El invierno antes del viaje
Luego vino un tiempo que todavía hoy me cuesta describir.
Lo recuerdo como un cuarto oscuro.
Un encierro físico y mental donde el mundo parecía haberse detenido y yo había dejado de comprender qué estaba pasando dentro de mí.
Todo era una mezcla extraña.
Había momentos de euforia.
Momentos de tristeza profunda.
Momentos de miedo.
Y otros en los que simplemente no sentía nada.
Como si estuviera observando mi propia vida desde muy lejos.
Para entonces el mundo entero enfrentaba algo que ninguno de nosotros había vivido antes.
La pandemia del COVID-19.
De un día para otro todos comenzamos a escondernos.
De las personas.
De los lugares.
Del contacto humano.
De la cercanía.
Todo generaba tensión.
Todo parecía peligroso.
En Perú las restricciones fueron especialmente rigurosas.
Las calles se vaciaron.
La circulación quedó limitada.
Los horarios eran estrictos.
Las normas cambiaban constantemente.
Hubo momentos en que incluso se establecieron días diferenciados para salir según el género.
Unos días podían salir los hombres.
Otros días las mujeres.
Aquellas escenas parecían sacadas de una película que jamás imaginé vivir.
Las calles estaban custodiadas por militares.
Ver uniformes y controles permanentes no me transmitía seguridad.
Me generaba inquietud.
Sentía que el miedo ya no habitaba solamente dentro de las personas.
También habitaba en el paisaje.
Todos parecíamos sospechosos.
Todos parecíamos potencialmente peligrosos.
Las mascarillas.
Los desinfectantes.
Los controles.
Los protocolos.
Los zapatos pasando por bandejas químicas antes de entrar a cualquier lugar.
Los rociadores de desinfección.
Las superficies limpiadas una y otra vez.
La rutina diaria se convirtió en una ceremonia constante contra un enemigo invisible.
Y mientras todo aquello ocurría, nosotros ya vivíamos bajo otra presión.
La amenaza que veníamos enfrentando como familia seguía allí.
La tensión económica aumentaba.
Muchas actividades se paralizaron.
Otras desaparecieron.
Y las pocas empresas que continuaban operando se volvieron más visibles.
Entre ellas estaban las nuestras.
Siempre he pensado que aquel contexto agravó muchas cosas.
No solo para nosotros.
Para miles de personas.
La incertidumbre económica alimentó conflictos, tensiones y comportamientos que en circunstancias normales quizás habrían sido distintos.
Y en medio de todo aquello continuaban las amenazas.
Continuaban los mensajes.
Continuaba el miedo.
Sin embargo, dentro de aquel caos también teníamos un refugio.
Nuestra granja.
El lugar que habíamos construido con esfuerzo durante años.
Allí habíamos creado algo parecido a una pequeña burbuja de tranquilidad.
Criábamos gallinas, patos, cuyes y cerdos.
Sembrábamos árboles frutales.
Cultivábamos alimentos.
Vivíamos rodeados de naturaleza.
Poco a poco nos habíamos convertido en citadinos con alma campesina.
Era nuestro paraíso.
Nuestro espacio seguro.
Y jamás imaginé que también tendríamos que dejarlo atrás.
Como si todo aquello fuera poco, la pandemia también golpeó a nuestra familia.
Perdimos al esposo de mi cuñada.
Perdimos a mi suegra.
La muerte dejó de ser una noticia lejana.
Entró a nuestra casa.
Se sentó a nuestra mesa.
Se volvió parte de nuestras conversaciones.
¿Cómo no iba a sentirme agotada?
¿Cómo no iba a necesitar salir a respirar?
Fue entonces cuando decidimos viajar.
Mi hija me acompañaría.
La idea parecía simple.
Descansar unas semanas.
Cambiar de ambiente.
Tomar distancia de todo lo que estaba ocurriendo.
Pero hoy sé que aquel viaje no nació del turismo.
Nació de la necesidad de sobrevivir emocionalmente.
Recuerdo los preparativos.
Los pasaportes.
Los formularios sanitarios.
Los controles médicos.
Las mascarillas.
Las caretas.
Los documentos exigidos para viajar en medio de una emergencia mundial.
Todo parecía complejo.
Todo parecía pesado.
Y aun así seguimos adelante.
Llegamos al aeropuerto Jorge Chávez para tomar el vuelo hacia Boston, con escala en Miami.
Pero dentro de mí ya no existía la emoción de otros viajes.
Había visitado Estados Unidos antes.
Siempre con entusiasmo.
Siempre con curiosidad.
Esta vez era diferente.
Me sentía vacía.
Profundamente triste.
Como si estuviera funcionando por inercia.
Todavía hoy me cuesta recordar algunos momentos de aquel trayecto.
No recuerdo muchas de las preguntas migratorias.
No recuerdo qué respondí.
No recuerdo detalles que normalmente habría observado con atención.
Era como si mi cuerpo estuviera viajando mientras mi alma permanecía suspendida en algún lugar entre el miedo, el cansancio y la tristeza.
Y así llegamos a Boston.
Recuerdo perfectamente la sensación al salir del aeropuerto.
El frío atravesó mi ropa y se instaló en mis huesos.
Pero no fue eso lo que más me impactó.
Lo que realmente me sorprendió fue descubrir que aquel frío se parecía mucho al que yo ya llevaba dentro.
Un bloque helado en el pecho.
Una tristeza silenciosa.
Una sensación de vacío difícil de nombrar.
La nieve cubría el paisaje.
Y por primera vez tuve la impresión de que el mundo exterior reflejaba exactamente el invierno que estaba viviendo por dentro.