CAPÍTULO 4 La memoria de Seaska #2
—La muga nunca ha sido una línea jurídica trazada por los campesinos de estas dos orillas, Ainara —dijo Maider mirándola a los ojos—.
La muga fue una cicatriz que los reyes de España y Francia marcaron con sangre y tratados en 1856 para repartirse los peajes.
Para ellos, quienes vivimos aquí siempre hemos sido sospechosos: si hablamos nuestra lengua, somos separatistas; si recaudamos nuestros tributos para levantar hospitales sin pedir permiso a las capitales, nos llaman defraudadores.
Mi abuelo pasó fugitivos republicanos durante la guerra civil y después pasó aviadores ingleses derribados por los nazis a través de la red Comète.
Jamás les pidió un pasaporte ni les preguntó por sus ideas políticas: los pasaba porque eran seres humanos perseguidos por un poder ciego.
Y tú estás sentada en esta mesa por la misma razón.
Ainara sintió un nudo en la garganta. Había pasado diez años en los tribunales de Bizkaia creyendo que su escudo era el rigor de las auditorías mercantiles.
Pero frente a aquella mujer que había enseñado en desvanes vigilados, comprendió que existía una legitimidad más profunda que los códigos procesales: la dignidad obstinada de una comunidad que se niega a ser borrada.
Mathieu abrió la cremallera del maletín y extrajo el grueso volumen encuadernado en guaflex negro. Lo colocó sobre la madera de la mesa.
—Necesitamos saber quién ha fabricado materialmente este documento, ama —dijo Mathieu, abriendo el dosier por las páginas donde figuraban los sellos de la OLAF y la supuesta firma del director general Bernard Marchand—.
En los registros digitales descubrí que el borrador maestro fue creado en octubre en la Dirección General de Competencia por orden directa de Patricia Hagen.
Pero este ejemplar físico no ha salido de las impresoras de la Comisión en Bruselas.
El soporte, el gramaje y la textura de la tinta no coinciden con los estándares de la Oficina de Publicaciones de la Unión Europea en Luxemburgo.
Maider se puso unas gafas de montura de carey. Acercó la lámpara y posó la yema de su índice sobre una de las hojas interiores. La frotó con lentitud y luego la inclinó hacia la luz para examinar su comportamiento al trasluz.
—Yo no soy perito judicial, Mathieu —dijo la anciana tras unos segundos, dejando caer la hoja sobre el bloque con un sonido denso—.
Pero he encuadernado a mano más de quinientos libros de actas de Seaska y he restaurado manuscritos del siglo dieciocho para el museo vasco de Bayona.
Este papel tiene un cuerpo que no se encuentra en las papelerías comerciales.
No es pasta de madera triturada ni papel reciclado de oficina pública; tiene la elasticidad del trapo de lino y el tacto aterciopelado de las ediciones de bibliófilo que los notarios de la costa encargaban para los contratos de fletamento marítimo.
—¿Existe algún taller en Bayona que trabaje con ese tipo de soporte? —preguntó Ainara.
Maider se quitó las gafas y miró a su hijo con complicidad.
—En Bayona solo queda un hombre capaz de decirte de qué molino procede cada fibra de algodón con solo oler la resina del secado —respondió Maider, levantándose del banco—.
Peio Heguy. Lleva cincuenta y cuatro años encerrado en el taller de tipografía tradicional de la calle de los Toneleros, detrás de las murallas viejas.
Imprimió los pasquines contra el franquismo en el sesenta y ocho, imprimió los primeros estatutos de Seaska en el setenta y nueve y sigue componiendo a mano con tipos de plomo porque dice que las pantallas le ensucian los ojos.
Le llamé desde la cabina de la plaza antes de que cruzarais el puente; le dije que mi hijo venía del norte con una pregunta de vida o muerte.
Está despierto en el sótano, esperando con la lupa lista.
♦ ♦ ♦
El trayecto a pie desde la Rue Pannecau hasta la Rue des Tonneliers duró apenas seis minutos a través de callejones sumidos en penumbra húmeda.
Mathieu y Ainara caminaban pegados a las paredes de arenisca, cubiertos por sus abrigos oscuros y con el dosier envuelto en una funda impermeable que Mathieu llevaba bajo el brazo.
La lluvia caía en cortinas diagonales empujadas por rachas de viento que silbaban entre los voladizos de madera, quebrando los reflejos ambarinos de las pocas farolas encendidas en las esquinas.
Al torcer hacia la muralla de Vauban, el rumor del río Nive quedó amortiguado por la masa de los baluartes levantados en el siglo diecisiete para defender la plaza fuerte de Bayona.
La Rue des Tonneliers era una trinchera empedrada de apenas tres metros de anchura, donde las antiguas bodegas de toneleros conservaban sus accesos semienterrados bajo el nivel de la calzada, protegidos por rejas de forja con cardenillo.
