La misericordia de Razor (MC Forsaken Angels nº 7) MELISSA
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MELISSA

TRES

El complejo tenía su propio ritmo, y lo aprendí sin querer. Cuando me tuvieron retenida en el rancho, cada sonido importaba.

La mañana empezaba con el taller. Forsaken Iron Works abría a las siete, y el sonido llegaba hasta el aparcamiento y atravesaba las paredes del albergue.

Amoladoras, compresores, el estruendo del metal contra metal, música que salía de un altavoz que alguien había puesto en una ventana.

A las ocho, el café de la cocina del albergue iba ya por la tercera cafetera y los hermanos se movían por la sala en una rotación que empezaba a reconocer.

Duke primero, siempre hablando, siempre en movimiento, preguntándome si quería huevos como si mi desayuno le importara de verdad.

Doc después, un café y un gesto con la cabeza y una mirada que me evaluaba sin que lo pareciera. Había sido sanitario, por lo visto.

Bree llevaba Angel's Rest, el bar de la entrada del complejo.

La mayoría de las tardes pasaba por la puerta que conectaba el bar con el albergue, casi siempre con algo en las manos.

Un sándwich que yo no había pedido. Una sudadera de la caja de objetos perdidos que más o menos era de mi talla.

No montaba ningún número. Lo dejaba en la encimera, comentaba algo sobre el tiempo o la máquina de hielo estropeada del bar, y se marchaba.

Como cuando le das un paraguas a alguien en plena tormenta. Toma, coge esto. Sin dramas.

Y luego estaba Razor.

Estaba allí por las mañanas cuando yo salía de mi habitación, sentado a la mesa de la cocina con un café o apoyado en el marco de la puerta del taller charlando con quien estuviera trabajando.

Estaba allí por las tardes cuando el ruido del taller se apagaba y el complejo se amodorraba bajo el sol.

Estaba allí por las noches cuando Angel's Rest abría y el sonido del bar se colaba por las paredes.

No me rondaba. No me seguía de habitación en habitación ni venía a ver cómo estaba cada hora.

Simplemente estaba allí, ocupando los mismos espacios que yo, y sin ningún propósito aparente.

Seguía esperando a que el patrón se revelara.

Tyler había sido así. Atento, presente, siempre apareciendo en el momento justo.

Tardé tres meses en entender que la atención era una herramienta, que cada gesto amable era un ladrillo en un muro que se iba levantando a mi alrededor.

Así que observaba a Razor como observaba todo ahora, buscando las costuras, las señales, el momento en que la máscara cayera y asomara lo que había debajo.

Pero la máscara nunca caía, y empezaba a preguntarme si acaso no había ninguna.

El cuarto día, Duke entró en la cocina del albergue con un corte en la palma de la mano que no paraba de sangrar.

Se apretaba un trapo del taller contra la herida mientras contaba una historia sobre un piñón y una llave inglesa y su propia estupidez, una historia que yo solo seguía a medias porque el trapo estaba empapado y la sangre goteaba al suelo.

—Déjame verlo —dije.

Dejó de hablar y me miró.

—Fui estudiante de enfermería. Déjame verlo.

Miró a Doc, que estaba apoyado en la encimera con su café. Doc echó un vistazo a la mano, me miró a mí y se encogió de hombros.

—Se está ofreciendo. Yo que tú lo aceptaba. Ella no te va a soltar el sermón de la seguridad en el taller mientras te cura.

—Me soltaste ese sermón una vez —dijo Duke.

—Fueron cuatro veces, esto es culpa tuya, joder.

Duke se sentó a la mesa y me tendió la mano. Retiré el trapo y examiné el corte. Bastante profundo para necesitar cerrarlo, bastante superficial para no necesitar hospital. Los bordes estaban limpios, lo cual era una suerte, porque si hubiera necesitado puntos habría tenido que improvisar.

—¿Botiquín?

—Baño, estante de arriba —dijo Duke.

Me lavé las manos, encontré el botiquín y me senté frente a él. Mis manos estaban firmes. Siempre lo habían estado cuando trabajaba, incluso en las prácticas clínicas, cuando estaba muerta de miedo. El resto del mundo podía estar ardiendo y mis manos aguantarían.

Duke volvió a contar la historia de la herida. Un piñón, una llave inglesa, un momento de despiste, culpa suya enteramente pero contada como si fuera una venganza personal de la llave inglesa contra él. Estaba animado, gesticulaba con la mano libre, sonreía todo el rato.

Entonces irrigué el corte.

Siseó entre dientes y todo su cuerpo se sacudió hacia un lado. La sonrisa desapareció. Lo miré. Era el doble de grande que yo y tenía los brazos cubiertos de cicatrices, y acababa de apartarse de una solución salina como si le hubiera clavado un tenedor.

—Estás de broma —dije.

—Escuece.

—Es agua con sal.

—Escuece mucho.

Miré a Doc, que tenía la mano tapándose la boca. Volví a mirar a Duke.

—Tengo que hacer el otro lado. ¿Vas a volver a hacer ese ruido, o puedo contar contigo para que seas un soldadito valiente y aguantes el tipo?

Razor se rio. No lo había visto entrar, pero estaba en el umbral del pasillo, con el hombro apoyado en el marco, café en mano, y la risa le brotó franca y sorprendida. Duke le lanzó una mirada que solo empeoró las cosas.

—Es mucho más borde que Doc —le dijo Duke a Razor.

—Llevo treinta segundos con esto —dije—. Dame tiempo.

