CAPÍTULO 19 La memoria de los talleres #3
Los directores de los centros tecnológicos cooperativos Ikerlan e Ideko intervinieron para exponer los proyectos de patentes compartidas en robótica colaborativa y mecanizado de ultraprecisión.
Subrayaron que la red de innovación de Mondragón reinvertía anualmente más del nueve por ciento de su facturación bruta en investigación propia, colaborando con centros de investigación de la red vasca de ciencia y tecnología Basque Research and Technology Alliance (brTA).
La pretendida obsolescencia industrial insinuada por los informes apócrifos de Hagen quedó refutada de raíz: los centros vascos lideraban consorcios del programa europeo Horizon Europe con socios alemanes y nórdicos, acreditando una vanguardia tecnológica inatacable.
Varios directores de cooperativas del grupo tomaron la palabra para aportar datos sobre el impacto que la agresión había tenido en sus filiales internacionales en México, la República Checa y China.
Un directivo de la división de máquina-herramienta de Danobat explicó que los clientes de la industria aeronáutica alemana habían suspendido temporalmente pedidos por valor de cincuenta millones de euros ante el temor infundado a una quiebra en cadena de la corporación.
La sentencia de Luxemburgo y la intervención de Eurojust no solo salvaban los talleres del Alto Deba; restablecían la credibilidad internacional de un grupo industrial que daba empleo a más de ochenta mil personas en todo el mundo.
—La resolución emitida por la Gran Sala del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en el asunto C-884/26 —prosiguió Mathieu con aplomo incontrovertible—, ratificada por las órdenes de embargo preventivo ejecutadas esta madrugada bajo el Reglamento 2018/1805 por la National Crime Agency en Londres y la policía judicial federal en Ginebra y Dubái, ha pulverizado esa trampa fiduciaria.
La totalidad de los pagarés adquiridos fraudulentamente por Atalante Capital han sido objeto de secuestro y decomiso judicial cautelar a disposición del tribunal instructor de Bilbao.
No existe ninguna deuda exigible contra Fagor Ederlan ni contra ninguna entidad de la corporación; los títulos quedan extinguidos por nulidad radical dimanante de delito societario y falsedad procesal.
Mathieu destacó ante el auditorio la fortaleza del Fondo Central de Intercooperación (FCI) y del Fondo de Solidaridad de Mondragón.
Explicó que los mecanismos financieros ideados por las cooperativas vascas habían resistido el cerco porque no dependían de la especulación en bolsas secundarias, sino de la aportación mancomunada de los beneficios de las cooperativas más rentables para respaldar a aquellas que atravesaban dificultades coyunturales.
Aquella solidaridad estructural, que los economistas de Wall Street consideraban una ineficiencia teórica, había sido el salvavidas financiero que mantuvo operativas las nóminas y las compras de chatarra cuando los bancos internacionales cerraron el crédito.
Un murmullo de alivio inmenso y emoción contenida recorrió las filas del Consejo General.
Directores financieros que llevaban meses durmiendo apenas tres horas diarias calculando tablas de amortización de emergencia dejaron caer los bolígrafos sobre las mesas, frotándose los ojos con semblantes descompuestos por el cansancio pero iluminados por la certeza de la salvación.
El presidente de la corporación, un ingeniero veterano de voz pausada, se puso en pie y tomó el micrófono dirigiéndose a los dos invitados:
—Inspector Etcheverry, fiscal Zubiaga: durante cincuenta años, el cooperativismo vasco ha demostrado que la eficiencia productiva y la innovación tecnológica no están reñidas con la democracia interna y la propiedad compartida de los trabajadores.
Nuestros fundadores, con don José María Arizmendiarrieta a la cabeza en los años cincuenta, nos enseñaron que el trabajo debe ser el soberano y el capital el servidor subordinado.
Sorokin y sus secuaces creían que las personas que integran este proyecto se doblegarían como los accionistas de una multinacional anónima cuando vieran amenazados sus saldos bancarios.
Olvidaron que aquí los obreros son los dueños de su destino.
El presidente corporativo anunció formalmente la disolución del comité de contingencia financiera y la reanudación inmediata de los planes de inversión en investigación y desarrollo de las nuevas líneas de fundición sostenible para vehículos eléctricos en Eskoriatza, dotadas con cuarenta millones de euros procedentes de los fondos de reserva propios de la corporación.
Asimismo, sometió a votación de la asamblea una resolución de gratitud institucional y desagravio que fue aprobada por aclamación absoluta, disponiendo la creación de una beca permanente de investigación en ética corporativa y gobernanza transparente que llevaría el nombre conjunto de Josu Zubiaga e Isabelle Laurent.