Mathieu descendió tres peldaños de granito y se detuvo ante una puerta baja de roble macizo con herrajes negros.
A la altura de los ojos, una pequeña placa de latón sin letras mostraba únicamente un grabado diminuto: el delfín y el ancla del humanista Aldo Manucio, el impresor renacentista que en el siglo quince fijó los cánones de la tipografía moderna.
Mathieu no necesitó llamar. La puerta cedió hacia el interior con un chasquido suave antes de que su mano rozara el picaporte, dejando al descubierto una escalera estrecha de piedra que descendía hacia las entrañas de la bodega abovedada.
—Cuidado con la cabeza al bajar —advirtió una voz ronca desde el fondo del sótano, con el acento grave de la Baja Navarra—. La piedra es del tiempo del cardenal Mazarino y no perdona a los altos.
Al descender los diez escalones, una atmósfera densa envolvió a Mathieu y Ainara.
El aire del taller olía a aceite de linaza cocido, trementina de Venecia, aguarrás puro, resina de colofonia y el olor ferroso de la tinta tipográfica elaborada con negro de humo.
La humedad que rezumaba por las juntas de cal de la bóveda de cañón quedaba neutralizada por el calor de una estufa de fundición alimentada con recortes de madera seca y virutas de haya.
La nave era un templo artesanal consagrado al plomo y al papel.
A lo largo de las paredes se alineaban hileras de chibaletes de castaño, cuyos cajones albergaban miles de tipos móviles de plomo y antimonio distribuidos según las cajas tipográficas tradicionales: caracteres Baskerville, Garamond, Bodoni y Futura ordenados por cuerpos.
En el centro descansaban dos monumentos mecánicos: una prensa Albion de palanca manual fechada en 1872, con su águila de hierro fundido contrapesando el husillo de presión, y una imponente máquina cilíndrica de aspas Heidelberg, cuya bancada de acero oscuro brillaba con una fina película de grasa protectora.
Junto a una mesa de trabajo de tres metros, iluminada por dos lámparas halógenas de brazo articulado, esperaba Peio Heguy.
A sus setenta y cuatro años, el maestro impresor conservaba una complexión recia.
Tenía hombros anchos encorvados por seis décadas sobre los componedores de bronce, pelo grisáceo revuelto y cejas pobladas que sombreaban ojos pequeños y vivos.
Sobre su camisa de franela vestía un delantal de lino azul endurecido por capas de tinta negra y disolvente.
En la comisura de los labios sostenía un cigarrillo Gauloises sin filtro apagado, y sobre su nariz descansaban unas gafas de gruesa montura de acetato provistas de dos lupas de relojero abatibles.
Peio estrechó la mano de Mathieu con una garra nudosa manchada de grafito en las cutículas, antes de fijar su atención en Ainara con un cabeceo de saludo sobrio.
—Maider me dijo que traíais un muerto de quinientas páginas en brazos —dijo el impresor con voz áspera—.
Ponedlo sobre la mesa de corte. Y no saquéis aparatos con batería: en este sótano las únicas ondas autorizadas son las de la radio analógica de onda corta que tengo conectada a la batería del coche.
Mathieu retiró la funda de lona impermeable y depositó el dosier sobre la superficie de cinc de la mesa.
Peio Heguy no se precipitó. Con la lentitud ceremonial de un cirujano, abatió las dos lupas sobre sus cristales, encendió las lámparas halógenas y orientó los haces de luz en un ángulo oblicuo de quince grados sobre la cubierta del informe.
Sus dedos anchos y callosos en las yemas se deslizaron sobre el guaflex negro y abrieron el volumen por la tercera página, correspondiente al primer anexo estadístico donde se analizaban las deducciones fiscales aplicadas por las haciendas forales vascas a los proyectos de investigación metalúrgica en el valle del Deba.
Peio pellizcó la esquina superior derecha del folio entre la yema del pulgar y el lateral del índice.
Frotó el papel con un movimiento circular milimétrico, cerrando los ojos para concentrar la atención táctil.
Luego, sujetando la hoja por el borde exterior, la agitó con un golpe seco de muñeca cerca de su oído izquierdo.
El papel emitió un chasquido metálico, limpio, seco y vibrante, semejante al crujido de una lámina fina de estaño.
—Primer indicio —sentenció Peio, abriendo los ojos y mirando a Mathieu por encima de las lentes auxiliares—.
El papel corriente de oficina, la pasta química de sulfato de celulosa que compran por palés de quinientos paquetes en las papelerías industriales, tiene fibras cortas de madera triturada.
Cuando lo sacudes, suena sordo, como un trapo húmedo cayendo sobre serrín.
Este folio canta como una campana de plata porque está fabricado con trapo de algodón puro y fibras largas de lino seleccionadas.