La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 10 El asedio de La Haya
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CAPÍTULO 10 El asedio de La Haya

Mathieu Etcheverry empuñaba el volante de cuero gastado con ambas manos, manteniendo la vista fija en la línea discontinua de la calzada.

Llevaba cuatro horas consecutivas al volante desde que relevara a Gorka Atxaga en las afueras de Burdeos.

El cansancio muscular le atenazaba los trapecios y la cafeína del termo apenas lograba disipar la quemazón que sentía en los ojos, pero la adrenalina de la recta final mantenía sus reflejos en tensión absoluta.

Conocía de memoria esa arteria de asfalto: durante sus años como auditor jefe de la OLAF en Bruselas, había recorrido cientos de veces el corredor París-Burdeos para coordinar redadas contra redes de contrabando agropecuario en Bretaña y el Poitou.

Pero nunca lo había hecho transportando en el maletero el expediente que podía hacer saltar por los aires los equilibrios de poder en el Colegio de Comisarios.

A su lado, en el asiento del copiloto, Gorka dormitaba con la cabeza ladeada contra el cristal de la ventanilla, roncando suavemente con la mano derecha apoyada de manera inconsciente sobre el maletín ignífugo encajado entre sus piernas.

El inspector jefe de la Policía Judicial de la Ertzaintza no se había separado del maletín desde que abandonaron Donibane Garazi a las siete de la mañana.

Cada vez que el vehículo frenaba con brusquedad ante una retención imprevista, los dedos del veterano policía se crispaban sobre el asa de policarbonato con el reflejo condicionado de quien custodia el tesoro más valioso de una causa penal.

En la banqueta trasera, rodeada de archivadores de palanca, carpetas con precintos notariales y el ordenador portátil blindado conectado a la toma de corriente del encendedor, Ainara Zubiaga trabajaba sin descanso.

Llevaba unas gafas de lectura de montura fina y el cabello sujeto en una coleta improvisada.

A pesar de los baches y de las sacudidas del vehículo al adelantar a los convoyes pesados, sus dedos tecleaban con una precisión asombrosa en el procesador de textos forense, ultimando los cuarenta y ocho anexos documentales que debían acompañar al pliego principal de la querella criminal.

A través del espejo retrovisor interior, Mathieu observó el perfil sereno de la fiscal foral.

La luz grisácea del temporal francés recortaba la línea noble de su mandíbula y el brillo concentrado de sus ojos oscuros.

No había en ella el menor rastro de debilidad ni de miedo; tras la noche de entrega y confesiones en la casona de Donibane Garazi, Ainara se movía con la determinación imparable de una fuerza de la naturaleza que ha superado el miedo a la muerte y que solo responde ante el mandato sagrado de la justicia.

Entre ellos se había forjado un lazo indestructible, una corriente subterránea de complicidad y deseo que ya no necesitaba palabras para manifestarse.

—Hemos dejado atrás el nudo de Orleans, Ainara —anunció Mathieu en voz baja para no despertar a Gorka—.

Si el tráfico en la circunvalación de París no se colapsa en el peaje de Saint-Arnoult, entraremos en territorio belga por Valenciennes hacia las ocho de la noche.

Estaremos en La Haya antes de las tres de la madrugada.

Ainara alzó la vista de la pantalla, se frotó el puente de la nariz con los dedos y le dirigió una sonrisa cargada de complicidad infinita.

Se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja y extendió una mano hacia el respaldo del asiento del conductor, rozando suavemente el hombro tenso de Mathieu.

—El cuerpo central del recurso está cerrado, Mathieu —respondió ella mostrando el índice en pantalla—.

He blindado la petición de medidas cautelarísimas bajo el artículo 103 del Reglamento de Procedimiento del Tribunal de Justicia y el artículo 8 de la Decisión Marco del JIT.

No hay resquicio para que los abogados del Estado alemán aleguen falta de jurisdicción: la conspiración se fraguó en Bayona, se financió desde Dubái y tenía como objetivo directo pervertir la toma de decisiones del Colegio de Comisarios en Bruselas.

En cuanto Jan van der Berg radique el escrito en la sede de Eurojust, Patricia Hagen tendrá que responder penalmente ante un tribunal colegiado internacional.

Ainara hizo una pausa, contemplando por la ventanilla los campos llanos y anegados de la Beauce, donde los aerogeneradores giraban bajo el viento del norte. Su mirada se ensombreció un instante al recordar las llamadas que había mantenido esa mañana con el fiscal superior en Bilbao.

—La presión sobre Vitoria es insostenible, Mathieu —añadió ella con voz contenida—.

