La muchacha no tiene pueblo Capítulo 48. Este es mi pueblo
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Capítulo 48. Este es mi pueblo

Este es mi pueblo

En primavera, el olmo joven de la plaza estrenó hojas.

Clara las vio aparecer desde la ventana del estudio, primero pequeñas y claras, luego suficientes para dibujar una sombra nueva sobre el banco.

Para entonces llevaba siete meses viviendo en Valdeazahar y todavía se detenía algunos días ante descubrimientos que los demás consideraban poco noticiables: la primera golondrina bajo un alero, el cambio de sitio de las mesas de La Parada, el momento exacto en que las almendras verdes empezaban a endurecerse.

También había aprendido cosas menos poéticas.

El consultorio solo atendía determinados días.

Los paquetes urgentes podían llegar a Amalia después de las seis.

Una casa antigua era capaz de producir ruidos distintos en cada estación.

La fibra óptica funcionaba muy bien hasta que una excavadora cortaba un cable a nueve kilómetros, y entonces todo el pueblo descubría cuántos vecinos teletrabajaban realmente.

Aquella mañana de mayo, la plaza estaba llena de mesas infantiles.

El Estudio de la Libreta Verde celebraba su primer encuentro abierto de cuentos.

Habían acudido familias de Valdeazahar, de dos pueblos cercanos y algunas de Albacete.

Elena organizaba los turnos de lectura. Raquel supervisaba una mesa de dibujo.

Lucía cargaba sillas pese a llevar una banda de alcaldesa que, según Clara, no concedía protección lumbar.

Merce había preparado bizcochos con forma de libro y Tomás servía limonada mientras protestaba por la cantidad de vasos pequeños.

En la puerta del estudio, la placa definitiva decía:

CLARA SERRANO

DIRECCIÓN CREATIVA · CUENTOS INFANTILES

ESTUDIO DE LA LIbrETA VERDE

La bicicleta restaurada por Mateo colgaba bajo la ventana.

Había recuperado su rojo original, y sobre la tabla apoyada en el cuadro se exhibían álbumes elegidos por Clara y Elena.

En la pared, el mural de papel tenía ya dos ampliaciones: un mar dibujado durante el invierno y una ciudad de tejados violetas añadida por los niños de un taller de marzo.

El erizo sin portal todavía no había llegado a las librerías.

La ilustradora enviaba bocetos cada pocas semanas y el proceso avanzaba con una lentitud que meses atrás habría desesperado a Clara.

Ahora disfrutaba discutiendo la forma de una ventana, el color de la bufanda y la expresión exacta de la zorra cuando fingía que no esperaba a nadie.

La editorial había anunciado el álbum para octubre.

Sus padres habían reservado fecha para la presentación aun sin saber cuál sería.

Mientras tanto, Clara escribía un segundo cuento y sobrevivía a sus facturas.

Los proyectos de publicidad ocupaban tres días de la semana, a veces cuatro.

Viajaba a Madrid dos o tres veces al mes.

Conservaba clientes, había perdido uno y ganado dos.

No siempre trabajaba mirando la plaza; en épocas de entrega volvía a apretar la mandíbula y Gabriel tenía que recordarle que cerrar un portátil era una acción física disponible.

Pero ya no confundía cada encargo con una prueba de su valor.

Irene visitaba el pueblo tanto que Tomás había dejado de preguntarle qué café quería. Ella seguía fingiendo indignación porque su amiga tuviera «una vida con banda sonora de pájaros», aunque había empezado a buscar una casa rural para pasar allí una semana trabajando en verano.

—No significa nada —advirtió—. Necesito localizaciones.

—Claro.

—Y wifi.

—Naturalmente.

—Y que Merce me venda esas magdalenas.

—Sobre todo eso.

A las once empezó el taller principal. Clara se sentó frente a dieciocho niños con la libreta verde en las manos. Algunos ya la conocían; otros la miraban con la desconfianza reservada a los adultos que prometían una actividad divertida.

—Hoy vamos a inventar un pueblo —dijo.

Yago levantó la mano.

—¿Puede tener monstruos?

—Depende. ¿Pagan impuestos?

—No.

—Entonces Lucía tendrá que valorar si los empadrona.

La alcaldesa, al fondo, levantó el pulgar.

Clara pidió a cada niño que aportara algo necesario.

Dijeron una fuente, un campo de fútbol, una heladería, una clínica para dragones, árboles que dieran caramelos y una casa sin techo «para ver las estrellas».