Doc tuvo que darse la vuelta para que Duke no lo viera reírse. Razor ni se molestó en disimular. La risa le transformó la cara, y cuando nuestras miradas se cruzaron algo pasó entre nosotros. Rápido y cálido.

Terminé de poner las tiras de aproximación, le vendé la mano a Duke, le dije que la mantuviera limpia, que la mantuviera seca, que viniera a buscarme si se le ponía roja o caliente.

—Sí, señora —dijo Duke, y volvió al taller con la mano vendada como si fuera un trofeo y la dignidad abandonada en algún rincón del suelo de la cocina.

La sensación de seguridad era algo que había conocido antes, con Tyler, en mi apartamento con Profesor y mis libros de texto y mi horario en la nevera, y había sido desmantelada con tanto cuidado que ni siquiera me di cuenta de que estaba pasando hasta que aquella puerta se cerró a mi espalda.

Ahora, buscar esa seguridad era como meter la mano en un agujero sin saber qué había en el fondo. El instinto de apartarme era físico.

Pero el complejo me lo estaba poniendo difícil.

La rutina, el ruido, el café, los hermanos que iban y venían con una normalidad que tiraba de ti como la gravedad.

Bree, que dejaba sándwiches en la encimera.

La mirada evaluadora de Doc. Las historias horribles de Duke.

Y Razor, siempre en la habitación, siempre a la distancia justa.

Bien entrada la noche, no podía dormir. El complejo estaba en calma, el taller a oscuras, el bar cerrado. Solo el sonido del viento en los pinos. Un silencio embriagador.

Me levanté y salí al porche.

Estaba allí. Sentado en el banco con las piernas estiradas, la cabeza apoyada contra la pared. Me miró cuando se abrió la puerta y no dijo nada. Solo se hizo a un lado para dejarme sitio.

Me senté. Aire frío, cielo inmenso. Los pinos olían a limpio, a auténtico. Respiré hondo porque dos meses de ventanas tapiadas me habían hecho olvidar lo bien que olía el exterior.

Nos quedamos allí sentados un rato. El silencio pesaba, pero era un peso reconfortante.

—Tus manos —dije al fin.

Las miró. Las giró en su regazo, con las palmas hacia arriba, como si las viera por primera vez.

—¿Qué les pasa?

—Los nudillos. ¿Qué te pasó?

No respondió enseguida. Luego, con el mismo tono, como si me hablara del tiempo:

—Peleas en jaula. Después de que me licenciaran. Dos años en circuitos a puño limpio.

Le miré las manos. Los nudillos eran un paisaje de daño antiguo, hueso que se había roto, sanado y vuelto a romper, crestas y valles donde la piel se había partido y cicatrizado.

Tenía los dedos gruesos, romos, manos de alguien que las había castigado durante mucho tiempo.

Descansaban sobre sus muslos, abiertas, relajadas.

—¿Te ayudó?

Se lo pensó.

—Probablemente no. Aunque en su momento me parecía que sí.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo cosas mejores que hacer.

Extendí la mano. Despacio, porque quería que lo viera venir.

Mis dedos encontraron sus nudillos y recorrí el daño.

El terreno áspero del tejido cicatricial y las fracturas antiguas, el calor de su piel debajo, el hueso duro más abajo.

Se quedó completamente inmóvil. El banco no crujió.

No le oía respirar. Cada músculo de su cuerpo estaba en tensión, todo él paralizado, porque lo estaba tocando y se había quedado quieto para no hacer nada que pudiera apartarme.

Este hombre que ardía, que vibraba de energía incluso sentado en un banco, tenso como un muelle desde la primera noche en la carretera. Se estaba quedando quieto por mí. El esfuerzo se veía en sus hombros, en su mandíbula, en los tendones de sus antebrazos. El precio que pagaba, también.

Recorrí una cresta más, la peor, una fractura que debió de ser grave porque el hueso de debajo estaba abultado y deforme. Luego retiré la mano y nos quedamos allí sentados en el frío. Lo que crecía entre nosotros era real, aterrador e imposible de ignorar.

La puerta a nuestra espalda se abrió.

Era Bree. Entró deprisa, con el rostro tenso, y fue directa hacia Razor. Se inclinó y le dijo algo en voz baja y apresurada que no pude oír a un metro de distancia.

Todo en él cambió. La quietud se hizo añicos. Cuadró los hombros, apretó la mandíbula, y su energía pasó del reposo a algo urgente y concentrado. Ya estaba de pie antes de que Bree terminara de hablar.

Me miró. Su rostro era otro, distinto del hombre que había estado sentado en el banco treinta segundos antes.

—Ve a tu habitación. Necesito comprobar algo. No te preocupes, probablemente no sea nada.

No esperó a que respondiera. Atravesó la puerta y desapareció. Bree me miró un instante antes de seguirlo. El porche quedó vacío, el frío lo invadía todo, y yo me quedé sentada en el banco, sola.

Fui a mi habitación y el pánico empezó a apoderarse de mí. ¿Tenía que ver conmigo lo que Bree necesitaba de Razor? Me senté en el borde de la cama y las manos empezaron a temblarme.

No era «nada». Lo supe por cómo sonó, por el tono de su voz, por la velocidad con que atravesó esa puerta. Lo que Bree le hubiera dicho había convertido al hombre del banco en otra cosa: un protector.

La seguridad que había empezado a sentir se agrietó. Me quedé en mi habitación, escuché cómo el complejo se sumía en la oscuridad y esperé.