La muga roja (Línea de Cupo 3)
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CAPÍTULO 1 El dosier de Ajuria Enea
La niebla helada de la llanada alavesa se cerraba sobre Vitoria-Gasteiz como un sudario de caliza pulverizada.
Eran exactamente las once y cuarenta y cinco minutos de la noche de un gélido lunes de febrero, y la cencellada cubría de agujas blancas las ramas desnudas de los tilos centenarios que custodiaban la calle Fray Francisco de Vitoria.
El frío no era el viento húmedo y salino que entraba desde el Abra hacia la ría de Bilbao, sino una masa inmóvil, densa y glacial que congelaba el vaho en el aire antes de que pudiera disiparse contra el asfalto.
A ras de suelo, el termómetro marcaba cuatro grados bajo cero y la escarcha cubría los bordillos de granito de la zona noble vitoriana.
Una convocatoria clandestina de la cúspide política a un fiscal anticorrupción, saltándose la cadena orgánica del Ministerio Público, no presagiaba una consulta técnica: anunciaba que una fractura tectónica amenazaba con reventar los cimientos del autogobierno.
En esa noche de febrero, el palacio parecía una fortaleza dormida en mitad de un páramo blanco.
Las dependencias oficiales estaban a oscuras; solo dos amplios ventanales de la planta baja, pertenecientes al despacho presidencial y a la biblioteca histórica, mantenían las luces encendidas detrás de pesados cortinajes de terciopelo verde bosque.
El automóvil se detuvo junto al pabellón lateral de guardia de la Ertzaintza.
Antes de que el conductor apagara el motor, dos agentes del Berrozi Berezi Taldea, la unidad de élite destinada a la protección de altas autoridades y operaciones tácticas especiales, se despegaron de la marquesina de hormigón y avanzaron hacia el sedán con paso medido.
Vestían abrigos negros de paño sobre chalecos balísticos interiores, con auriculares de espiral transparente tras las orejas y linternas de alta intensidad en el correaje táctico.
Uno de los agentes inspeccionó el suelo y los bajos del chasis mediante un espejo parabólico montado sobre un carrito telescópico, mientras el otro, de complexión atlética y mirada serena, se aproximaba a la ventanilla trasera.
La ventanilla descendió apenas unos centímetros. El aire que penetró en el habitáculo olía a asfalto helado, agujas de pino húmedas y al olor metálico inconfundible de la cencellada.
—Buenas noches, fiscal Zubiaga —saludó el agente con voz baja y acento sobrio del interior alavés—.
Soy el suboficial Gaizka Elorza, responsable del dispositivo de seguridad nocturna.
Acompáñeme, por favor. El protocolo de contingencia activado para esta noche exige control integral de emisiones antes de franquear el acceso a la residencia presidencial.
Ainara asintió en silencio, empujó la portezuela y pisó la grava con sus botines de piel negra.
El frío le atenazó los pómulos al instante, mordiéndole la piel como una lija húmeda.
Se subió las solapas de su abrigo de lana oscura, ajustó la bufanda alrededor de la garganta y cogió su maletín de cuero donde guardaba su cuaderno de notas procesales y su pluma estilográfica.
Su credencial oficial con el escudo de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco descansaba en el bolsillo interior del abrigo, pero en aquella antesala reservada las tarjetas plásticas carecían de sentido: en Ajuria Enea sabían al milímetro quién era Ainara Zubiaga.
Conocían su expediente intachable, su carácter reservado y la implacable frialdad con la que había desmontado, pieza a pieza, el entramado criminal de la fundición de Fagor Ederlan apenas tres semanas atrás.
Aquel caso en el Deba había frenado el asalto de Atalante Capital contra las cooperativas de Mondragón.
Ainara creyó entonces que el decomiso de los pagarés otorgaría una tregua al país.
Pero la experiencia le recordaba una ley implacable: cuando una ofensiva financiera fracasa en las fábricas, los cerebros en la sombra cambian de vector y golpean directamente en la cúspide política.
Siguió al suboficial Elorza por una pasarela techada de madera que conducía a la esclusa técnica de seguridad del pabellón de guardia.
Al atravesar la doble puerta presurizada de acero, el cambio ambiental fue radical.
El aire interior estaba tibio, cargado del olor a plástico caliente, café recalentado y al zumbido continuo de los servidores de comunicaciones del búnker subterráneo.
Las paredes de la sala estaban revestidas de paneles de aleación mu-metal, un compuesto ferromagnético de níquel e hierro diseñado específicamente para atenuar campos electromagnéticos estáticos y de baja frecuencia, convirtiendo el recinto en una jaula de Faraday impenetrable.
—Debe depositar aquí todos sus dispositivos electrónicos, señora fiscal —indicó Elorza, señalando una hilera de casilleros numerados con cerraduras biométricas empotrados en la pared norte—.