Patricia Hagen ha convocado formalmente a la prensa comunitaria para mañana a las once en la sala de prensa del Berlaymont.

Pretende presentar el dictamen pericial como una resolución formal de la Comisión Europea, solicitando la apertura de un procedimiento de infracción de urgencia contra España y la congelación preventiva de las transferencias del Fondo de Cohesión hacia Euskadi.

Si esa rueda de prensa llega a celebrarse, el diferencial de la deuda vasca se disparará en los mercados secundarios y el daño institucional será irreversible.

Tenemos exactamente doce horas para neutralizarla.

La travesía continuó durante horas interminables a través de las llanuras infinitas del norte de Francia.

Al anochecer, las torres industriales de Lille y los viaductos de la cuenca minera de Valenciennes desfilaron entre la niebla como esqueletos de hierro oxidados por la lluvia.

Cruzaron la frontera belga por la autopista E19 sin detenerse: en la antigua aduana de Hensies, dos furgones de la Policía Federal belga observaron el paso del Volvo consular holandés sin encender los rotativos, intimidados por la insignia diplomática verde que brillaba bajo las farolas del arcén.

A las diez y media de la noche, las circunvalaciones de Amberes y el inmenso puerto fluvial del Escalda recibieron al convoy con un vendaval gélido procedente del Mar del Norte.

El olor a salitre, hidrocarburos y fango portuario inundó el habitáculo a través de los conductos de ventilación.

Mathieu redujo la velocidad al enfilar los puentes levadizos sobre los canales, esquivando el tráfico incesante de camiones cisterna que se dirigían hacia Rotterdam.

La densidad de la lluvia aumentaba por momentos, convirtiéndose en un granizo fino que repiqueteaba con violencia sobre el techo de chapa del vehículo.

Finalmente, a las once y cuarto de la noche, el cartel reflectante con las doce estrellas de la Unión Europea anunció la entrada en el Reino de los Países Bajos: Welkom in Nederland .

En el horizonte llano y batido por el viento del Mar del Norte, las siluetas monumentales de los molinos de viento modernos giraban con una cadencia hipnótica, recortadas contra el resplandor anaranjado de los rascacielos y las sedes corporativas de Rotterdam y La Haya.

Habían recorrido mil doscientos kilómetros a través del continente sin que una sola patrulla lograra interceptarlos.

La muga clandestina había quedado atrás; el corazón judicial de Europa se abría ante ellos con toda la severidad de sus tribunales internacionales.

El viaje por las autopistas de Francia y Bélgica había servido para consolidar una sincronía operativa perfecta entre los tres ocupantes del vehículo consular.

Gorka Atxaga, al despertar en las inmediaciones de París, había asumido el control de las comunicaciones satelitales, monitorizando las frecuencias de la red judicial vasca y confirmando que en Vitoria-Gasteiz el Lehendakari mantenía el pulso político, negándose a comparecer ante el Parlamento Vasco hasta que la delegación foral en La Haya diera la señal de ataque.

Desde la sala de crisis de Ajuria Enea, el consejero de Hacienda y el letrado mayor del Gobierno Vasco aguardaban la confirmación de la radicación formal de la querella para convocar a los medios de comunicación y denunciar el complot.

La Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, aquel tratado firmado en la Austria de posguerra para garantizar que la diplomacia internacional no fuera rehén de las arbitrariedades policiales de los Estados, demostraba en esa travesía su eficacia más noble.

El cónsul honorario Hendrick van der Meer, un hombre que había combatido en su juventud en las redes clandestinas antinazis de Utrecht antes de retirarse a la costa vasca, no había vacilado ni un segundo en ceder su vehículo y sus inmunidades diplomáticas cuando Maider Etcheverry le explicó que la soberanía de una comunidad pirenaica estaba siendo estrangulada por los herederos de los mismos monopolios financieros que asolaron Europa en el siglo pasado.

El automóvil transportaba la verdad de un pueblo que no aceptaba someterse al chantaje de los mercados ni a la arrogancia de los burócratas.

Mathieu sentía el peso de la responsabilidad en cada kilómetro de asfalto devorado.

Había vivido en Bruselas durante ocho años; conocía la frialdad con la que los gabinetes de la Comisión liquidaban expedientes incómodos arrojándolos a las trituradoras de papel o enterrándolos en comisiones de estudio parlamentarias que tardaban décadas en dictaminar.

Pero la estrategia diseñada por Ainara no dejaba margen para el enterramiento burocrático: al canalizar la causa a través de Eurojust y la Fiscalía Europea en La Haya, el conflicto salía del ámbito político para entrar directamente en el terreno del derecho penal puro, donde los jueces instructores responden únicamente ante la ley y no ante los comisarios de turno.