La misericordia de Razor (MC Forsaken Angels nº 7) MELISSA #2
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MELISSA #2

Campo abierto en todas direcciones, colinas, hierba, formas oscuras que podían ser árboles o vallas o nada en absoluto.

Ninguna carretera visible. Ninguna luz salvo las que quedaban a mi espalda, empequeñeciéndose con cada zancada.

Mis pies pisaron piedras, palos, algo afilado que me abrió la piel del arco del pie y me lanzó una punzada de dolor pierna arriba.

Pero seguí corriendo. El dolor significaba que aún me movía, y moverme bastaba.

Corrí hasta que me ardieron los pulmones y luego seguí corriendo porque unos pulmones ardiendo no eran razón suficiente para arriesgarme a parar.

Corrí hasta que las luces del rancho desaparecieron tras una cresta, la oscuridad total, nada salvo mi respiración agitada, el viento y el silencio de Montana de noche.

Encontré una carretera.

Grava, luego asfalto. Una carretera de dos carriles que atravesaba las colinas sin marcas, sin farolas, sin indicación de qué dirección llevaba a algún sitio. Elegí la derecha porque bajaba ligeramente y bajar significaba un valle y los valles solían significar pueblos.

Caminé. Cojeando ya, el pie derecho sangrándome sobre la grava, la bolsa al hombro con su botella de agua y su barrita de cereales y lo que fuera que hubiera dentro y que no había mirado porque mirar me habría costado un tiempo que no tenía.

La carretera estaba vacía. Ni un faro en ninguna dirección.

Caminé lo que me parecieron horas, aunque en realidad quizá fueron solo veinte minutos.

El tiempo dejaba de funcionar con normalidad cuando ibas descalza y sangrando por una carretera a oscuras.

Cada sonido podía ser una camioneta que venía por detrás con hombres que me devolverían a aquel rancho.

Entonces oí un sonido. Un motor, pero no de camioneta. Más alto, más agudo. Un solo faro que aparecía tras una curva delante de mí, cada vez más brillante contra el asfalto.

Una moto.

Todos los instintos que me quedaban se partieron en dos.

Una parte de mí quería lanzarme a la hierba seca del arcén y quedarme tumbada hasta que pasara, porque un hombre en una moto en esta carretera a estas horas podía ser cualquiera, podía tener relación con el rancho, podía ser el tipo de hombre que encuentra a una mujer sangrando en una carretera y ve una oportunidad.

La otra parte de mí entendía que estaba descalza y sangrando a trece kilómetros de ninguna parte en plena oscuridad, y que la temperatura estaba bajando.

Si en el rancho ya habían notado que me había ido, habría hombres en camionetas recorriendo estas carreteras ahora mismo en mi busca, y quedarme aquí sola era una sentencia de muerte en sí.

Me quedé en la carretera. Levanté las manos. Decidí hacerme visible porque la alternativa era la oscuridad, y la oscuridad era donde vivía el rancho, y yo había acabado con la oscuridad.

La moto redujo la velocidad. El faro me bañó, y durante tres segundos quedé clavada en él, una mujer de pie al borde de la carretera con sangre en los pies y una bolsa de lona colgando de un hombro. Ni siquiera quería pensar en qué aspecto tendría en ese momento.

El motor bajó a ralentí. El motorista apoyó una bota en el suelo.

Grande. Tatuado. Brazos como excavadoras, manos aferradas al manillar con nudillos que parecían haberse roto más de una vez.

Llevaba un chaleco de cuero sobre una camiseta oscura, y aun bajo el resplandor del faro pude leer los parches.

Un club de moteros, Los Ángeles Abandonados.

¿Era este el tipo de hombre del que me habían advertido todos los instructores de defensa personal?

Él me miró y yo le devolví la mirada.

Y casi eché a correr. Mis piernas lo supieron antes que mi cerebro, porque el último hombre que había parecido seguro me había llevado a un rancho en las colinas y me había encerrado en una habitación y todo lo que creía saber sobre calar a la gente había resultado estar equivocado.

Mi propio juicio era el arma que él había usado contra mí.

