19 Mentiras #3
—Con que tú eres Daniel? — Algo cambió en su expresión. —¿El de Gehena?
Daniel guardó silencio. No hacía falta responder. Richard soltó una risa incrédula antes de volverse hacia Ellie.
—Estás muerta, muchachita.
El miedo atravesó a Daniel con más fuerza que el puñetazo.
Recordó las piernas de Ellie. Las marcas.
El dolor que todavía sentía al caminar. Todo aquello por haber dejado quemar una comida.
Si Richard hubiera sido capaz de hacerle eso por un error tan insignificante, Daniel no necesitaba imaginar demasiado para comprender qué podía ocurrir en cuanto él saliera por aquella puerta. Richard avanzó hacia su hija.
Daniel se interpuso.
—Yo la engañé.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Ellie levantó la cabeza.
—¿Qué?
Daniel no la miró.
—Le dije que tenía un mensaje suyo para que me dejara entrar. Llevaba tiempo intentando cortejarla, pero ella no quería darme la oportunidad de acercarme. Así que mentí para entrar. Richard clavó los ojos en él.
—No pasó nada —añadió Daniel—. Se lo juro.
—Más te vale no haberle puesto un dedo encima. ¡Ella debe permanecer intacta durante los próximos tres años!
Daniel frunció el ceño.
—¿Por qué?
Richard miró el vestido desarreglado de Ellie y después las prendas esparcidas alrededor del sofá.
— Mi hija debe llegar intacta al altar cuando se case. Ya firmé su contrato de sangre!
Daniel dejó de respirar. Por un instante, la casa entera pareció quedar en silencio.
Ya no escuchó el televisor. Ni su propia respiración. Ni siquiera sintió el dolor del golpe.
Miró a Richard. Después a Ellie. Ella había palidecido.
—¿Qué dijo?
Richard respondió con desprecio:
—Está comprometida.
La palabra cayó entre los dos. Daniel miró a Ellie. Ella abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—¿Desde cuándo? preguntó atónito
—Desde hace varios meses —añadió Richard.
Varios meses. Daniel sintió que algo se hundía dentro de su pecho. No necesitaba una fecha exacta. Varios meses significaron antes de aquella tarde en la que una moneda negra había aparecido frente a él.
Antes de la primera vez que entraron juntos en la Sala del Destino. Antes de la primera moneda. Antes de que existiera un ellos. Ellie lo sabía desde el principio. Daniel la miró fijamente. No preguntó nada. No tuvo tiempo de hacerlo. Pero sus ojos sí formularon una pregunta.
¿Es verdad?
Ellie lo entendió. Durante un segundo quiso responder. Quiso explicarle el contrato, decirle que jamás había elegido aquel compromiso, recordarle la maleta que acababa de mencionar, hacerle comprender que minutos antes estaba dispuesta a abandonar aquella casa para construir una vida con él.
Pero Richard estaba allí. Y las palabras no llegaron.
Ellie bajó la mirada. Daniel sintió que algo dentro de él se quebraba.
Era verdad, todo cuanto había ocurrido durante los últimos meses atravesó su memoria de una manera desordenada y cruel.
Las monedas, Las noches esperándola, El campo de luciérnagas, La playa, El primer beso, La cabaña, Las promesas.
Ellie diciéndole, apenas unos minutos antes, que quería irse a vivir con él.
Y, escondida detrás de todo aquello, una verdad que nunca había considerado necesario contarle.
Richard rompió el silencio.
—¿Cómo demonios saliste de Gehena?
Daniel tardó unos segundos en comprender que le hablaba.
—No lo sé, señor. Crucé cuando era niño.
Su propia voz le pareció lejana.
—Entonces regresa. Quiero que te largues y espero no volver a verte.
Daniel bajó la mirada.
—Eso mismo haré.
—Si vuelvo a verte en Imisy, me aseguraré de que te encierren de por vida.
—Le prometo que no volverá a verme aquí, señor.
Ellie levantó la cabeza bruscamente.
—Daniel...
Richard le lanzó una mirada que consiguió silenciarla.
Daniel recogió sus pertenencias sin prestar verdadera atención a lo que hacía. Guardó el teléfono, tomó la mochila y se dirigió hacia la puerta.
No vio la camisa de cuadros.
Permanecía en el suelo, arrugada junto al sofá, exactamente donde Ellie se la había quitado minutos antes. Daniel se detuvo.
—Le pido disculpas si ofendí a su familia.
Richard no respondió. Daniel tragó saliva.
—Solo soy un hombre enamorado.
Ellie sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho. Él abrió la puerta. Podría haberse marchado sin volver a mirarla. Quizá habría sido más fácil. Pero no pudo. Daniel giró lentamente el rostro. Sus ojos verdes encontraron los azules de Ellie por última vez.
No había rabia en ellos. Eso fue lo peor. Había desconcierto. Decepción. Un dolor silencioso que parecía haber vaciado de golpe algo que hasta hacía unos minutos había estado lleno de planes.
Ellie quiso acercarse. Richard seguía entre ambos.
Quiso explicarle que la maleta estaba preparada.
Que la moneda seguía debajo de su almohada.
Que había elegido Gehena. Que lo había elegido a él.
Pero ninguna de aquellas verdades consiguió atravesar la distancia que de pronto se había abierto entre los dos.
—Adiós... —murmuró Daniel.
Y salió. La puerta se cerró.
Continuará…