CAPÍTULO 10 El asedio de La Haya #3
Mathieu aminoró la marcha al aproximarse a la cancela de acceso para vehículos diplomáticos situada en el lateral occidental del complejo.
Detuvo el automóvil ante el poste de control biométrico y bajó la ventanilla, sintiendo el aire cortante del Mar del Norte morderle las mejillas con una ferocidad glacial.
El silencio de la madrugada solo era interrumpido por el rumor distante de los buques mercantes atracados en el puerto de Scheveningen.
Una cámara de alta resolución con infrarrojos enfocó la insignia consular verde del vehículo, mientras un escáner láser de chasis recorría los bajos del automóvil en busca de artefactos explosivos o dispositivos de seguimiento por satélite.
Al cabo de tres segundos de verificación automatizada, una voz metálica emitió una salutación en neerlandés a través del intercomunicador blindado: «Goedenacht, consulaire delegatie.
Toegang verleend». La cancela de acero se deslizó lateralmente sobre sus rieles neumáticos y la barrera de bolardos antiterroristas descendió hacia el suelo con un chasquido sordo.
Mathieu avanzó por la rampa helicoidal de hormigón que descendía hacia el aparcamiento subterráneo de máxima seguridad, ubicado dos plantas bajo el nivel del suelo.
Al franquear la esclusa presurizada de acceso, la iluminación fluorescente de temperatura fría reveló un espacio desierto, vigilado por cámaras domo de trescientos sesenta grados empotradas en las esquinas.
El suelo de resina epoxi de color gris perla brillaba como un espejo recién encerado.
Junto a la plaza reservada para la delegación del Centro Europeo de Delitos Financieros y Económicos (EFECC), una figura solitaria esperaba de pie junto a una puerta blindada de acero inoxidable.
Era Jan van der Berg.
El analista jefe de Europol y Eurojust vestía un traje de franela azul marino con la corbata de seda roja ligeramente aflojada y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos.
Con cincuenta años, complexión atlética y cabello rubio platino cortado a cepillo, el veterano funcionario neerlandés mantenía en la mano derecha un termo de café de la cafetería del parlamento holandés.
En su rostro anguloso, curtido por cientos de horas de análisis forense ante terminales de datos financieros en las salas subterráneas de Europol, se dibujaba una mezcla de tensión extrema y alivio contenido al ver detenerse el Volvo familiar.
Mathieu apagó el motor, extrajo la llave del contacto y abrió la portezuela.
Al pisar el suelo de hormigón pulido del garaje, Jan van der Berg se adelantó dos zancadas y le estrechó la mano con una fuerza que hizo crujir los nudillos del exagente de la OLAF.
El apretón fue firme, leal y carente de artificios diplomáticos.
—Mathieu, maldito bastardo —saludó Van der Berg en un inglés impecable, con voz grave y una sonrisa que iluminó sus ojos azules—.
Cuando recibí la alerta roja del Plan Épervier en la terminal de Europol pensé que los matones de Sorokin os habían liquidado en la frontera de Hendaya. ¿Estáis todos enteros?
—Enteros y con la dinamita documental intacta, Jan —respondió Mathieu señalando hacia el interior del vehículo, donde Ainara y Gorka acababan de descender con los maletines en la mano.
Mathieu hizo las presentaciones con la sobriedad que exigía el protocolo de la sede judicial:
—Jan, te presento a la fiscal foral delegada de Bizkaia, Ainara Zubiaga, y al inspector jefe de la Policía Judicial de la Ertzaintza, Gorka Atxaga.
El funcionario neerlandés dedicó una inclinación de cabeza respetuosa a la fiscal vasca, tomándole la mano con una reverencia que combinaba la cortesía diplomática con la admiración profesional más absoluta.
—Es un inmenso honor, señora fiscal —dijo Van der Berg con solemnidad—.
Llevo seis horas examinando el preaviso que transmitisteis por la red s-TESTA desde Donibane Garazi.
El trabajo jurídico que habéis desplegado es una obra de arte procesal.
El fiscal jefe de la Sala de Admisiones y la magistrada de enlace española, doña Carmen Arratia, llevan desde la medianoche encerrados en la sala de crisis subterránea esperando vuestra llegada con los originales.
Subamos de inmediato; tenemos menos de cinco horas antes de que la Comisión Europea abra sus puertas en Bruselas.
El tránsito desde el garaje subterráneo hacia la sala de crisis blindada de Eurojust fue un despliegue de medidas de seguridad que evidenciaba la trascendencia de la causa.
