La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 4 La memoria de Seaska
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CAPÍTULO 4 La memoria de Seaska

Mathieu permaneció inmóvil unos segundos, con las manos sobre el volante.

En los espejos, la calle estrecha de fachadas de cuatro plantas con entramado de madera vista y contraventanas en rojo sangre de buey estaba desierta.

Ningún automóvil los había seguido desde la rotonda de Ustaritz; las farolas suspendidas entre las cornisas proyectaban charcos temblorosos sobre los adoquines húmedos.

A su derecha, Ainara Zubiaga no se había movido.

Tenía sobre las rodillas el maletín de lona encerada donde custodiaba el dosier de quinientas páginas encuadernado en negro que la noche anterior reposaba sobre la mesa del Lehendakari en Ajuria Enea.

La luz mortecina del cuadro de mandos recortaba su perfil afilado, la tensión en el cuello y la sombra espesa que el cansancio había depositado bajo sus párpados.

Desde que salieron de Vitoria-Gasteiz, cruzaron los controles de la estación de Irún y caminaron bajo el aguacero por el puente internacional de Santiago, la fiscal apenas había descansado durante el trayecto por la Corniche.

—Estamos en el corazón del barrio viejo —dijo Mathieu en voz baja, retirando la llave—.

En este lado del río las calles son tan angostas que dos furgonetas de la Police Nationale no pueden cruzarse sin subirse a las aceras.

Mi madre vive en la segunda planta del edificio del archivo; la planta baja alberga los fondos documentales de Seaska y la biblioteca histórica de la federación.

Es el lugar más seguro de todo el departamento.

Ainara volvió la cabeza hacia él con lucidez implacable.

—Si Patricia Hagen y sus enlaces del BND ya han lanzado la orden administrativa desde Bruselas, la Gendarmería no tardará en vigilar las matrículas de los pasos de Biriatou y Behobia —señaló ella, ajustándose la bufanda—. ¿Tu madre sabe a qué nos enfrentamos?

—Mi madre lleva cincuenta años esquivando leyes de excepción dictadas desde París —respondió Mathieu con una sonrisa tenue—.

Cuando fundaron las primeras ikastolas clandestinas a finales de los sesenta, la prefectura enviaba inspectores con órdenes de precinto y la policía confiscaba los cuadernos acusando a los maestros de sedición contra la República.

Maider aprendió antes de que yo naciera qué significa que el poder del Estado te declare fuera de la ley.

Descendieron del Peugeot con rapidez. El aire de Bayona, cargado de humedad fluvial y humo de leña de roble, les azotó el rostro al cerrar las portezuelas.

Mathieu extrajo del asiento trasero la mochila donde guardaba su ordenador portátil de carcasa rugerizada y el disco duro IronKey con el volcado de memoria de los servidores de la OLAF, mientras Ainara sujetaba el maletín contra su costado.

Caminaron pegados a los zócalos de piedra arenisca, bajo los aleros salientes que goteaban sobre los adoquines.

Se detuvieron ante un portalón de castaño con clavos de forja medievales, en el número 18 de la Rue Pannecau. Junto a la jamba, una placa de roble desgastada mostraba la inscripción Seaska — Artxibo Historikoa eta Ondarea .

Mathieu golpeó la aldaba con cadencia precisa: tres golpes secos, una pausa de dos latidos y dos golpes más suaves.

Tras diez segundos de silencio, un cerrojo interior chasqueó y la hoja se abrió.

En el umbral iluminado apareció Maider Etcheverry.

A sus setenta y dos años, la madre de Mathieu conservaba la estatura erguida y la agilidad de las mujeres que han recorrido a diario los senderos de montaña de la Baja Navarra.

Llevaba el cabello blanco, recogido en un moño austero con una horquilla de boj, y vestía un jersey grueso de lana cruda sobre una falda oscura de paño.

Sus ojos, negros y de una penetración que parecía traspasar la piel, eran idénticos a los de Mathieu, enmarcados por arrugas finas que denotaban una resistencia templada en décadas de litigios civiles.

— Sartu, sartu azkar... Hotza sartzen ari da —susurró Maider en euskera labortano, apartándose para franquearles el paso antes de cerrar la pesada hoja y asegurar los pestillos.

En el zaguán enlosado, el aire olía a papel antiguo, cera de abejas y al calor de una estufa de leña.

Antes de que Mathieu pudiera disculparse, Maider le rodeó el cuello con ambos brazos y apoyó la mejilla contra su pecho con firmeza serena.

Mathieu cerró los ojos y correspondió al abrazo, sintiendo cómo la rigidez acumulada desde su huida de Bruselas cedía ante el aroma familiar a jabón de Marsella y hierbas secas.

Al separarse, Maider clavó su mirada en Ainara.

