RAZOR
CUATRO
El bar bullía de ruido aquel viernes. Lugareños, camioneros de paso, un grupo de universitarios que habían encontrado Angel's Rest en alguna aplicación de viajes por carretera y ocupaban dos mesas junto a la ventana.
Bree estaba detrás de la barra en una especie de caos controlado que hacía sonar la caja registradora.
Todo normal. La sala entera parecía normal.
Salvo por los dos hombres en la mesa del fondo, contra la pared.
Entré por la puerta del albergue y los vi de inmediato.
Parecían iguales a la mitad de los hombres de Forsaken.
Vaqueros, botas, chaquetas de tienda de suministros agrícolas.
Uno rondaba los cuarenta y tantos, corpulento, con el pelo ralo.
El otro era más joven, más delgado, del montón.
Podrían haber sido peones de rancho, camioneros o padres en un partido de béisbol infantil.
Ningún civil les habría echado un segundo vistazo.
Pero yo no era un civil, no en el verdadero sentido. Mi entrenamiento militar me había enseñado a detectar amenazas. Y estos dos encajaban en esa categoría.
Tenían cervezas delante que apenas habían tocado.
La espuma se había asentado, la condensación les corría por los lados, y parecía que ninguno había levantado el vaso en un buen rato.
Uno barría la sala con la mirada, de izquierda a derecha, casi metódico, como quien evalúa un espacio.
El otro no apartaba los ojos de la puerta por la que yo acababa de entrar.
La puerta del albergue. La que llevaba a la parte trasera del complejo, y por un pasillo, hasta una habitación donde una mujer esperaba sentada en una cama a que le dijera que todo iba bien.
Bree me cruzó la mirada desde detrás de la barra. Con eso bastó. Esos dos.
Quería acercarme. Cada músculo de mi cuerpo quería arrastrar una silla hasta esa mesa, sentarme sin invitación y dejar muy claro lo que le pasaría a cualquier hombre que entrara por esa puerta buscándola.
La imagen era vívida. Mis antebrazos sobre la mesa, las manos donde pudieran verlas, la conversación corta y definitiva.
Lo sentía en la mandíbula, en los puños, y la descarga me recorría la columna vertebral.
No lo hice. Porque acercarme les revelaría que sabíamos, y de momento, que ellos no lo supieran era la única ventaja que teníamos.
Me volví hacia Bree y bajé la voz. —¿Cuánto tiempo?
—Una hora, quizá. Entraron, se sentaron, pidieron cervezas, apenas las han tocado. El mayor lleva todo el rato observando la sala. El joven no ha apartado los ojos de esa puerta.
—Busca a Angel.
Me quedé en la barra. Los observé en el espejo detrás del estante superior; el ángulo me permitía ver su mesa sin girar la cabeza. Cada segundo que pasaba allí sentado sin acercarme a esa mesa me costaba algo, y lo pagaba porque la alternativa era peor.
Se marcharon solos veinte minutos después.
Se levantaron, se abrocharon las chaquetas, caminaron hacia la puerta.
Sin prisa. Habían visto lo que venían a ver.
Por la ventana vi salir una camioneta oscura, de esas que se confunden con cualquier camino de tierra en Montana.
Volverían a donde quiera que operase la organización, harían una llamada, y supuse que los próximos hombres que vinieran no estarían sentados en un bar fingiendo beber cerveza.
De pronto, Angel estaba detrás de mí. No lo había oído entrar.
—¿Te ha contado Bree lo que pasa? ¿Cuánto tardarías en averiguar a qué nos enfrentamos? —pregunté.
—Rook ya está en ello.
Asentí sin decir nada más. Tenía que contarle a Melissa lo que pasaba.
Llamé a su puerta. Estaba sentada en la cama, y su expresión decía que ya lo sabía.
—Había un par de tipos en el bar. Llevan una hora sentados ahí, vigilando la puerta del albergue, como si esperaran ver algo.
Su rostro cambió. Se le fue el color.
—Supongo que te buscan a ti —dije—. Llevas aquí cuatro días y están sentados en nuestro bar; te han encontrado muy rápido.
—La idea iba tomando forma mientras hablaba, las piezas encajando.
Cuatro días. Un rancho en las colinas. Una mujer que había huido a pie en la oscuridad.
No había forma de rastrear a alguien a pie por campo abierto de noche. ¿O sí?
—¿Dónde está tu bolsa?
—¿Mi bolsa?
—La que llevabas en la carretera aquella noche. ¿Dónde está?
—Está... está en el armario. —Empezó a preguntar por qué y la corté.
—Tráemela, Melissa. Por favor, es importante.
La encontró y me la trajo. El bolso de lona que me había dicho que había preparado para un fin de semana hacía dos meses.
Le di la vuelta, recorriendo las costuras con los dedos, las puntadas, el forro.