Atravesaron dos esclusas biométricas sucesivas donde Jan van der Berg tuvo que introducir su credencial de nivel cinco con chip criptográfico de alta seguridad, colocar la palma de su mano derecha sobre un escáner dérmico de lectura capilar y superar un control de escaneo de retina que emitía un destello verde en los marcos de acero presurizados.
El zumbido de las cerraduras electromagnéticas resonaba en los pasillos desiertos con la cadencia de una prisión de máxima seguridad.
Las instalaciones de Eurojust operaban bajo el estándar internacional de Instalación de Información Compartimentada Sensible (SCIF - Sensitive Compartmented Information Facility).
Las paredes de la planta subterránea estaban blindadas con paneles de plomo y cobre electrolítico que impedían cualquier emisión de radiofrecuencia hacia el exterior; los conductos de ventilación disponían de trampas acústicas en zigzag para evitar que las conversaciones pudieran ser captadas mediante micrófonos láser remotos, y los servidores locales funcionaban desconectados de la red pública de internet, comunicándose exclusivamente a través de líneas dedicadas de fibra óptica militar encriptadas con protocolos cuánticos.
En ese subsuelo no existían teléfonos móviles ni dispositivos inalámbricos: cualquier señal entrante o saliente era absorbida por la jaula de Faraday que envolvía el perímetro.
Gorka Atxaga contemplaba los dispositivos de escaneo con la aprobación del profesional de la seguridad que reconoce un trabajo bien hecho.
—Ni en el búnker de Ajuria Enea tienen semejante despliegue, Mathieu —susurró el ertzaina ajustándose la cazadora—. Aquí dentro ni el mismísimo presidente de los Estados Unidos podría escuchar un estornudo sin permiso del juez de guardia.
—Aquí no manda la política, Gorka —respondió Mathieu con voz firme mientras la última puerta de esclusa neumática se abría hacia la sala de operaciones central—.
Aquí manda el derecho penal europeo en su estado más puro.
Si los hechos encajan en el tipo delictivo, no hay comisario ni ministro que pueda detener el rodillo de la instrucción.
La sala de crisis subterránea, rotulada en placas de cristal esmerilado como Operations Room B-04 / Complex Financial Crimes Unit, era un recinto circular dominado por una mesa central de conferencias en forma de herradura y una impresionante pared frontal revestida por nueve pantallas táctiles de gran formato de resolución ultra alta.
Sobre las mesas auxiliares descansaban terminales de análisis forense con doble monitor, impresoras criptográficas de alta velocidad y servidores de almacenamiento óptico sellados.
En el aire flotaba el aroma penetrante del café recién filtrado y el olor característico del ozono producido por los equipos de purificación atmosférica.
Al entrar en la sala, dos personas se pusieron en pie de inmediato:
La primera era Carmen Arratia, una magistrada de carrera de cincuenta y dos años, con cabello canoso recogido en un moño estricto y gafas de montura metálica, delegada del Ministerio de Justicia español ante Eurojust y antigua titular del Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional.
Poseía una reputación legendaria en los pasillos judiciales de Madrid y Bruselas: era la jurista que había redactado la orden europea de detención contra los cabecillas de las redes de narcotráfico gallego y los testaferros de las tramas de corrupción urbanística en la Costa del Sol.
A su lado se encontraba Hendrik de Jong, el fiscal nacional de enlace de los Países Bajos, un jurista de porte aristocrático, mirada penetrante y toga corta colgada en el respaldo de su sillón de piel.
—Buenas noches, fiscal Zubiaga —saludó Carmen Arratia acercándose con paso rápido y estrechándole ambas manos con un calor fraternal que quebró el protocolo institucional—.
Llevo siguiendo vuestra pista desde que el departamento de Seguridad en Vitoria nos alertó de la crisis de Ajuria Enea.
Lo que habéis logrado cruzando esa muga con las pruebas bajo el brazo entrará en los manuales de historia del derecho penal.
Señores, tomen asiento. El fiscal general europeo en Luxemburgo está en línea de audio segura.
Es hora de destripar el dosier de Hagen.
Hendrik de Jong asintió con gravedad, inclinando la cabeza ante Ainara:
—El Reino de los Países Bajos no permitirá que sus instituciones judiciales sean utilizadas como pantalla para un fraude transnacional. Si los documentos acreditan el soborno y la falsedad, la fiscalía neerlandesa actuará sin vacilaciones. Procedamos al examen pericial.
Carmen Arratia extrajo de su portafolios una copia impresa de la orden internacional de busca y captura emitida veinticuatro horas antes por la Prefectura de Pau bajo el procedimiento sumario del Plan Épervier.
La magistrada española la sostuvo entre sus dedos finos con un gesto de desprecio indisimulado y la arrojó sobre la mesa de conferencias.