CAPÍTULO 2 La sombra de Berlaymont #4
—Exactamente —confirmó Verbist, bajando aún más la voz—.
La asesora especial alemana designada directamente por Berlín para tutelar la reforma del régimen de subvenciones públicas incompatibles bajo los artículos 107 y 108 del TFUE.
Oficialmente es una tecnócrata brillante, experta en derecho de la competencia y disciplina presupuestaria.
Extraoficialmente, todo el mundo en el Berlaymont sabe que Hagen es una oficial de alto rango del Bundesnachrichtendienst, los servicios de inteligencia exterior alemanes, colocada en el corazón de la Comisión para forzar la convergencia fiscal europea a favor de los grandes intereses industriales y financieros del eje central.
—Ayer por la noche depositaron un dosier de más de quinientas páginas en el palacio de Ajuria Enea en Vitoria —explicó Mathieu, manteniendo la mirada fija en los datos de la tableta—.
Lleva sellos clonados de la oficina antifraude y la rúbrica de la Dirección de Competencia.
Afirma que el Fondo Vasco de Innovación y las deducciones por I+D+i del Concierto Económico constituyen subvenciones estatales ilícitas y blanqueo sistemático.
Exigen la renuncia voluntaria del autogobierno tributario ante el Consejo de Política Fiscal y Financiera en Madrid mañana por la mañana, o filtrarán el informe a la prensa alemana, británica y francesa horas antes de que comience el Consejo Europeo.
Verbist cerró la aplicación de la tableta y guardó el dispositivo en el bolsillo interior de la gabardina con un movimiento rápido y nervioso.
—Ese dosier no ha salido de ninguna auditoría legal de la OLAF, Mathieu.
He comprobado los volcados de red que lograste rescatar de tu máquina antes del apagón: los números de expediente del informe fueron inyectados en el repositorio documental de la Comisión puenteando todos los filtros de validación jurídica.
Utilizaron una pasarela administrativa externa alojada en servidores privados de Fráncfort y Biarritz.
El documento utiliza datos reales procedentes de expedientes fiscales de Bizkaia —los papeles que le robaron al auditor Iñigo Barandiarán antes de asesinarlo en el palacio Euskalduna de Bilbao—, pero han suprimido deliberadamente las partidas de retorno tecnológico y han manipulado la base de cálculo para hacer que el Concierto parezca un agujero negro de evasión fiscal corporativa.
—Hagen está orquestando una operación de guerra híbrida —concluyó Mathieu con amargura—.
No buscan una resolución judicial en Luxemburgo porque saben que la jurisprudencia histórica del Tribunal de Justicia de la Unión Europea avala la autonomía foral vasca desde la sentencia histórica de 2006, ratificando que las Diputaciones tienen competencia soberana para fijar tipos y deducciones siempre que asuman el riesgo financiero.
Lo que buscan es el linchamiento mediático coordinado: crear un escándalo de dimensiones continentales en la prensa económica la misma mañana en que los jefes de Estado y de Gobierno se reúnen en Bruselas, para que el Gobierno español y las instituciones comunitarias impongan una tutela forzosa sobre las Haciendas Forales bajo el pretexto de la emergencia sistémica.
—Y hay algo más, Mathieu —añadió Verbist, fijando sus ojos acuosos en el rostro del vascofrancés con una gravedad sombría—.
Hagen sabe que tú eres el único inspector en Bruselas con la legitimidad técnica, el conocimiento de los tratados y los vínculos judiciales sobre el terreno para demostrar la falsedad del dosier antes de que expire el plazo.
Por eso te ha cortado la cabeza a las siete de la mañana.
Y por eso no se va a conformar con tu suspensión administrativa.
Mathieu apoyó la taza vacía sobre el platillo con un golpe seco de porcelana.
—¿Qué quieres decir, Julien?
—Quiero decir que a las ocho y media, mientras yo salía del Berlaymont para venir a verte, dos agentes de enlace de la Policía Federal belga han entrado en el despacho de Hagen con una orden de comparecencia judicial de urgencia.
Están preparando una requisitoria formal ante la Fiscalía de Bruselas para solicitar tu arresto preventivo bajo acusación de revelación de secretos de Estado y sustracción de material clasificado.
Si te detienen en suelo belga, te aplicarán el régimen de incomunicación procesal durante cuarenta y ocho horas.
Para cuando tu abogado consiga que te lleven ante un juez de garantías, el pleno de Madrid habrá terminado, el dosier estará en las portadas de media Europa y el autogobierno vasco habrá sido intervenido.
Tienes que salir de Bélgica de inmediato, Mathieu. Ahora mismo.
Mathieu guardó silencio durante cinco segundos eternos.
A través de los cristales del café contempló la mole del Berlaymont: los ventanales de la duodécima planta reflejaban el cielo plomizo de Bruselas como un espejo ciego.
