La mujer en mi casa 22
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Estamos abajo en el sótano otra vez. Con Papá.

Nos trae aquí mucho últimamente. Nos hace pelear para ver cuál es la más fuerte.

Se ha obsesionado con compararnos, poniéndonos una al lado de la otra y comentando nuestras semejanzas y diferencias.

Dice que soy demasiado delgada, demasiado débil, demasiado estúpida.

Nos dice que nunca debería haber tenido gemelas, que solo debería haber tenido una hija, que yo soy el error, la que no quiere ni necesita.

Desde que le mandé aquella nota a nuestro hermano, los castigos han ido empeorando sin parar.

Los últimos días apenas me ha dejado comer, quitándome la comida en la cena antes de que termine por alguna tontería que he hecho mal, como tirar el tenedor u olvidarme de decir «por favor» y «gracias». Tengo hambre constantemente.

Desde la nota, mi hermana se ha unido a él cuando me castiga. Dice que yo soy su responsabilidad, que después del error de enviar la nota era cosa suya evitar que volviera a cometer otro. La primera vez que le «ayudó», la obligó a pegarme con su cinturón hasta hacerme sangrar. Luego ella lloró.

Pero ahora se ha endurecido. Es peor que Papá.

Se cree lo que él dice de que ella es mejor que yo.

Se cree todo lo que dice, que somos opuestas, que ella es buena y yo soy mala.

Ahora me hace daño solo por placer. Puedo ver en el brillo de sus ojos y la sonrisa en sus labios que le gusta.

Tengo el cuerpo lleno de moratones. Papá siempre la recompensa cuando me hace daño, con regalitos y baratijas.

Hoy lleva dos collares que él le ha comprado, el del pajarito de plata y uno nuevo: un medallón con forma de corazón con una foto de los dos juntos dentro.

Nos ha dicho que quien gane esta pelea no tendrá que volver nunca más al sótano. Yo no me lo creo, pero veo que mi hermana sí.

Ya estoy débil de hambre. La habitación a mi alrededor se me nubla. Aunque intentara defenderme, sé que mi hermana ganaría. No entiendo por qué le hace caso. No entiendo por qué le complace a puñetazos y patadas. Debe de odiarme.

La miro antes de que empecemos. Sus ojos están completamente fríos, completamente muertos. Levanta la mano como para golpearme. Papá observa, relamiéndose los labios de anticipación.

Se detiene, me mira, y veo un instante de confusión, un instante de compasión.

—Vamos, niña —susurra Papá con voz alentadora.

Entonces su expresión cambia a una de rabia pura y descarga el puño con fuerza contra mi cara.