La mujer que prestó un paraguas 1 EL PARAGUAS PRESTADO
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La mujer que prestó un paraguas

La mujer que prestó un paraguas

Por Sara Veira

© inepub.com

1 EL PARAGUAS PRESTADO

Llovía como si el cielo llevara semanas conteniéndose.

Marta salió del hospital a las nueve y veinte, diez minutos más tarde de lo que le habían prometido al final del turno, con los pies hinchados dentro de los zuecos y esa clase de cansancio que no se siente en los músculos sino detrás de los ojos.

Había sido un turno de esos que se quedan pegados a la piel: un niño con una fractura que no dejaba de preguntar por su perro, un hombre joven que había llegado solo y se iba solo, sin nadie esperándolo en la sala, y una mujer mayor, la señora Peral,

que llevaba dos días confundiendo a Marta con su hija y le pedía, con una ternura que dolía más que cualquier turno de doce horas, que no se fuera todavía.

Marta no se había ido todavía. Se había quedado quince minutos de más al final del turno, sentada en el borde de la cama, sosteniéndole la mano a la señora Peral mientras esta le hablaba de un verano en la playa que Marta no había vivido,

que probablemente nadie había vivido tal como ella lo contaba, con esa mezcla de nostalgia y desorden que a veces trae la enfermedad a la memoria.

No figuraba en ningún protocolo, aquello.

No se anotaba en ningún informe de turno.

Pero Marta llevaba tres años ya en la profesión, los suficientes para saber que había una parte del trabajo que no estaba en los manuales, y que era, casi siempre, la parte que más pesaba y la que menos se veía.

Había otras cosas que pesaban también, más pequeñas, más tontas: los pies, por ejemplo, que llevaban doce horas metidos en los mismos zuecos y ya no sentía como propios; la espalda, que protestaba cada vez que se agachaba a coger algo del carro;

esa sequedad en los ojos que solo se le quitaba con una ducha larga y una almohada, en ese orden.

Nada grave. Nada que no tuviera todo el mundo que encadenara turnos de doce horas.

Pero se acumulaba, turno tras turno, como una capa fina de polvo que nunca se termina de limpiar del todo.

Ahora, bajo el toldo de la entrada, miraba la lluvia con la misma expresión con la que se mira una factura inesperada.

Llevaba consigo el paraguas de siempre —uno viejo, de esos que se compran en un chino un día de emergencia y luego terminan viviendo para siempre en el fondo de un bolso, con dos varillas torcidas y un color azul que ya no era azul sino un gris con memoria—,

pero el coche estaba aparcado a seis manzanas, porque las plazas cerca de urgencias llevaban meses ocupadas por obras que nadie terminaba nunca.

Seis manzanas bajo aquello no eran una caminata, eran una travesía, aunque fuera con paraguas.

—¿Vas a esperar a que escampe?

La voz venía de su derecha. Un hombre, quizás de cuarenta y tantos, con una chaqueta que en algún momento había sido impermeable y ya no lo era del todo, la miraba con una media sonrisa cansada, del tipo que se pone la gente cuando quiere ser simpática pero le queda poca simpatía en el cuerpo.

—Llevo aquí diez minutos —dijo Marta—. No tiene pinta de escampar.

—No. —El hombre se subió el cuello de la chaqueta, un gesto inútil—. Yo tengo que coger el autobús de las nueve y media en la esquina. Si lo pierdo, el siguiente es dentro de cuarenta minutos y mi hijo me espera despierto.

—¿Cuántos años tiene?

—Nueve. Ya debería estar dormido, pero se empeña en esperarme despierto. Dice que no puede dormir si no le doy las buenas noches en persona, que por teléfono no cuenta. —Se rió, un poco avergonzado de sí mismo, como si contarlo fuera confesar una debilidad—. Es un poco cabezota. Sale a la madre.

Marta no preguntó por la madre. No era su costumbre indagar más de lo que le ofrecían —tantas horas escuchando historias ajenas enseñan, entre otras cosas, a no tirar de los hilos que la gente no te tiende ella misma— pero algo en el modo en que Julián había dicho «sale a la madre»,

con ese tono neutro y gastado de quien repite la misma frase muchas veces para no tener que dar más explicaciones, le hizo pensar que aquel hombre cargaba más peso del que aparentaba bajo aquella chaqueta que ya no era del todo impermeable.

Pensó en las seis manzanas que le quedaban por delante hasta el coche, y en que ella, al menos, tenía el paraguas ya en la mano y llegaría a un sitio seco eventualmente.

Julián tenía un horario que cumplir y un niño esperando despierto una voz en persona, no por teléfono, y no llevaba nada con lo que protegerse.

—Tenga —dijo, tendiéndoselo—. Se lo presto. Démelo cuando nos volvamos a ver.

El hombre la miró como si hubiera dicho algo en otro idioma.

—No nos vamos a volver a ver.

—Ya. Pero dígalo igual. Así no se siente tan raro aceptarlo.

Él sonrió, esta vez de verdad, con una sorpresa genuina que le suavizó diez años de la cara.

—Me llamo Julián —dijo, como si eso fuera una especie de garantía.

—Marta.

