trataban peor, después en La Brasería, donde al menos el sueldo era decente y el ambiente,

dentro de lo exigente que podía ser un sábado por la noche con la sala llena, era razonablemente humano.

No era el trabajo que había imaginado para sí mismo a los veintinueve —había estudiado dos años de Ingeniería Industrial antes de dejarlo, sin tener del todo claro por qué,

más allá de una mezcla de agotamiento y falta de convicción que nunca había sabido explicar bien ni a sus padres ni a sí mismo— pero tampoco lo odiaba.

Le gustaba el ritmo, la coreografía silenciosa de una sala llena funcionando bien, la satisfacción concreta de una mesa que salía contenta después de una noche complicada.

Sus padres, sobre todo su padre, ingeniero él mismo durante toda su vida laboral, no habían llevado especialmente bien la decisión de dejar la carrera.

No había habido gritos ni ultimátums, pero sí un silencio incómodo durante meses, una decepción que se colaba en las llamadas de teléfono de los domingos en forma de preguntas indirectas —«¿y no has pensado en retomarlo?»

, «¿no te gustaría hacer algo más acorde con lo que estudiaste?»

— que Rodrigo había aprendido a esquivar con respuestas cortas y cambios de tema.

Con el tiempo, la decepción se había ido diluyendo, sustituida por una aceptación resignada que a Rodrigo, en el fondo, todavía le costaba distinguir del todo de la decepción original.

El equipo de La Brasería —seis camareros, tres cocineros, un encargado, Ramón, que llevaba el restaurante con una mezcla de exigencia y camaradería que hacía que el trabajo, en los días buenos, se sintiera casi como formar parte de un equipo deportivo— se había convertido, con los años,

en algo parecido a una segunda familia, de esas que uno no elige del todo pero que terminan importando más de lo esperado.

Rodrigo conocía la vida de casi todos sus compañeros con ese nivel de detalle superficial pero constante que da compartir turnos de ocho horas varias veces por semana: sabía que Iván llevaba siete años con Marisol, que se habían casado hacía tres,

que vivían en un piso pequeño a las afueras que estaban pagando con esfuerzo.

No sabía mucho más, porque tampoco había hecho falta preguntarlo.

Había visto a Marisol alguna vez, cuando venía a recoger a Iván después del cierre, esperándolo en la puerta con paciencia mientras él terminaba de cuadrar la caja.

Le había parecido, en esos breves cruces, una mujer amable, de risa fácil, del tipo de persona con la que resultaba sencillo intercambiar cuatro frases mientras se esperaba a otra.

Una vez, meses atrás, mientras Iván terminaba de recoger la barra, Rodrigo y ella habían hablado un rato sobre nada en particular —el frío que empezaba a notarse esa noche, un atasco que Marisol había sufrido esa tarde— sin que ninguno de los dos supiera, en ese momento,

que aquella conversación trivial sería, con el tiempo, un recuerdo pequeño que Rodrigo asociaría después con toda la historia que todavía no conocía.

Había cambiado el turno sin pensarlo demasiado porque, con el cambio, se quedaba con el sábado libre en lugar del jueves, y aquel sábado tenía una cita con una chica que había conocido dos semanas antes, Elena —no la misma Elena de la vida de Julián, otra Elena distinta, aunque el mundo,

en una ciudad de más de un millón de habitantes, insistiera en repetir los nombres con una frecuencia que a veces resultaba casi cómica—.

Prefería con mucho tener esa noche libre de verdad, sin la sala llena de fondo y sin salir del trabajo pasada la medianoche, para poder disfrutar la cita con calma en lugar de llegar arrastrando los pies después de un turno completo.

· · ·

Lo que Rodrigo no sabía, porque Iván no se lo había contado y Rodrigo no había preguntado, era que aquel jueves su mujer, Marisol, tenía la primera cita del embarazo en la que se vería, si todo iba bien, el corazón del bebé latiendo por primera vez en la ecografía,

y que Iván llevaba dos semanas dándole vueltas a cómo pedir el cambio de turno sin explicar por qué, porque hacía apenas un mes había tenido que ausentarse dos días por una gripe fuerte, y su encargado, Ramón —no el mismo Ramón de las reuniones de Julián, otro Ramón, aunque el mundo, otra vez,

insistiera en repetir los nombres— ya le había dejado caer, con esa amabilidad que en realidad es una advertencia, que las faltas no podían convertirse en costumbre.

Iván tampoco había querido contarle a Rodrigo el motivo real por miedo a algo que él mismo reconocía como un poco irracional: la sensación supersticiosa, muy extendida entre las parejas que llevan tiempo intentando tener un hijo, de que hablar demasiado pronto de un embarazo,

incluso con la mejor intención, podía de alguna manera invocar la mala suerte.

Marisol y él llevaban dos años intentándolo, con dos pérdidas anteriores que habían aprendido, con el tiempo, a no mencionar en las conversaciones casuales, y aquella ecografía de las doce semanas era, para los dos, una especie de frontera simbólica: si todo iba bien,

empezarían a permitirse creer que esta vez sí.

La primera pérdida había sido a las nueve semanas, hacía año y medio, y los había pillado tan desprevenidos que ni siquiera habían tenido tiempo de procesar del todo la alegría inicial antes de que se convirtiera en otra cosa.

La segunda, ocho meses después, a las once semanas, había sido, de alguna manera perversa, todavía más dura, precisamente porque ya sabían lo que se sentía al perder algo así, y esa vez el duelo llegó acompañado de un miedo nuevo: el de que quizás aquello fuera, simplemente,

algo que no iba a poder ser para ellos.

Habían ido a especialistas, se habían hecho pruebas los dos, y todo había salido normal, lo cual, paradójicamente, no había aliviado del todo la angustia, porque no tener una explicación médica concreta dejaba la puerta abierta a que todo volviera a repetirse sin ningún motivo identificable.

Por eso, cuando el test de embarazo dio positivo por tercera vez, ni Iván ni Marisol se permitieron ninguna celebración. Lo vivieron casi en secreto, incluso entre ellos mismos, como si cualquier muestra de ilusión pudiera ser, de alguna manera absurda pero real, una provocación al destino.

· · ·

El jueves por la mañana, antes de ir al hospital, Iván se despertó con un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el trabajo.

Marisol, a su lado, fingía una tranquilidad que Iván sabía que no sentía del todo —la reconocía porque era la misma tranquilidad fingida que él mismo llevaba practicando toda la semana— y los dos desayunaron casi en silencio, intercambiando frases cortas sobre cosas sin importancia,

como si hablar de la cita en sí fuera a ponerla en peligro de alguna manera absurda.

—¿Tienes el turno libre de verdad? —preguntó Marisol, no por primera vez esa semana—. No quiero que luego tengas problemas con Ramón.

—Rodrigo me lo cambió sin problema. No pasa nada.

—¿Sabe Rodrigo por qué es?

—No. Le dije que eran cosas mías.

Marisol lo miró un momento, con esa mezcla de comprensión y ligero reproche que solo dan los años de matrimonio.

—Deberías haberle dicho la verdad. Seguro que lo habría entendido igual de bien, o mejor.

—Ya. Es que si lo digo en voz alta, antes de la ecografía, siento que estoy tentando a la suerte.

Marisol no dijo nada más. No hacía falta. Ella sentía exactamente lo mismo.

· · ·

La cita fue a las once de la mañana. La sala de espera del hospital tenía ese silencio particular de las salas de espera de maternidad, distinto al de otras esperas médicas: parejas jóvenes que se cogían la mano sin decir nada, alguna mujer sola con la mirada perdida en el móvil,