Capítulo 16
Los bajos de la música retumbaban por todo el séptimo piso.
El ala feérica. Seguí de cerca a Cinder mientras intentaba bajarme discretamente la falda de cuero.
Con cada paso subía un poco más. Debería haber sabido que dejar que Cinder eligiera mi ropa era una pésima idea.
Que nos invitaran a una fiesta de los seres feéricos era algo muy importante y, según ella, era necesario que estuviéramos a la altura.
Era mi única falda de fiesta. Me la había puesto una noche en Brooklyn para ir a una discoteca con Jay, y me había dado tanto miedo mancharla que no me atreví a beber ni a moverme. Me la había comprado después de todo un verano trabajando en el Dunkin’ Donuts.
Y ahora, ahí estaba yo, yendo a mi primera fiesta sobrenatural en la residencia. La cosa pintaba a «desastre» sin duda.
El pasillo daba a una gran zona común que era aproximadamente el doble de grande que la del piso de los dragones: dos enormes televisores de pantalla plana presidían cada extremo del espacio, con lujosos sofás de cuero alineados en el centro.
Había oído que los seres feéricos recibían un trato preferencial, pero era la primera vez que lo veía con mis propios ojos.
En una esquina se había montado una amplia barra, y reconocí al ser feérico de pelo oscuro que trabajaba de camarero porque iba a mi clase de Pociones y Venenos.
Desde que había llegado a Darkhen había estado tan centrada en no suspender miserablemente todas las asignaturas que ni siquiera me había parado a pensar en un detalle importantísimo: en Azar no existía edad mínima para beber.
Tenía pensado brindar por eso. Porque dudaba mucho que sobreviviera a una fiesta llena de feéricos sin algo de alcohol en el organismo.
Pasamos bajo una enorme pancarta azul hielo colgada sobre el arco principal. El emblema feérico decoraba las esquinas y, en mitad de la tela, unas letras enormes proclamaban: «Campeones».
Uf. Puse los ojos en blanco mientras seguía a Cinder, Alissa y Maxi hacia el sofá libre más cercano.
Cientos de estrellas centelleantes colgaban de las vigas oscuras, bañando la espaciosa sala con una luz suave y brillante.
Las contemplé mientras nos sentábamos, atraída por su luz resplandeciente.
Mis ojos se abrieron de par en par al fijarme en un detalle muy específico.
¿ Qué ? Aquello no eran simplemente luces.
Eran criaturas diminutas. Docenas. No… cientos.
Pequeños duendes alados revoloteaban por toda la sala con alas iridiscentes.
—Genial, ¿no? —dijo Drake, que apareció acompañado de Ash, Raf y Triston.
Allisa y Maxi se quedaron literalmente embobadas.
Las dos tenían los ojos clavados en Los Siete mientras los recorrían de arriba abajo sin el más mínimo disimulo.
Y, sinceramente, las entendía. Sin los uniformes de Darkhen y vestidos con vaqueros oscuros y camisetas ajustadas, daban todavía más miedo.
Y también eran muchísimo más atractivos.
Sobre todo juntos. Había algo en ellos… una especie de energía oscura que parecía extenderse por toda la sala.
Como si el ambiente entero tuviera que adaptarse automáticamente a su presencia.
Nunca lo había notado tan fuerte. Quizá porque estaban todos reunidos.
O porque mi magia empezaba a despertar y captaba mejor la energía sobrenatural de los demás.
—Oh, sí —dijo Maxi.
—Es genial —añadió Alissa.
—Entonces, ¿son como tus sirvientes feéricos o algo así? —pregunté. Incliné la cabeza hacia el techo. Había oído que la realeza feérica y los altos señores y las altas señoras trataban al resto de los habitantes del reino inferior como basura.
Cinder me dio un codazo en el estómago, pero no me eché atrás y mantuve la mirada fija en el príncipe de hielo.
Había visto suficiente de Hitched como para saber perfectamente cómo funcionaban muchas cosas en las cortes feéricas.
La realeza y los altos nobles no solían destacar por tratar bien a las clases inferiores.
—No exactamente —gruñó Drake—. Los duendecillos son más bien como personal contratado.
Se produjo un momento de silencio sepulcral y sentía las miradas asesinas de mis amigas clavadas en la cara.
Ellas estaban encantadas de haber sido invitadas a la fiesta del siglo y yo parecía empeñada en empezar una guerra con los feéricos.
¿Por qué estaba tan borde? Quizá Cinder tenía razón y seguía picada por la carrera.
Abrí la boca para decir algo ingenioso, pero Ash me interrumpió.
—¿Alguien quiere beber algo? Porque yo necesito una copa urgentemente —preguntó. Se pasó la mano por el pelo rubio oscuro y sus ojos verdes se iluminaron. Mi favorito de Los Siete.
—Yo voy contigo, primo —dijo Cinder. Maxi y Alissa prácticamente saltaron justo detrás de ella. Antes de irse, Cinder se giró hacia mí y me dijo:
—Pórtate bien, Luna.
Me encogí de hombros.
—No puedo prometer nada.