Al escuchar el nombre de Isabelle pronunciado en el hemiciclo de Mondragón, Mathieu sintió un nudo en la garganta y una punzada de dolor antiguo que se transformaba, por primera vez, en un bálsamo reparador.
Miró a Ainara, que le sostuvo la mano bajo el faldón de la mesa con un apretón suave y firme.
La muerte de su compañera en los muelles de Zeebrugge ya no era una tragedia estéril perdida en los archivos de la burocracia comunitaria; su memoria había sido acogida y reivindicada por una comunidad de trabajadores libres que jamás olvidarían su sacrificio.
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Al mediodía, el todoterreno ascendió por la pista de montaña que conducía al mirador de Udala, en las estribaciones calizas del monte Udalaitz que coronaba el valle del Deba.
Arriba, a setecientos metros de altitud sobre el nivel del mar, el viento frío del norte soplaba limpio y vigoroso, barriendo las últimas brumas y abriendo un panorama sobrecogedor sobre todo el territorio histórico de Gipuzkoa: hacia el este, las cimas agrestes de Aizkorri nevadas en sus cumbres; hacia el oeste, los pliegues verdes de Bizkaia y el perfil lejano del monte Anboto; y abajo, encajadas en el fondo del valle como una arteria palpitante de vida y esfuerzo, las poblaciones fabriles de Mondragón, Oñati y Aretxabaleta con sus techumbres de teja roja y sus naves industriales.
El relieve cárstico de Udalaitz mostraba las cicatrices de millones de años de erosión marina y pluvial: simas profundas, lapiaces agudos de piedra caliza blanca y quejigales achaparrados que se aferraban a las grietas de la roca.
En el cielo limpio de la cordillera, una pareja de buitres leonados planeaba en círculos concéntricos sobre las corrientes térmicas ascendentes, recortando sus alas inmensas contra el azul frío.
En aquel silencio majestuoso de las cumbres, roto únicamente por el crujido de la hierba helada bajo sus pasos y el silbido del viento serrano, la pequeña borda pastoril de piedra ofrecía un refugio austero y eterno.
Entre las grietas de la roca caliza florecían diminutas matas de saxífraga blanca y genciana de montaña, desafiando el rigor de las heladas invernales con una resistencia vegetal tenaz.
El pastoreo milenario de ovejas lachas había modelado aquellos pastizales de altura desde la Edad del Bronce, salpicando las laderas con túmulos funerarios y fondos de cabaña de los antiguos pastores euskaldunes.
La continuidad histórica de aquella tierra no se medía por decretos reales ni por fronteras de tratados diplomáticos, sino por el ritmo inmemorial de las estaciones y la fidelidad de sus gentes al suelo que pisaban.
A lo lejos, encaramado en el barranco calizo de Oñati, se adivinaba el perfil vanguardista del santuario de Arantzazu.
Aquel templo de piedra cortada a pico y espinas de piedra labradas por Jorge Oteiza, con las pinturas expresionistas de Lucio Muñoz y las vidrieras de fray Javier Álvarez de Eulate, resumía la pulsión espiritual y cultural del alma vasca: una fe desnuda, esculpida en la dureza de la montaña y arraigada en la solidaridad comunitaria frente a los embates de la tiranía y el desarraigo.
Los frailes franciscanos de Arantzazu habían cobijado en los años más oscuros a los creadores de la ikastola moderna y a los lingüistas que codificaron el euskera batua, demostrando que la cultura de un pueblo sobrevive cuando se refugia en sus raíces más profundas.
Ainara y Mathieu caminaron en silencio por la senda de hierba y roca caliza hasta alcanzar una pequeña meseta natural donde se alzaba una cruz tosca de piedra labrada y una borda pastoril centenaria con muros de mampostería seca.
En aquel paraje solitario, lejos del estruendo de las máquinas y de los aplausos parlamentarios, la naturaleza mostraba la sobria belleza del paisaje cantábrico en invierno: el verdor intenso de los pastos, el gris perlado de las peñas calizas y el azul puro de un cielo recién lavado por el viento pirenaico.
Se detuvieron junto a un saliente de roca que dominaba el vacío.
Ainara metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo una pequeña cajita de madera de nogal pulida.
Al abrirla, reveló un puñado de virutas metálicas de aleación de aluminio pulido procedentes de la fundición de Fagor Ederlan de Eskoriatza, recogidas esa misma mañana del torno donde su padre Josu solía trabajar.
Junto a las virutas descansaba una pequeña ramita seca de roble con dos hojas tostadas recogidas en el jardín de la casa de juntas de Gernika.