La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

—No puedo creer que me estés arrastrando a esto.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo mientras Cinder sostenía un vestido rojo de encaje contra mi pecho. Mis dedos recorrieron la tela suave y delicada. El diseño era tan fino y elegante que parecía imposible que algo así existiera en el mundo humano.

—Luna, hemos sobrevivido a nuestro primer semestre en la Academia Darkhen y hemos aprobado todos los exámenes. ¡Sin duda nos merecemos una noche libre para celebrarlo!

Hice una mueca. Apenas había logrado pasar los exámenes después del desastre con el demonio abacor…

y eso sin contar las veces que casi mato a Cinder o me mato yo sola intentando controlar mi magia y lidiar con aquel maldito unipeg.

Pero era imposible resistirse al entusiasmo de mi compañera de cuarto.

—¿No podríamos quedarnos en la residencia y ver una película o algo así?

—Ni loca —Cinder se negó rotundamente—. Los bailes de fin de semestre en Darkhen son legendarios. No pienso perderme el primero.

Gruñí mientras me apartaba unos mechones de pelo rubio de la cara.

—Este vestido te va a quedar perfecto. Ahora ve a probártelo.

Me tiró el vestido a los brazos y me empujó hacia el baño.

Después de una semana entera de exámenes agotadores y ataques demoníacos, lo último que quería era arreglarme para un baile. Aunque aquella prenda fuera lo más precioso que hubiera visto en mi vida.

Me lo puse por la cabeza y la tela se ajustó inmediatamente a mi cuerpo, abrazando cada curva como si hubiera sido hecho específicamente para mí.

El encaje suave rozaba mi piel y el escote corazón dejaba ver apenas lo suficiente sin llegar a ser demasiado.

Bajé la mirada hacia la marca grabada en mi pecho: el rojo intenso del símbolo casi combinaba con el tono rubí del vestido.

Por suerte, los demonios me estaban dando un respiro esta última semana. Casi parecía que entendían que los exámenes ya habían sido suficiente tortura y simplemente estaban siendo respetuosos con mi tiempo libre, o algo así.

—¿Vas a salir o qué? —la voz de Cinder se coló por la puerta entreabierta.

Asomé la cabeza y ella me animó a salir.

—¡Vamos a ver! —dijo, a lo que me atreví a salir— ¡Estás increíble! —exclamó mientras aplaudía y saltaba de puntillas, contentísima.

—Tú también.

El vestido verde esmeralda de Cinder se ajustaba perfectamente a su cuerpo y hacía que sus piernas parecieran interminables.

—Raf va a perder totalmente su cabeza angelical cuando te vea así.

Sus mejillas se pusieron rojas al instante. Combinaban con el rosa intenso de sus labios.

—Bah, da igual —dijo. Me entregó un par de zapatos de tacón de aguja color rubí y sonrió con aire burlón—. Si alguien va a tener a los chicos boquiabiertos esta noche, esa serás tú. El rojo definitivamente es tu color.

—¡Ja! Como si algún chico fuera a acercarse teniendo a Ryder pegado a mí las veinticuatro horas del día.

Mi guardaespaldas demoníaco prácticamente no me había dejado respirar en toda la semana y estaba prácticamente segura de que en ese momento rondaba afuera de la habitación. A todo esto, Cinder arqueó una ceja divertida.

—¿Y eso es algo malo? —dijo, y me guiñó un ojo mientras se ataba los tacones— No me importa lo que digas, ese chico te desea totalmente. La forma en que te mira… —se calló un momento, como estremecida— ¡es tan sexi!

Negué con la cabeza, pasando los dedos por mi larga melena.

—Lástima que nunca vaya a pasar nada.

—Eso ya lo veremos.

Cinder desapareció en el baño y regresó un minuto después con un neceser en una mano y un rizador en la otra.

—Ahora vamos a fingir que soy una de tus estilistas de Hitched y que te voy a poner guapísima para la cámara.

Dos golpes secos en la puerta hicieron que mi corazón se acelerara.

Y es que para mí eso de manejar a los demonios era una cosa muy distinta a la idea de un baile, lo cual me tenía retorcida de los nervios.

Tras echar un último vistazo al espejo, me aparté de la impresionante desconocida que me devolvía la mirada.

Cinder había hecho magia con mi cabello y maquillaje.

Mis ondas rubias caían sobre mis hombros desnudos y el delineado azul oscuro hacía que mis ojos resaltaran.

No era Kimmie-Jayne en la tele, pero tampoco estaba nada mal.

—¡Yo abro!

Cinder salió disparada del baño y cruzó la habitación hacia la puerta.

Cuando la abrió, vi que Ash y Raf ya estaban ahí esperándonos, ambos vestidos con trajes oscuros impecables. ¡Uf, qué guapos estaban!

—Vaya, estáis impecables —dije mientras caminaba hacia ellos.

—Tú también —tartamudeó Ash, con sus ojos esmeralda brillando intensamente mientras recorrían mi vestido rojo.

—Pensamos que podríamos acompañaros al baile —dijo Raf, aunque claramente estaba más concentrado viendo a Cinder que hablando conmigo.

—No será necesario, caballeros.

La imponente sombra de Ryder apareció detrás de ellos y, de repente, la belleza de los dos chicos no era comparable a la del demonio rebelde y su esmoquin negro, tan ajustado que marcaba cada línea de su torso y sus hombros anchos. Si normalmente Ryder ya era atractivo, vestido así era letal.