No sabía qué buscaba hasta que lo encontré.
Un relieve en el panel inferior. Algo pequeño y duro cosido en la tela con puntadas que no coincidían con el resto.
Rasgué el forro. Ella empezó a protestar y se detuvo en seco cuando levanté lo que había encontrado.
Un rastreador. Pequeño, negro, profesional. Cosido en el forro con puntadas ordenadas y cuidadosas que dejaban claro que aquello no era improvisado. Marcada. La habían marcado como medida de seguridad. Como quien etiqueta el inventario para encontrarlo si desaparece de la estantería.
Se quedó mirándolo. Observé su rostro y vi el momento en que lo comprendió.
Cada paso que había corrido en la oscuridad.
Cada noche en esta habitación creyéndose a salvo.
Cada mañana al despertar, convencida de que la distancia significaba algo.
Había sido un punto en la pantalla de alguien todo el tiempo. Ella los había traído aquí.
Dejé caer el rastreador al suelo y lo pisé.
Mi bota bajó con fuerza; el plástico crujió, la placa de circuito se astilló bajo mi talón.
Lo hice de nuevo, lo molí contra las tablas del suelo, lo retorcí, destruí cada fragmento.
Ya era inútil. Tenían las coordenadas. Ya habían estado en el bar.
Pero aquellos hombres la habían marcado como mercancía, y la rabia en mi sangre necesitaba salir por algún lado, así que lo aplasté hasta que no quedó más que polvo y cables incrustados en la madera.
Respiraba con dificultad. Me temblaban las manos.
Levanté la vista. Ella me miraba.
La rabia seguía allí. Me zumbaba en la sangre, me recorría las manos, llenaba la habitación con un voltaje que no tenía adónde ir.
El rastreador era plástico destrozado bajo mi bota.
Los hombres se habían ido, al menos por ahora.
Y aquella mujer estaba a un metro de mí, con la mandíbula apretada, los ojos fijos en los míos.
Deseo. Crudo, certero, dirigido directamente a mí.
Dio un paso adelante y me puso las manos en el pecho.
Las palmas planas contra mi camisa, los dedos abiertos sobre la tela. Temblaba, pero el gesto era firme. Una mujer a quien le habían arrebatado toda capacidad de elección, y ahora estaba eligiendo esto.
—Melissa.
—No te preocupes, sé exactamente lo que hago.
—Dime que estás segura.
No apartó la mirada.
—Estoy segura.
Le miré las manos sobre mi pecho. Le miré la cara.
Ojos oscuros, pelo oscuro, la mandíbula apretada de esa forma que estaba aprendiendo a reconocer: había tomado una decisión y el resto del mundo podía adaptarse o quitarse de en medio.
No era frágil. No hacía esto por miedo. Estaba furiosa y viva y me elegía a mí en ese momento, con el rastreador destrozado en el suelo entre nosotros, y esa elección lo era todo.
La besé. Con la mano en su nuca, su boca se abrió bajo la mía.
Agarró la pechera de mi camisa con los dos puños y tiró de mí hacia abajo, hacia ella, apretando su cuerpo contra el mío, su calor atravesando las capas de tela, y los cuatro días de contención, de distancia calculada, de manos con las palmas hacia arriba sobre las mesas, se vinieron abajo.
Me metió las manos bajo la camisa, las palmas planas contra el estómago, subiendo por las costillas, arrastrando el algodón pecho arriba.
Me la quité por la cabeza y al instante tenía sus dedos sobre la piel, recorriendo las líneas de tinta del pecho, los hombros, bajando por los brazos.
Su tacto era rápido, ávido, explorador, y me quedé quieto dejándola tomar lo que quisiera, porque había pasado dos meses viéndose despojada de todo y esto era suyo.
Me agarró el cinturón. Soltó la hebilla, sacó el cuero de las trabillas, lo dejó caer al suelo.
Me bajó la cremallera de los vaqueros y me los empujó por las caderas; me los quité de una patada.
Me miró y vi el deseo en su cara, crudo y real, y le puse las manos en el borde de la camisa y la miré y esperé hasta que asintió.
Le quité la camisa. Se llevó las manos a la espalda, se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Me observaba la cara mientras lo hacía, observando el efecto que su cuerpo tenía en mí, y en esa mirada había poder. Estaba reclamando algo. Estaba diciendo: «esto es mío y yo decido qué pasa con él».
Le puse las manos en la cintura. Tenía la piel cálida y suave, y sentí cómo se le tensaban los músculos del vientre bajo mis palmas.
Le deslicé las manos por los costados, sobre las costillas, y le cubrí los pechos con las manos.
Inspiró bruscamente, arqueando la espalda, apretándose contra mis manos.
Le pasé los pulgares por los pezones y emitió un sonido que me atravesó como una corriente: grave, ronco, hambriento.