CAPÍTULO 2 La sombra de Berlaymont #2
Mathieu llevó la mano con parsimonia a la solapa de su chaqueta y extrajo la tarjeta identificativa que colgaba de un cordón azul marino con el emblema de las doce estrellas.
La depositó en la bandeja con un movimiento deliberadamente pausado.
Aquel trozo de policarbonato con chip incorporado representaba doce años de carrera ininterrumpida en la alta función pública europea, desde sus primeros destinos en la aduana de Bayona y la Dirección General de Finanzas Públicas en París hasta su designación como auditor jefe de la OLAF en Bruselas.
Verla arrojada sobre el plástico de una bandeja de incautación producía una sensación semejante a la expropiación de una identidad cívica.
—Tengo efectos personales en mi despacho de la cuarta planta —dijo Mathieu, mirando fijamente a Dewaele a través de las gafas sin montura del funcionario—.
Medicación recetada contra el asma, documentación familiar de mi madre en Ustaritz y prendas de abrigo.
El artículo 90 del Estatuto de Funcionarios me otorga el derecho inalienable a retirar mis pertenencias privadas antes de que el despacho sea precintado.
Dewaele miró la hora en la pantalla de su teléfono móvil con un mohín de fastidio, intercambiando una mirada de asentimiento con el jefe de la escolta.
—Dispone exactamente de quince minutos de reloj, señor Etcheverry.
Quince minutos bajo custodia directa del personal de seguridad.
No se le permitirá tocar ningún terminal informático ni retirar ningún archivador que contenga documentos de trabajo.
Si intenta encender el ordenador o manipular los servidores de planta, los agentes procederán a su detención preventiva y entrega a la Policía Federal belga en la comisaría de Montgomery. ¿Ha quedado suficientemente claro?
—Completamente claro, señor Dewaele —respondió Mathieu, levantándose de la silla sin apresuramiento—. Quince minutos son más que suficientes para recoger lo que me pertenece.
♦ ♦ ♦
El pasillo de la cuarta planta del Edificio Joseph II presentaba el aspecto anestesiado de una colmena burocrática a media mañana.
Las puertas de madera lacada en gris claro permanecían entornadas, dejando entrever hileras de despachos modulares donde los inspectores de la OLAF analizaban balances contables frente a pantallas dobles de veintisiete pulgadas.
Cuando Mathieu avanzó por la moqueta azul escoltado por los dos agentes de seguridad, un murmullo sordo de teclados que cesaban de repiquetear acompañó sus pasos.
La jefa de sector de Europa del Sur, una veterana letrada milanesa que compartía comité técnico con Mathieu desde hacía un lustro, asomó la cabeza por el quicio de su puerta; al advertir la presencia de los guardias uniformados y la bandeja de plástico en manos del oficial, retrocedió dos pasos en silencio y cerró la hoja de madera hasta dejarla en una rendija milimétrica.
El despacho 412 ocupaba una esquina discreta de la nave central, con vistas oblicuas a los patios interiores de manzana de la Rue Joseph II.
El espacio era austero, fiel al temperamento de Mathieu: una mesa de melanina clara con un soporte de monitores regulable, un archivador metálico vertical con cerradura de combinación numérica, una estantería con códigos tributarios franceses y españoles, una pequeña cafetera de émbolo sobre una balda auxiliar y, junto al radiador de fundición, una fotografía enmarcada en nogal donde aparecía su madre Maider sonriendo en el huerto del caserío de Ustaritz junto al río Nive.
El oficial de mayor graduación, un bretón de mandíbula cuadrada llamado Kermadec, empujó la puerta con el guante de cuero y franqueó el paso.
—Quince minutos a partir de ahora, Etcheverry —advirtió Kermadec, situándose junto a la mesa auxiliar con una carpeta de formularios impresos y un bolígrafo para levantar el inventario de salida—.
Voy a registrar cada objeto que introduzca en su caja.
Nada de soportes ópticos, nada de unidades USB corporativas ni carpetas con membrete de la OLAF.
Si un solo documento no está explícitamente autorizado por el señor Dewaele, se queda en la bandeja.
—Tranquilo, Kermadec —respondió Mathieu con voz baja y pausada, quitándose el abrigo y colgándolo del respaldo de la silla giratoria para que los agentes pudieran ver que no ocultaba nada bajo la camisa blanca—.
Solo me llevo mis efectos médicos, mis libros personales y las cartas familiares.
Conozco el protocolo tan bien como usted.
Mathieu abrió el cajón inferior del archivador metálico y extrajo una caja de cartón plegable que utilizaba para traslados de archivo.
Con movimientos metódicos y deliberadamente lentos, comenzó a depositar en su interior el inhalador de salbutamol, un ejemplar encuadernado del Código Aduanero de la Unión anotado a mano, un juego de llaves privadas de su apartamento y la fotografía de su madre en Ustaritz.