La recorrió despacio, deteniéndose en sus botas mojadas, en los mechones pegados por la lluvia y en la forma protectora con que la fiscal aferraba la cartera.

Sin mediar presentación formal, la anciana tomó las manos enguantadas y ateridas de Ainara entre las suyas.

—Tú eres Ainara —dijo Maider en un castellano pausado, con la entonación cadenciosa de los vascofranceses que han aprendido el idioma meridional en los libros y en las conversaciones de frontera—.

Mathieu me habló de ti cuando volvisteis de Mondragón.

Tienes en la cara el mismo frío que traían las maestras vizcaínas que cruzaban el monte en los años setenta huyendo de los tribunales de orden público.

Venid arriba. El fuego está vivo y la mesa puesta.

Subieron por una escalera de caracol de roble.

En la primera planta, una amplia estancia hacía las veces de cocina comunal y biblioteca auxiliar.

Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con cajas de archivo clasificadas por municipios de Iparralde, intercaladas con mapas y grabados antiguos.

En el centro, una mesa de castaño de tres metros, iluminada por una lámpara de pantalla verde, mostraba tres cuencos hondos de loza blanca, una hogaza de pan de masa madre, mantequilla artesanal y una cuña de queso ardi-gasna curado en las bordas altas del valle de Ossès.

Sobre una cocina económica, una cafetera esmaltada dejaba escapar un borboteo rítmico que perfumaba la estancia con olor a café tostado y achicoria.

—Sentaos —indicó Maider, colgando el abrigo mojado de Ainara junto a la chimenea donde chisporroteaban dos troncos de haya—.

Primero entraréis en calor; después me contaréis qué clase de veneno han metido en ese maletín para que mi hijo haya tenido que saltar de un tren y tú hayas caminado bajo la galerna por el puente de Santiago.

Ainara se sentó en el banco corrido. El calor comenzó a disolver el entumecimiento de sus articulaciones. Maider sirvió el café hirviendo en los cuencos de loza ( katiluak ), sin añadir azúcar, y cortó rebanadas de pan cuya corteza crujió bajo el cuchillo de mango de fresno.

Mathieu tomó asiento frente a su madre y bebió un sorbo largo antes de hablar.

—No es una auditoría rutinaria, ama —explicó Mathieu, señalando el maletín—.

Alguien ha depositado en Ajuria Enea un dosier de quinientas páginas con el membrete de la OLAF y sellos de la Dirección General de Competencia.

En ese informe se acusa a las tres Diputaciones Forales y al Gobierno Vasco de haber desviado más de ciento cincuenta millones de euros del Fondo Vasco de Innovación hacia estructuras offshore de blanqueo, utilizando como tapadera las cooperativas y las deducciones por I+D del Concierto Económico.

El Lehendakari tiene cuarenta y ocho horas antes de la cumbre en Bruselas para renunciar a la autonomía normativa del Impuesto de Sociedades; si no lo hace, el dosier será filtrado a los diarios de Londres, Frankfurt y París como el mayor escándalo de fraude sistémico del sur de Europa.

Maider sostuvo el cuenco entre sus palmas rugosas, contemplando el vapor.

—La misma música con diferente letra —murmuró la anciana con una calma que sobrecogió a Ainara—.

En la primavera de 1969, cuando abrimos la primera ikastola en una cocina de Arrangoitze con apenas cinco niños sentados en banquetas de ordeñar, el prefecto de Pau envió a la Gendarmería para precintar la puerta.

Decían que estábamos creando escuelas sediciosas para destruir la unidad de la República Francesa y que el euskera era una lengua bárbara que impedía el progreso.

Aplicaban la doctrina jacobina más estricta: un solo Estado, una sola lengua, una sola caja central en París donde debían tributar hasta los pastores de las Landas.

Tuvimos que dar clase en desvanes de secar manzanas y en establos de Ustaritz, escondiendo los cuadernos bajo sacos de harina.

Los libros de texto no existían en Francia; los imprimían de noche en talleres clandestinos de Hernani y Andoain, y los mugalaris los pasaban por los collados de Vera de Bidasoa y Dantxarinea envueltos en hule negro para que el agua no emborronara la tinta.

Ainara levantó la mirada hacia ella conmovida.

—Nosotros creíamos que defendíamos un régimen tributario singular amparado en las leyes forales —dijo la fiscal con firmeza contenida—.

Pero al ver los anexos contables en Vitoria comprendí que este ataque no busca depurar responsabilidades penales.

Utilizan fragmentos auténticos de los archivos que le robaron a Iñigo Barandiarán antes de asesinarlo en Bilbao para construir un relato verosímil de podredumbre institucional.

Quieren presentar el autogobierno de mi tierra como una anomalía incompatible con el mercado único europeo.

Maider asintió despacio y deslizó dos trozos de ardi-gasna hacia Ainara.