Leo añadió una biblioteca. Nora, una estación.

Un niño de Alcaraz propuso una tienda de videojuegos.

Una niña muy pequeña dijo que hacía falta una abuela, y nadie consiguió mejorar la idea.

Clara iba anotándolo todo. Las respuestas se cruzaban, crecían y se contradecían. Ella no intentó ordenarlas demasiado. Había aprendido que una historia, como una comunidad, no se hacía mejor eliminando todas sus voces.

Gabriel llegó cuando estaban dibujando el mapa. Venía de la finca con una caja de cerezas tempranas que no cultivaba él, pero que había recogido de un amigo para la merienda. Se quedó en un lateral, hablando con Álvaro y cortando fruta. Clara lo vio al levantar la mirada.

Seguía produciéndole una alegría física reconocerlo entre la gente.

No vivían juntos. Habían dejado de contar cuántas noches pasaban en cada casa, y algunos domingos desayunaban separados por el placer absurdo de echarse de menos durante una hora.

Hablaban de futuro sin tratarlo como una emergencia.

Gabriel preparaba una reforma en la parte trasera de su casa; Clara opinaba sobre las ventanas y se negaba a admitir que aquello pudiera significar algo. Ambos sabían que lo significaba.

Después del taller hubo lectura libre. Nora leyó el principio de una historia que había escrito sobre un pistacho que quería ser astronauta.

Leo corrigió dos datos científicos hasta que Clara le recordó que los pistachos tampoco hablaban.

Salma mostró un dibujo de la veterinaria de dragones, ahora con canas porque, explicó, «ha pasado mucho tiempo curando».

Yago firmó copias de su dibujo del monstruo de los billetes para quien quisiera una.

—Esto se te ha ido de las manos —dijo Irene, sirviendo limonada.

—Ese era el plan.

—Mientes fatal desde que dejaste la publicidad a tiempo completo.

—Sigo en activo.

—Entonces prepara una campaña para convencer a Tomás de que ponga bebida de avena.

Desde la barra portátil, Tomás respondió sin volverse:

—Ya tengo. Pero me niego a anunciarlo para que sigáis teniendo conversación.

Al mediodía, la plaza era una mezcla de dibujos secándose, sillas desordenadas y adultos intentando que los niños comieran algo que no fuera bizcocho.

Pili regaba las macetas del estudio con una botella, cuidando de no mojar los papeles.

Aurelio explicaba a un visitante que el olmo necesitaba más agua; Carmen, a su lado, negaba cada cálculo.

Mateo ajustaba el freno de una bicicleta mientras su joven propietario observaba con atención.

Clara llevó una bandeja vacía hacia La Parada. Un hombre de unos cincuenta años, cámara al cuello y mapa doblado en el bolsillo, la detuvo junto a la fuente.

—Perdona —dijo—. ¿Sabes si se puede visitar la iglesia ahora?

—Creo que abren a las cinco. Si tienes prisa, pregunta a Amalia en la tienda; guarda una llave para las visitas concertadas.

—Gracias. Hemos parado porque vimos el cartel del taller en la carretera. Es un pueblo muy bonito.

Clara sonrió.

—Sí.

El hombre miró la placa del estudio y luego la bandeja que ella llevaba.

—¿Tú eres de aquí?

La pregunta ya no la sorprendió. Aun así, Clara se tomó un instante.

Miró la plaza.

Vio la fuente, el olmo joven y la persiana azul completamente levantada.

Vio a Merce repartiendo el último bizcocho en porciones imposibles, a Elena rescatando un libro de unas manos pegajosas y a Lucía recogiendo papeles del suelo.

Vio a Irene discutir con Tomás, a Rosario sentada junto a Julián y a Nora mostrando su cuento a quien quisiera escucharlo.

Miró a Gabriel.

Él estaba al otro lado de las mesas, con la caja de cerezas apoyada en la cadera. No había oído la pregunta. Hablaba con Mateo y se reía de algo, ajeno al momento y, al mismo tiempo, dentro de todo lo que significaba.

Clara recordó una cena de verano, unas sillas en la calle y la voz de Carmen diciendo que la muchacha no tenía pueblo. Entonces había pedido más tortilla para ocultar una emoción que aún no sabía nombrar.

Volvió a mirar al visitante.

—No nací aquí. Pero este es mi pueblo.