Raf y Triston siguieron a las chicas y me dejaron sola con el impredecible de Drake. Nunca sabía qué esperar de él. Un día actuaba como si mi mera existencia le ofendiera personalmente y al siguiente mantenía conversaciones medio normales conmigo o me invitaba a fiestas absurdamente exclusivas.
Se dejó caer en el sofá a mi lado, bebiendo a sorbos de una copa elegante. Me llamó la atención el líquido de color lavanda intenso que brillaba a través del cristal. Aquello no tenía nada que ver con los vasos de plástico y las bebidas sospechosas de las fiestas universitarias de Brooklyn.
—¿Qué es eso, por cierto? —pregunté.
Un aroma floral flotaba en el aire.
—Vino feérico —contestó Drake, con picardía—. ¿Quieres probarlo?
Un montón de historias absurdas sobre no comer ni beber nada relacionado con las hadas me cruzaron la cabeza de golpe. Pero ¿cuánto de eso era real y cuánto simples cuentos exagerados?
Aparté aquellos pensamientos. Cinder me había dicho que me relajara y disfrutara de la fiesta y, sinceramente, después del día que había tenido, necesitaba divertirme un poco.
—Vale —dije al final.
Drake me tendió la copa y una sonrisa leve, casi extraña en él, apareció en sus labios. Acerqué el vaso a mi boca. El aroma floral me envolvió enseguida.
—Bebe despacio —advirtió—. No sé cómo afecta eso a una mestiza.
Y ahí estaba él, insultándome. Solo por eso, me lo bebí de un trago.
—Eh, eh, tranquila.
Me arrebató el vaso mientras el líquido se deslizaba por mi garganta.
—Vaya, sabe increíble —dije. Me lamí los labios saboreando hasta la última gota—. ¿De qué está hecho?
—Es una fruta que solo crece en el Reino del Invierno, algo así como una de tus bayas humanas, pero es de color lavanda y mucho más dulce. Se dice que tiene algunas propiedades que alteran la mente, pero no en pequeñas dosis.
Se me salieron los ojos de las órbitas.
—¿Como las drogas alucinógenas? ¿Está intentando drogarme, Alteza?
—solté la última palabra con un hipo y me eché a reír.
—Estarás bien. Incluso después de habértelo bebido como si llevaras días cruzando el desierto —dijo Drake. Sacudió la cabeza—. ¿Te gusta hacer estas cosas solo para fastidiarme?
—Puede ser.
Mi voz salió más cantarina de lo normal. Uy. Aquello hacía efecto rápido.
Drake iba a responder algo cuando su mirada se desplazó por encima de mi hombro.
El ligero mareo desapareció al instante en cuanto seguí la dirección de sus ojos.
Raine y Aeria venían hacia nosotros. Perfecto.
Las dos avanzaban con esa actitud de reinas del instituto que daban ganas de empujar escaleras abajo.
Raine se dejó caer pegada a Drake en el sofá y Aeria ocupó el sitio libre a mi lado.
—Ay, Drakey —ronroneó Raine—, empieza a elegir mejor a tus invitados. Tus fiestas exclusivas perderán la gracia si sigues llenándolas de chusma.
Sus ojos verdes brillaron sobre mí. Sentí el calor subiéndome por el cuello.
Aeria soltó una risita tonta a mi lado que sonaba como notas musicales.
Me volví hacia ella para evitar la mirada fulminante de Raine, y mis ojos se quedaron clavados en el azul neón de su melena en cascada.
Caía en ondas brillantes hasta su cintura y estaba bastante segura de que aquello no salía de ningún tinte.
Si no fuera tan insoportable, probablemente me habría pasado horas preguntándole cosas sobre las sirenas y el reino oceánico.
Raine seguía inclinada sobre Drake, susurrándole cosas al oído y soltando risitas irritantes cada pocos segundos. Uf. No creía que pudiera quedarme aquí sentada viendo esto mucho más tiempo. La copa de Drake sobre la mesa me llamó la atención. Sí, definitivamente aquella cosa llevaba algo raro.
Alargué la mano hacia la copa, pero Aeria me dio un golpecito en el brazo.
—Eh, ¿qué pasa contigo?
—No es una buena idea, humana —me advirtió, mientras daba un sorbo a su elegante copa—. Ese vino feérico es potente. Ni yo lo toco.
—Drake dijo que podía.
Dios, soné como una niña pequeña protestando.
Aeria se encogió de hombros y sus rizos azules rebotaron suavemente.
—Haz lo que quieras, pero serás tú quien lo pague por la mañana.
La observé con desconfianza. ¿Desde cuándo Aeria intentaba ayudarme?
Mi cerebro paranoico empezó a sacar conclusiones absurdas inmediatamente.
Quizá simplemente no quería que me lo pasara bien porque, sinceramente, aquella bebida era lo más rico que había probado en mi vida.
Eché un vistazo a Raine y Drake. Ella estaba prácticamente sentada encima de él mientras seguía susurrándole cosas al oído.
¿De qué demonios estaban hablando? ¿Y si eran pareja o algo así? Nunca antes los había visto actuar de forma tan cariñosa. Justo entonces, Raine levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron por encima del hombro de Drake. Sonrió y acto seguido le mordisqueó la oreja.