Teléfono corporativo, terminal personal, reloj inteligente si utiliza alguno, llaves con mando a distancia o cualquier soporte digital de almacenamiento.
Las taquillas disponen de blindaje magnético pasivo y un sistema de inhibidores de radiofrecuencia de barrido continuo que neutraliza frecuencias desde los setecientos megahercios hasta los seis gigahercios.
Ni las balizas de geolocalización satelital ni los micrófonos de transmisión GSM pueden emitir un solo paquete de datos desde este perímetro.
Ainara abrió su bolso y extrajo su teléfono corporativo del Ministerio de Justicia y su terminal móvil personal.
Los colocó en el interior del casillero número cuatro.
Mientras el mecanismo electroimantado sellaba la portezuela con un golpe seco, sus dedos buscaron de manera instintiva, bajo el puño izquierdo de la camisa blanca, el contacto frío de la caja de acero de su reloj de pulsera: aquel Certina DS que su padre Josu Zubiaga había llevado puesto cada día en el taller de matricería de Durango hasta la trágica madrugada de 1994 en que un impago masivo de pagarés en cadena lo condujo al suicidio.
El roce del acero pulido y la esfera plateada del cronómetro suizo actuaban siempre en Ainara como un recordatorio despiadado de la realidad.
Su padre había sido un hombre honesto, un industrial vasco que creía en la palabra dada y en el valor sagrado de los compromisos mercantiles, hasta que un entramado de intermediarios sin rostro vació las cuentas de su empresa y lo dejó en la ruina más absoluta.
Aquel cronómetro de manufactura suiza, inmune a las sacudidas térmicas y al paso de las décadas, le recordaba en cada diligencia penal que los delitos de cuello blanco no eran meras disputas contables sobre tipos impositivos o asientos en un libro diario: eran actos de violencia económica sistemática que destruían familias, cerraban talleres centenarios y dejaban víctimas de carne y hueso en el camino.
—El reloj no emite señal alguna, suboficial —dijo Ainara con voz firme, sosteniendo la mirada del ertzaina—. Mecánica pura de cuerda automática. Cero silicio, cero circuitos y cero conexiones remotas.
Elorza asintió con un gesto de respeto profesional. No hacía falta comprobarlo: la compostura austera de la fiscal imponía una autoridad que ninguna directiva de seguridad ponía en duda.
—Por supuesto, fiscal. Pase por el arco detector de masa, si es tan amable.
Ainara cruzó el bastidor de escaneo, que emitió un tenue destello verde en el panel de control.
Al fondo de la sala, una puerta blindada de acceso peatonal se desbloqueó con un murmullo neumático, abriéndose hacia el pasillo noble que conectaba el pabellón con el cuerpo central del palacio de Ajuria Enea.
El interior de la residencia presidencial estaba sumido en un recogimiento absoluto.
El suelo de mármol de Markina, cubierto por alfombras granates, amortiguaba sus pasos.
El aire olía a cera de abejas y al calor seco de los radiadores de hierro.
En las paredes colgaban lienzos de maestros vascos: marinas de Zuloaga, figuras obreras de Arteta y paisajes brumosos de Regoyos, estampas de un pueblo forjado en el esfuerzo industrial y el arraigo a la tierra.
En las hornacinas descansaban vitrinas con facsímiles del Concierto Económico de 1878 y el Estatuto de Gernika de 1979.
Ainara contempló los pergaminos al pasar.
Cada línea representaba décadas de resistencia jurídica.
El Concierto no era un privilegio: era el pacto bilateral mediante el cual Euskadi recaudaba sus tributos, sostenía sus servicios y abonaba al Estado el Cupo anual por las cargas no asumidas.
Una soberanía fiscal que despertaba recelos eternos en Madrid y Bruselas.
El suboficial Elorza la guio hasta el fondo de la galería norte, deteniéndose ante una imponente puerta de nogal español con molduras cuadrangulares y manija de bronce bruñido que daba acceso al despacho privado del Lehendakari.
El agente adoptó la posición de firmes, flexionó el brazo y golpeó la madera dos veces con los nudillos, con la precisión mesurada que exigía el protocolo de la sede presidencial.
—Adelante —brotó una voz grave y gastada desde el interior de la estancia.
Elorza accionó la manija, abrió la hoja hacia adentro y se situó a un lado del marco, manteniendo la vista al frente.
—La fiscal Zubiaga, señor Lehendakari.
Ainara apretó el asa de su maletín de cuero, enderezó los hombros y cruzó el umbral hacia la penumbra del despacho. A sus espaldas, la puerta de nogal se cerró con un chasquido pesado que aisló por completo la habitación del resto del edificio.
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