Había elegido a Tyler y Tyler había destruido mi vida, y la idea de volver a elegir, de volver a confiar, de ponerme en manos de un desconocido que parecía la violencia hecha cuerpo y moto, me revolvió el estómago con tanta fuerza que casi me doblé en dos.

Pero la carretera a mi espalda llevaba al rancho. Y la carretera ante mí no llevaba a ningún sitio al que pudiera llegar con los pies sangrando antes del amanecer. Y este hombre estaba aquí, ahora mismo, con el motor al ralentí, mirándome con una expresión que no podía descifrar en la oscuridad.

—Por favor.

Mi voz salió destrozada. Temblorosa, quebrada, la voz de una mujer que había estado aguantando el tipo a duras penas y acababa de quedarse sin nada a lo que aferrarse.

—Por favor, necesito ayuda. Van a venir a buscarme. No puedo volver. Por favor.

No respondió de inmediato. Sus ojos me recorrieron.

Estaba haciendo inventario. Mis pies primero, descalzos y ensangrentados sobre el asfalto.

Luego mis brazos, donde los moratones que Tyler había dejado asomaban bajo las mangas de mi camiseta.

Mi cara, lo que pudiera ver de ella en el halo del faro.

La bolsa en mi hombro. Cómo temblaba, temblores que me sacudían entera y que no podía controlar y había dejado de intentar controlar.

Vi cómo sus manos se apretaban en el manillar. Su mandíbula se tensó, algo que se movía tras los dientes, y aun desde dos metros de distancia percibí un cambio. Fuera lo que fuera cuando se detuvo, ahora era otra cosa.

No preguntó quiénes eran. No preguntó de dónde venía. No preguntó por qué estaba descalza y llorando en una carretera a esas horas de la noche.

Pasó la pierna por encima del asiento y se puso de pie. Era más alto de lo que había esperado, más ancho, un hombre que ocupaba espacio con solo existir. Se quitó la chaqueta que llevaba bajo el chaleco y me la tendió.

—Ponte esto.

La cogí. Me temblaban tanto las manos que no atinaba con las mangas, y él esperó mientras yo forcejeaba con ellas, manteniendo un metro de distancia entre nosotros porque parecía entender que no darme espacio ahora sería un error.

Al final conseguí meter los brazos, la chaqueta pesada y cálida, y me llegaba más abajo de los muslos y las mangas me cubrían las manos y por un segundo me quedé allí envuelta en ella, respirando.

Volvió a subirse a la moto. Miró por encima del hombro.

—Sube.

Me quedé mirando la espalda de su chaleco.

Los parches, el nombre del club, la insignia que no reconocía.

Pensé en Tyler, que había tenido ojos amables y una risa cálida y me había llevado a una habitación con la ventana tapiada y un colchón en el suelo.

Pensé en lo equivocada que había estado con un hombre que había parecido seguro.

Este hombre no parecía seguro. Nada en él lo parecía.

Era el tipo de persona de la que te cruzas de acera para no encontrártela.

Y estaba sentado en una moto en medio de la nada, ofreciéndome llevarme a un lugar donde nunca había estado, mientras todo lo racional en mí gritaba que así era precisamente como me había metido en líos.

Pero Tyler había parecido seguro. Tyler había parecido todo lo que una mujer supuestamente debería querer. Y Tyler había sido el hombre más peligroso que había conocido en mi vida.

Quizá las cuentas no salían como me habían enseñado. Quizá el peligro que podías ver era menos peligroso que el que no.

Me subí. Puse las manos en sus costados porque no sabía dónde más ponerlas. Mis dedos se aferraron a la tela de su camisa. Bajo mis palmas, su calor, músculo sólido y hueso. La moto arrancó y el camino a mi espalda empezó a menguar.

No sabía su nombre. No sabía adónde me llevaba. No sabía si el cálculo que acababa de hacer era la mejor decisión de mi vida o la peor de todas.

Pero lo que sí sabía era que el viento me daba en la cara y el rancho quedaba más lejos a cada segundo, y con eso bastaba. Por ahora, sentada detrás de un desconocido en su moto, con sangre secándose en mis pies y la chaqueta de otro sobre los hombros, con eso bastaba.