Las filas de la madrugada
En la casa de nuestra amiga todo era movimiento.
Nunca había visto a una persona vivir a semejante velocidad.
Desde muy temprano comenzaban las llamadas telefónicas y continuaban durante todo el día. Coordinaba citas, vendía productos de belleza, atendía clientes, organizaba pedidos y resolvía problemas como si tuviera varias vidas funcionando al mismo tiempo.
Además de eso trabajaba para una compañía de limpieza, realizaba mantenimiento en oficinas y áreas comunes de complejos residenciales, y los fines de semana trabajaba hasta la madrugada en un bar.
Mis ojos observaban aquella rutina con una mezcla de admiración y asombro.
Yo apenas intentaba sostenerme emocionalmente y ella parecía capaz de sostener tres vidas al mismo tiempo.
Mientras tanto también movía cielo y tierra para conseguirnos trabajo.
Después de nuestra experiencia paleando nieve comenzaron a aparecer nuevas posibilidades.
Una señora necesitaba personal para un centro de logística donde se armaban piezas publicitarias.
Pero también había otra alternativa.
El bar.
Y fue allí donde sentí uno de los mayores sobresaltos desde que había llegado.
Nuestra amiga insistía en que mi hija podía trabajar allí.
Decía que era joven, bonita y que aprendería rápido.
Yo escuchaba en silencio mientras por dentro se me encogía el corazón.
Mi hija venía de estudiar psicología en Perú.
Era una muchacha noble, tranquila, reservada.
Y aunque nuestra situación económica era difícil, me costaba imaginarla en un ambiente nocturno rodeada de personas bajo los efectos del alcohol.
- Déjame ir a mí, le repetía una y otra vez.
Ella sonreía con cierta incredulidad.
Como si me estuviera evaluando de pies a cabeza.
Como si pensara que yo ya no encajaba en ese mundo.
Aquellas conversaciones me agotaban.
No por el trabajo en sí.
Siempre he creído que ningún trabajo digno debe avergonzar a nadie.
Lo que me dolía era escuchar cómo la belleza femenina era presentada como una herramienta de supervivencia.
Como si el valor de una mujer pudiera reducirse a la capacidad de atraer miradas.
Mientras ella intentaba convencer a mi hija de convertirse en una diva de la noche, a mí me ofrecía otro tipo de oportunidades.
Decía que podía ayudarla con los equipos estéticos de su spa.
Que mi formación en salud me permitía comprender los manuales.
Que podía apoyarla aplicando vitaminas y tratamientos corporales.
También insistía en que podía acompañarla a limpiar edificios.
Las opciones aparecían por todos lados.
Yo solo intentaba entender por dónde empezar.
Finalmente aceptamos ir al centro de logística.
Debíamos presentarnos a las cinco de la mañana en una plaza de Boston.
Salimos cuando todavía era de noche.
Nuestra amiga nos había dibujado un mapa a mano para que pudiéramos llegar.
El trayecto duraba apenas unos minutos caminando, pero por miedo a perdernos salimos con una hora de anticipación.
Cuando llegamos no había nadie.
Solo frío.
Oscuridad.
Y una sensación permanente de incertidumbre.
Poco a poco comenzaron a aparecer personas.
Después decenas.
Luego cientos.
Todos esperaban en silencio.
Nadie gritaba.
Nadie discutía.
Solo observaban sus teléfonos mientras recibían instrucciones sobre la fila donde debían ubicarse.
Aprendimos rápidamente que llegar temprano era importante.
No alcanzar lugar podía significar perder el trabajo de ese día.
Cuando llegaron las vans blancas o guagua, como le llamaban las personas. todo ocurrió con rapidez.
Pagamos el transporte y subimos.
Durante el trayecto nadie habló.
Mi hija y yo viajábamos observándolo todo.
Sin saber exactamente adónde nos llevaban.
Sin saber siquiera en qué consistía el trabajo.
Pero ya estábamos allí.
Y había que seguir.
Al llegar nos pidieron unos documentos que nuestra amiga había conseguido el día anterior.
Los mostramos y nos dejaron entrar.
Frente a nosotras apareció una enorme bodega.
Mesas largas.
Filas interminables.
Personas ocupando cada espacio disponible.
Nos separaron.
Una fila para ella.
Otra para mí.
Sentí miedo.
No entendía qué estaba pasando.
Ni siquiera sabía qué iba a hacer.
Entonces comenzaron las demostraciones.
Había que doblar.
Armar.
Clasificar.
Empacar.
Publicidad de restaurantes.
Hoteles.
Tiendas.
Marcas internacionales.
Por mis manos pasaban miles de piezas impresas que yo misma había visto durante años en aeropuertos y centros comerciales.
Y mientras las observaba sentí una punzada de nostalgia.
Pensé en todo lo que había sido mi vida antes.
Pensé en Colombia.
Pensé en Perú.
Pensé en mi esposo y mi hijo.
Pensé en la profesional que había sido.
Y por un instante sentí deseos de llorar.
Pero no me lo permití.
Seguí trabajando.
Moviendo las manos al ritmo de la línea.
Aprendiendo una tarea nueva.
Adaptándome otra vez.
Como tantas veces antes.
En algún momento una mujer abandonó la mesa.
Escuché que alguien decía que se había operado recientemente del corazón.
Me sorprendió verla allí.
Luego escuché otra frase.
Una frase sencilla.
Una frase que con los años comprendí perfectamente.
- Tú sabes cómo es la renta.
Y de pronto entendí algo.
A veces las personas no trabajan porque están bien.
Trabajan porque no tienen alternativa.
Porque el alquiler no espera.
Porque las cuentas no esperan.
Porque la vida no espera.
Y aquel día, en aquella inmensa bodega, rodeada de desconocidos que luchaban silenciosamente por sostener sus propias vidas, comprendí que nosotras también habíamos entrado en esa batalla.
Y que, una vez más, tendríamos que aprender a empezar desde abajo