Allí arriba, en un despacho con alfombras de lana y muebles de diseño escandinavo, Patricia Hagen ultimaba la demolición de un siglo y medio de soberanía fiscal foral mediante una firma electrónica y un fajo de mentiras encuadernadas.
—¿Cómo está el perímetro exterior? —preguntó Mathieu con voz fría.
—Vigilado —respondió Verbist sin rodeos—.
Tienen patrullas de paisano y vehículos privados apostados en la rotonda de Schuman, en la entrada del metro y en los accesos a la estación de Bruselas-Central.
Si intentas coger un avión en Zaventem o en Charleroi con tu documentación oficial, las alertas automáticas de los controles fronterizos saltarán en las pantallas de la policía federal antes de que pases el escáner de equipajes.
Mathieu tomó su cartera de cuero, comprobó el tacto del forro donde reposaba el dongle de memoria y se abrochó el abrigo de paño oscuro hasta el último botón del cuello.
—No voy a coger un avión, Julien. Los aviones dependen de servidores que Hagen controla con una orden de pantalla. Voy a viajar por tierra, como hacían los mugalaris de mi familia cuando las aduanas se cerraban a cal y canto en el Pirineo.
Verbist se levantó de la mesa, extendió la mano derecha y estrechó la de Mathieu con una fuerza desusada en el flemático ingeniero flamenco.
—Cuídate, Mathieu. Hagen no tiene límites éticos. Es la misma mujer que coordinaba la célula de enlace en Flandes cuando ocurrió lo de Zeebrugge. Si caes en sus manos, no habrá juicio en Bruselas: habrá un accidente conveniente en una carretera secundaria.
El nombre de Zeebrugge impactó en el pecho de Mathieu con la fuerza de un proyectil helado.
La herida de Isabelle, sepultada durante cuatro años bajo capas de cinismo burocrático y soledad premeditada, acababa de abrirse de par en par.
La sospecha que había alimentado en silencio durante miles de noches cobraba de pronto una certeza monstruosa: la persona que entregó a Isabelle a los sicarios de Viktor Sorokin en el puerto belga no fue un intermediario corrupto de la aduana.
Fue la misma comisaria que ahora pretendía quebrar el autogobierno de su pueblo.
Mathieu apretó la mano de su amigo con firmeza.
—Gracias por todo, Julien. Asegura esos registros y borra las trazas de nuestra reunión. Si sobrevivimos a esta semana, nos veremos en Luxemburgo.
Salió del café con el paso firme y la mirada baja, sumergiéndose de nuevo en el aguanieve de la Rue Archimède mientras el tráfico del barrio europeo rugía a su alrededor como una bestia mecánica indiferente a la tragedia que se gestaba bajo sus cúpulas de cristal.
♦ ♦ ♦
La estación de metro de Schuman era un hervidero de abrigos oscuros, maletines ejecutivos y paraguas goteantes a las nueve y cuarenta y cinco de la mañana.
Al descender por la escalinata mecánica hacia la nave de andenes, Mathieu detectó de inmediato la anomalía táctica en el flujo de transeúntes: a unos treinta metros de distancia, junto a los tornos de validación de billetes de la línea hacia Gare de l'Ouest, dos hombres con gabardinas grises de corte recto y paraguas de varillas reforzadas fingían consultar el panel de líneas del transporte metropolitano STIB.
A través del cristal de una taquilla automatizada, Mathieu reconoció la silueta del segundo vigilante: era el mismo individuo que la noche anterior había encabezado el dispositivo de asalto frente a su apartamento en la Rue de Trèves.
En el chaflán exterior de la Rue Froissart, un Peugeot 508 negro con placas diplomáticas del cuerpo consular mantenía las luces de cruce encendidas y el limpiaparabrisas barriendo el aguanieve a intervalos regulares.
Mathieu no alteró el compás de su marcha ni volvió la cabeza.
Con la pericia aprendida durante sus años de inspector aduanero en el paso fronterizo de Biriatou, utilizó los reflejos de las marquesinas publicitarias para calcular la distancia y la velocidad de aproximación de sus perseguidores.
Los agentes de Hagen mantenían una distancia prudencial de unos veinte metros, confiando en que el funcionario suspendido se dirigiría al andén central para tomar el metro hacia el centro urbano o hacia la estación de tren de Bruselas-Central.
Mathieu extrajo del bolsillo del pantalón una moneda de dos euros, compró un billete magnético sencillo en la máquina expendedora y cruzó el torno con paso natural.
Descendió las escaleras hacia el andén número 1, donde un convoy de la Línea 1 con destino a Stockel reducía la marcha entre chirridos de zapatas metálicas.
La masa de viajeros que aguardaba en la plataforma comenzó a empujar hacia las puertas automáticas.
Mathieu avanzó entre la multitud, situándose frente a la tercera puerta del segundo vagón.
Por el rabillo del ojo observó cómo los dos hombres de las gabardinas grises apresuraban el paso a lo largo del andén para posicionarse en los accesos contiguos, garantizando que el objetivo quedara encajonado dentro del convoy en movimiento.