1 EL PARAGUAS PRESTADO #2
Aquella noche, después de apagar la luz y sentarse un rato en la cocina con un vaso de agua que no tenía sed de beber, Julián pensó en la mujer del hospital más de lo que habría esperado pensar en una desconocida.
No por el paraguas en sí —al fin y al cabo, era solo un paraguas— sino por la naturalidad con que se lo había ofrecido, sin dramatismo, sin necesidad de que él se lo agradeciera de una manera especial, como si prestarle algo a un extraño bajo la lluvia fuera lo más razonable del mundo.
Llevaba tres días arrastrando una idea oscura, una fatiga que iba más allá del cansancio físico, la sensación de que quizás llevaba demasiado tiempo intentándolo solo para acabar decepcionando a todo el mundo de todas formas.
Aquel gesto pequeño no cambió esa idea de golpe —las cosas nunca cambian de golpe— pero la aflojó un poco, como se afloja un nudo cuando alguien tira del hilo correcto sin saber siquiera que lo está haciendo.
Se prometió, sin decírselo a nadie todavía, que iría a la reunión del jueves. Llevaba semanas evitándola.
· · ·
A la mañana siguiente, mientras esperaba el café, vio la noticia en el móvil de refilón, uno de esos titulares que uno lee sin querer y luego no puede dejar de pensar en ellos durante el resto del día: un accidente en la avenida, a la altura del cruce con Alcalde Ruiz,
sobre las nueve y cuarenta de la noche.
Un camión que había perdido el control por el agua acumulada en la calzada, un semáforo, dos coches.
Nadie había muerto —eso decía la noticia, en ese tono neutro con el que las noticias dicen las cosas graves— pero había heridos, y uno de ellos estaba grave.
Marta se quedó mirando la pantalla más tiempo del que hacía falta para leer el titular.
No sintió lo que quizás debería haber sentido.
No fue un escalofrío de película, ni una revelación con música de fondo.
Fue algo más pequeño y más raro: la certeza tranquila, casi aburrida, de que ella habría estado en ese cruce a esa hora si aquella noche hubiera sido una noche cualquiera.
Había salido diez minutos más tarde de lo habitual, había caminado más despacio de lo normal por la lluvia y los pies cansados, y encima había tenido que reducir la velocidad al conducir por el agua acumulada en la calzada: pequeños retrasos que, sumados uno detrás de otro,
la habían llevado a girar dos calles antes de lo habitual y tomar la paralela, justo para evitar el cruce con Alcalde Ruiz.
Podría haber sido ella. O podría no haber sido ella de todas formas —las obras podrían haber estado cortadas cualquier otro día también, cualquiera sabe cuántas veces la vida nos desvía sin que nos enteremos— pero esa mañana, con el café enfriándose y el titular todavía abierto en la pantalla,
Marta pensó en Julián, en su chaqueta que ya no era impermeable, en el chasquido húmedo del paraguas al abrirse, y sintió algo parecido a la gratitud, aunque no supiera muy bien hacia quién dirigirla.
Hacia la lluvia, quizás. Hacia el hijo que esperaba despierto.
Hacia sí misma, por una vez, por haber hecho algo sin calcularlo.
No le dio más vueltas, o eso intentó. Se vistió, desayunó de pie junto a la encimera como hacía siempre, y de camino al hospital —esta vez en coche, esta vez sin lluvia— pasó, sin proponérselo, por el cruce con Alcalde Ruiz.
Habían retirado ya los coches accidentados, pero quedaban restos: cristales barridos hacia el bordillo, un trozo de parachoques abandonado junto a una farola, la cinta amarilla de la policía todavía atada a una señal, ondeando sin ningún propósito ya.
Marta redujo la velocidad sin darse cuenta, como si el cuerpo quisiera rendir un pequeño homenaje sin que la cabeza se lo hubiera pedido.
En el vestuario, antes de empezar el turno, se lo contó a Nuria, una compañera con la que compartía taquilla desde hacía dos años.
—Qué fuerte —dijo Nuria, atándose el pelo—. ¿Y le prestaste el paraguas a un desconocido así, sin más?
—Sin más.
—Yo no le presto ni el paraguas a mi hermano.
Se rieron las dos, del tipo de risa que sirve para quitarle peso a algo que, en el fondo, no se sabe bien cómo llevar.
Nuria no le dio más importancia —¿por qué habría de dárselo?
, era solo una coincidencia de tráfico, un cruce, unas obras, una lluvia cualquiera— y Marta tampoco insistió.
Pero durante el resto del turno, cada vez que había un instante de calma entre pacientes, volvía a aquella cinta amarilla ondeando sin sentido, y a la idea, cada vez menos incómoda y cada vez más tranquila,
de que a veces el mundo nos aparta del camino sin que nos demos ni cuenta de que estábamos en peligro.
Aquella noche, cuando salió del hospital, miró hacia la esquina donde había visto a Julián por si acaso, sin saber muy bien qué esperaba encontrar allí. No había nadie. Llovía menos.
· · ·
Pasaron once días.
Once días de turnos que se parecían entre sí lo suficiente como para que Marta ya no pudiera distinguirlos del todo al final de la semana: pacientes que llegaban y se iban, alguno que se quedaba más de la cuenta, una intoxicación etílica un sábado, una crisis de ansiedad un martes que resultó ser,
según se supo después, el primer síntoma de algo mucho más serio.
El tiempo, en aquellos turnos de doce horas, tenía esa cualidad extraña de estirarse y encogerse a la vez: las horas dentro del hospital parecían interminables mientras ocurrían, y sin embargo, vistas desde fuera, los días se sucedían con una rapidez que a Marta a veces la dejaba desorientada,
como si hubiera pasado una semana entera sin haberla vivido del todo.
Llovió tres de esos once días, ninguno tan fuerte como aquella noche.
Marta llevó el paraguas viejo en el asiento trasero del coche, por si acaso, y lo usó dos veces, sin pensar ni una sola vez en Julián al hacerlo, porque así son casi siempre estas cosas: un gesto que pareció enorme en el momento se convierte, al cabo de unos días,
en un recuerdo pequeño entre muchos otros, guardado en algún cajón de la memoria que no se abre todos los días.
Marta ya casi no pensaba en el paraguas —al fin y al cabo era un paraguas de tres euros y las cosas de tres euros no suelen ocupar mucho espacio en la memoria de nadie— cuando, al salir una noche de un turno especialmente largo,
con la señora Peral ya trasladada a otra planta y un poco de esa tristeza tonta que dejan los pacientes con los que una se encariña sin querer, el guardia de seguridad de la entrada la llamó antes de que cruzara la puerta.
—Marta, ¿verdad? De la planta tres. —El guardia rebuscó bajo el mostrador—.
Un hombre dejó esto para usted esta tarde.
Dijo que no sabía su apellido, pero que seguro que la reconocíamos por la descripción: turno de tarde, planta tres, pelo recogido.
Preguntó bastante hasta dar con la persona correcta.
Le tendió un sobre pequeño, sin nombre por fuera, y un paraguas apoyado contra el mostrador que Marta reconoció al instante.
No llevaba nombre. Solo, en el interior, una nota escrita a mano con una letra insegura, de esas que delatan a alguien que no escribe mucho:
«Gracias por el paraguas. No sé si me acordará, pero cambió mi noche. Se lo devuelvo aunque tarde. Espero que no lo necesitara mucho estos días. J.»
El paraguas era el mismo, gris con memoria de azul, con las mismas dos varillas torcidas, un poco más gastado quizás, pero el mismo, cerrado y atado con una goma para que el viento no se lo llevara.