—Marta. Vale. —Cogió el paraguas con las dos manos, con un cuidado excesivo para un objeto de tres euros—. Se lo devuelvo, en serio. Trabaja aquí, ¿no? En el hospital.

—Turno de tarde, planta tres. Entro a las nueve de la mañana y salgo a esta hora casi todos los días.

Julián asintió como quien memoriza una dirección, abrió el paraguas con un chasquido húmedo y salió corriendo hacia la esquina, dejando a Marta bajo el toldo con las manos vacías y una sensación extraña, no de haber hecho algo importante,

sino de haber hecho algo pequeño que por algún motivo le pesaba distinto a los demás gestos pequeños del día.

Se subió el cuello del abrigo, respiró hondo como si eso sirviera de algo contra la lluvia, y echó a andar.

· · ·

Las seis manzanas, que en un día normal habría cubierto en siete u ocho minutos, se convirtieron esa noche en casi el doble: el agua fría metiéndose por el cuello, el pelo pegado a la cara, los zapatos haciendo un ruido que no quería ni escuchar,

y los pies —esos mismos pies que llevaban doce horas metidos en los zuecos— protestando cada vez que pisaba un charco que no había visto a tiempo.

En la segunda manzana pensó, con cierto rencor cómico, en lo fácil que habría sido quedarse esperando bajo el toldo, como cualquier persona sensata, hasta que amainara.

En la tercera dejó de pensar del todo, porque pensar bajo aquella lluvia era como intentar leer con los ojos cerrados: un esfuerzo inútil que solo servía para irritarla más.

Pasó junto a una farmacia con la persiana a medio bajar, junto a un bar donde dos hombres discutían de fútbol con la puerta abierta y el calor saliendo en una vaharada que por un segundo la tentó a entrar y esperar allí, junto a un solar vacío que llevaba años esperando una obra que nunca llegaba.

Reconocía cada uno de esos sitios de memoria, los había visto cientos de veces desde el coche, pero a pie, bajo el agua, con la respiración entrecortada, la misma calle de siempre le pareció más larga y más ajena, como si el mal tiempo hubiera corrido los muebles de un piso conocido.

Cuando por fin llegó al coche estaba tan empapada que se rió sola, una risa corta y sin humor, del tipo que se le escapa a una cuando ya no queda otra reacción disponible.

Condujo despacio. Los limpiaparabrisas no daban abasto y las luces de los coches se desdibujaban en el cristal como si el mundo entero estuviera llorando de una manera exagerada y un poco ridícula.

En circunstancias normales habría cogido la avenida —era el camino de siempre, el que hacía con los ojos cerrados después de tres años en aquel turno— pero las obras habían cortado el carril derecho a la altura del cruce con Alcalde Ruiz, y aquella noche,

cansada y mojada y sin ganas de discutir con un semáforo en rojo eterno, giró dos calles antes de lo habitual y tomó la paralela.

No pensó en ello más que un segundo. Fue una decisión del tamaño de un bostezo: la clase de giro que se toma sin sopesarlo, como quien elige un carril del supermercado o decide contestar un mensaje antes que otro, sin sospechar siquiera que ese instante minúsculo pudiera tener algún peso.

La calle paralela era más estrecha, con menos farolas, y avanzaba flanqueada de edificios bajos que Marta apenas reconocía a pesar de llevar tres años haciendo casi el mismo trayecto cada noche.

Le pareció, por un momento, estar conduciendo por una ciudad distinta, una versión ligeramente desplazada de la suya, como esas fotografías que se parecen mucho a un lugar conocido pero que uno tarda un rato en identificar del todo.

Cruzó dos semáforos en ámbar, adelantó a un ciclista que llevaba un plástico a modo de poncho, y giró por fin hacia su calle sintiendo ya, por delante, el peso agradable de la idea de la ducha caliente.

Llegó a casa a las diez y cuarto, casi media hora más tarde de lo normal, se quitó la ropa mojada en el rellano para no dejar el suelo hecho un desastre, y se metió en la ducha más caliente que pudo soportar, el agua golpeándole los hombros como si quisiera deshacer, además del frío,

el cansancio acumulado del turno entero.

No encendió la televisión. No miró el móvil.

Se durmió con el pelo mojado, algo que su madre siempre le había dicho que no hiciera, y no soñó con nada que recordara al despertar.

· · ·

Julián llegó a casa esa noche con el paraguas todavía goteando en la entrada y encontró a su hijo despierto, tal como había prometido, sentado en la cama con la lamparita encendida y un libro de dinosaurios abierto en una página que ya se sabía de memoria.

—Llegas tarde —dijo el niño, sin reproche, solo constatando un hecho, como hacen los niños que aún no han aprendido del todo a fingir.

—Llovía mucho. —Julián se sentó al borde de la cama, todavía con la ropa húmeda pegada a los hombros—. Una señora me prestó un paraguas.

—¿La conocías?

—No. De nada.

El niño lo miró con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños de nueve años cuando algo les parece verdaderamente extraordinario.

—¿Y por qué te lo dio, si no la conocías?

Julián no tuvo una respuesta preparada. Se quedó pensando un momento, con la mano apoyada en la manta, mientras fuera seguía lloviendo contra la ventana.

—No lo sé —dijo al final—. Supongo que porque podía.