Todo el aire abandonó mis pulmones. En serio, ¿cómo podía existir alguien tan guapo?

Sus ojos oscuros recorrieron lentamente mi cuerpo, dejando una estela de calor detrás de cada mirada. Tuve que apretar los puños para no moverme bajo esa intensidad. Cuando finalmente levanté la vista y encontré sus ojos, pequeñas chispas parecieron encenderse en aquellas profundidades negras.

Ryder tensó la mandíbula y se abrió paso entre los chicos. Me ofreció el brazo.

—Estás radiante, fierecilla júnior —me susurró al oído.

Un escalofrío me recorrió los brazos desnudos.

—¿Vamos?

La voz de Raf me sacó del hechizo de Ryder, y levanté la vista hacia mi compañera de piso, que estaba colgada del brazo de Ash y del nefilim.

—¡Sí, vámonos! —exclamó emocionada.

Ellos avanzaron delante de nosotros mientras yo caminaba junto a Ryder, aferrada a su brazo. Su aroma a sándalo me envolvía por completo. Respirar cerca de él era peligroso, como si cada inhalación me hundiera un poco más.

El silencio entre nosotros se mantuvo hasta que nos acercamos al gimnasio. La música vibraba a través de los pasillos y el sonido de las voces y las risas era cada vez más fuerte. Cinder corrió emocionada y nosotros la seguimos al baile.

—Me pregunto cuál será la temática esta vez —dijo mi mejor amiga, girando la cabeza hacia mí—. Cambia cada semestre, y he oído que traen a los decoradores reales de la Corte de Invierno. ¡Estoy que me muero por verla!

Cuando se abrieron las puertas dobles, me quedé boquiabierta.

El gimnasio había desaparecido: las gradas, las paredes blancas y desnudas y el suelo de parqué claro ya no se veían por ninguna parte.

En su lugar, frente a nosotros se extendía un jardín gigantesco lleno de rosas.

Unos enrejados blancos se elevaban hasta el techo abovedado, cubiertos de flores de todos los colores imaginables.

El aroma dulce de las rosas nos envolvió apenas cruzamos la entrada y mis tacones se hundieron en la hierba bajo mis pies. Alcé la vista, maravillada.

Era precioso. Unos senderos verdes serpenteaban entre mesas redondas cubiertas con manteles blancos impecables y vajilla dorada. Sobre cada plato descansaban pétalos de rosa, y en el centro de cada mesa descansaban enormes candelabros cuyas llamas titilaban suavemente.

—Guau, esto es increíble —murmuré.

Seguimos avanzando hacia la glorieta blanca en el centro del salón, donde cientos de estudiantes bailaban bajo luces doradas. Unas rosas color rosa pálido cubrían toda la estructura y largas enredaderas colgaban desde arriba, iluminadas por miles de pequeñas luces cálidas. Parecía un sueño.

Estaba tan distraída con las vistas que no había notado la intensa mirada de Ryder clavada en mí. Me giré hacia él y sus ojos se clavaron en los míos. Una media sonrisa se dibujó en sus labios. Reflejaba algo difícil de descifrar.

Cuando el pesado silencio entre nosotros se volvió insoportable, dejé que se me escapara la primera tontería que se me pasó por la cabeza.

—Me siento como si acabara de poner un pie en el plató de Hitched .

Se rio, y el suave sonido retumbó en su pecho. Echó un vistazo a su alrededor y esbozó una sonrisa burlona.

—Supongo que sí se parece. Los productores hacían fiestas exageradas.

—¿Lo echas de menos? —pregunté, con la voz rota—¿La echas de menos?

No sé qué me llevó a hacer una pregunta tan cargada de significado. Eché la culpa a las fragancias embriagadoras que flotaban en el aire; quién sabe qué tipo de efecto alucinógeno tenían las flores exóticas en una simple humana.

Sus ojos se abrieron bien grandes y no habló durante un largo minuto. Justo cuando pensé que no iba a responder, tensó la mandíbula.

—No era real. Bueno… no completamente. Un programa como ese te mete en una burbuja.

Todo es intenso, dramático, perfecto a propósito.

No es la vida real —dijo Ryder, y luego hizo una pausa breve—.

No me malinterpretes. Lo pasé bien. Conocer a los chicos y a Kimmie-Jayne cambió muchas cosas para mí.

Ella me hacía querer ser mejor. Creo que sí la quise, o al menos fue lo más cerca que he estado de amar a alguien.

¿La echo de menos? Claro. Pero yo no era lo que ella necesitaba.

Y la verdad, tampoco creo que estuviera listo para ser lo correcto en ese momento.

Ryder apretó los labios y fijó la mirada en la pista de baile.

Exhalé lentamente el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo. Otra confesión totalmente inesperada.

Antes de que pudiera pensar qué responder, un brazo se enlazó con el mío.

—Ven a bailar conmigo, Luna.

—La gran sonrisa de Ash apareció a mi lado.

Ryder se irritó y apretó mi otro brazo durante una fracción de segundo.

—Te prometo que no voy a sacarla de tu vista —le dijo Ash con una pequeña risa—. Créeme, no pienso enfrentarme a otro demonio yo solo.

La tensión en los hombros de Ryder se relajó apenas y terminó soltándome.

—Te estaré vigilando, chico dragón.

Ash saludó a nuestro mentor con una risita.

—Sí, señor.

Me arrastró hacia la pista de baile, pero incluso mientras me alejaba seguía sintiendo la mirada de Ryder clavada en mí.