Cada gesto estaba calculado para transmitir resignación burocrática y reducir la alerta táctica de los dos guardias.
Mientras colocaba los libros en la caja, su cerebro calculaba los tiempos y los ángulos de visión con precisión milimétrica.
En la esquina posterior de la torre informática HP Z-Workstation, oculta bajo el faldón de la mesa y semioculta por el haz de cables de alimentación apantallados, descansaba la interfaz de diagnóstico y mantenimiento de hardware: un puerto USB 3.
2 de derivación directa de placa base que los técnicos de sistemas utilizaban para clonados de emergencia de bios y volcados de memoria volátil antes de formatear terminales comprometidos.
Aquel puerto no pasaba por el concentrador del teclado ni por los controladores supervisados por el software de prevención de fugas de datos (DLP) de la Comisión.
De la cartera de cuero gastado que descansaba abierta sobre la silla, y al amparo de su propio torso interpuesto entre el escritorio y la mirada del segundo guardia, Mathieu deslizó entre sus dedos índice y anular un objeto minúsculo que guardaba en un compartimento cosido del forro interior: un hardware dongle de análisis forense con cifrado por circuito ASIC integrado y microprocesador autónomo ARM Cortex-M4, precargado con un firmware ligero de captura forense bajo la norma internacional ISO/IEC 27037.
El dispositivo medía menos de tres centímetros y estaba encapsulado en una carcasa de polímero negro idéntica a los capuchones de protección de los conectores de fibra óptica.
Kermadec inclinó la cabeza sobre el formulario SEC-402 para anotar el número de serie de la cafetera de émbolo y la descripción de los manuales jurídicos.
—Ese volumen de derecho foral vasco... ¿es propiedad suya o del servicio de documentación de la Dirección General? —preguntó el guardia sin levantar del todo la vista de la cuadrícula.
—Propiedad privada. Lo compré en una librería jurídica de la calle Buenos Aires en Bilbao durante la comisión de servicio del mes pasado. Lleva mi exlibris en la guarda interior —contestó Mathieu con naturalidad, girándose apenas diez centímetros hacia la torre del ordenador.
Con un movimiento ciego y entrenado durante decenas de auditorías periciales, sus dedos palparon la chapa trasera de la torre, localizaron el conector hembra del puerto de diagnóstico y encajaron el dongle en la ranura.
Un levísimo parpadeo azul, invisible desde la puerta gracias al faldón de madera prensada, confirmó que el dispositivo había establecido enlace directo con el bus PCI Express a través del controlador de acceso directo a memoria (DMA).
El script compilado en el firmware comenzó a ejecutarse en silencio dentro del circuito integrado, sin interactuar con el sistema operativo Windows Enterprise ni alertar a los demonios de monitorización del servidor central.
Conforme a las directrices internacionales de la norma ISO/IEC 27037 sobre identificación, recolección, adquisición y preservación de evidencia digital, la memoria volátil constituye el estrato más vulnerable de cualquier investigación pericial: el corte de suministro eléctrico o el apagado forzado del sistema operativo destruyen de forma irreversible los datos almacenados en los registros dinámicos de la RAM.
Mathieu sabía que, en cuanto el controlador de dominio de la Comisión enviara la señal de revocación de credenciales, el núcleo del sistema sobreescribiría las tablas de traducción de direcciones virtuales y purgaría las claves maestras de cifrado temporal que protegían las sesiones activas con los nodos judiciales externos.
A través del bus de acceso directo a memoria, el dispositivo puenteó la unidad de gestión de memoria del procesador principal, volcando en paralelo los bloques físicos de la memoria DDR4 a una tasa constante de 1,2 gigabytes por segundo.
Mientras el buffer temporal acumulaba los segmentos binarios, el firmware analizaba las conexiones TCP establecidas por el subsistema de red.
Mathieu contempló cómo la consola mostraba la traza de los sockets seguros enlazados con la pasarela del Centro Europeo de Delitos Financieros y Económicos (EFECC) de Europol en La Haya y los registros de intercambio documental con los tribunales de instrucción del País Vasco.
Mathieu continuó vaciando las baldas de la estantería con una calma gélida, depositando carpetas de notas manuscritas sobre jurisprudencia del Tribunal de Justicia de Luxemburgo en la caja de cartón.
Mientras sus manos se movían mecánicamente, su mirada periférica controlaba el diminuto reflejo azul en la pared del fondo.
El firmware tardaba exactamente noventa segundos en completar el volcado de memoria volátil y generar el hash criptográfico SHA-256 que garantizaba la inmutabilidad y la cadena de custodia probatoria de la evidencia digital ante cualquier tribunal de garantías.