La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Seguro que no quieres venir con nosotras al cine?

Cinder, Maxi y Alissa esperaban junto a la puerta de la habitación, ya cambiadas y listas para salir.

Aunque, sinceramente, «listas para salir» se quedaba corto.

Era viernes por la noche y habían sustituido los uniformes por vestidos ajustados, faldas diminutas y maquillaje brillante.

Me parecía muchísimo esfuerzo para una noche de cine en el patio, pero ¿qué sabía yo?

Me ajusté el cinturón de mi bata peluda y miré el libro de hechicería que tenía abierto sobre la cama.

—No, la verdad es que debería estudiar.

Después de aquella pequeña explosión mágica en clase de Magia Defensiva la semana pasada, mis poderes habían decidido desaparecer otra vez.

Cinder me señaló con el dedo.

—Bueno, pero no te olvides de que esta noche no puedes salir.

—Sí, mamá —bromeé—. Regla número tres: no salir al bosque de las hadas en luna llena.

Ella aplaudió.

—Muy bien, Luna. ¡Al final te convertiremos en una estudiante ejemplar!

—Pasadlo bien, chicas.

Les dediqué una sonrisa sincera mientras saludaba a las cambiaformas que prácticamente me habían adoptado desde que llegué a Darkhen.

En cuanto la puerta se cerró de un portazo, salté de la cama y me quité la bata.

Debajo llevaba unos vaqueros y una vieja sudadera cómoda.

No les había mentido a mis amigas, de verdad que tenía que estudiar, pero no era magia lo que tenía que practicar.

Hacía mucho tiempo que me había aprendido esos encantamientos de memoria.

El problema era otra criatura completamente distinta.

Me puse el gorro, me abroché el grueso abrigo del uniforme y salí sigilosamente de la habitación. Los pasillos estaban completamente vacíos mientras avanzaba de puntillas por la residencia. Por suerte, casi todos los dragones cambiaformas habían ido a la noche de cine.

La primera gran carrera de unipeg se celebraba en menos de una semana y yo aún no había sido capaz de montar a Zeus.

El animal era más testarudo que una mula y el doble de malhumorado.

Siempre que podía, me escapaba hasta los establos para intentar ganarme la confianza de aquel imbécil con alas.

Al menos habíamos avanzado algo: no intentaba morderme cuando le daba de comer elaria, la fruta que tanto le gustaba.

Apreté entre los dedos una de aquellas frutas ovaladas de piel rosada, que últimamente nunca faltaban en mi habitación.

Y la verdad era que no podía culparlo; estaban buenísimas y no se parecían en nada a lo que teníamos en el mundo humano.

Su pulpa blanca y esponjosa sabía a una mezcla entre mango y algodón de azúcar.

Solo de pensarlo se me hacía la boca agua.

En cuanto abrí la puerta trasera de la residencia, una ráfaga de aire helado estuvo a punto de hacerme dar media vuelta.

¡Madre mía, qué frío hacía! Me subí el cuello del abrigo y me cubrí la nariz con la bufanda.

Solo tenía que llegar al granero y entonces entraría en calor.

Fuera cual fuese la extraña magia feérica que protegía aquel lugar, conseguía mantenerlo cálido incluso en mitad de aquel infierno congelado.

Mientras avanzaba por el sendero apenas iluminado, el frío me pinchaba la piel a través de la ropa.

El bosque feérico se extendía a ambos lados del camino, oscuro e inmenso, con aquellos pinos gigantescos cerrándose sobre mí.

La luna llena brillaba entre las copas de los árboles y bañaba el bosque en una luz plateada y fantasmal.

Un aullido inquietante rompió el silencio, resonando por todo el bosque. ¿Qué demonios era eso? Otro aullido retumbó desde la dirección opuesta. Giré la cabeza de un lado a otro, escudriñando las sombras oscuras. Un escalofrío me recorrió la nuca y aceleré el paso. Sigue caminando .

Por fin, el bosque empezó a abrirse y los establos de piedra aparecieron frente a mí.

El alivio me golpeó de lleno. Corrí los últimos metros y cerré la puerta del granero de un portazo nada más entrar.

Me apoyé contra la madera, intentando recuperar el aliento.

Y, por primera vez desde que había llegado a Darkhen, me sentí realmente estúpida por no haber preguntado más sobre aquella prohibición de salir durante la luna llena.

Quizá había sido una idiota al asumir que dentro de la academia estaría completamente a salvo.

Un resoplido rudo me sacó de mi crisis momentánea, y me aparté de la puerta. La cabeza de Zeus asomaba por encima de la verja de su cuadra. Sus fosas nasales se dilataron al acercarme.

—Hola, amigo —susurré, acercándome sigilosamente.

Pisoteó con la pezuña, y el choque de su herradura metálica contra el suelo de piedra resonó en el silencioso establo.

—Tranquilo. Solo te he traído esto —dije. Le mostré la elaria y sus ojos oscuros se fijaron al instante en la fruta. Estiró el cuello y abrió ligeramente los labios para alcanzar la golosina—. Ya sabes cómo va esto, Zeus. Un mordisco a cambio de dejarme acariciarte la cabeza.

Hubiera jurado que el unipeg acababa de poner los ojos en blanco. Tras una breve pausa, resopló y bajó su cuerno puntiagudo. Aproveché la oportunidad y le acaricié con cuidado el hocico antes de subir la mano hasta su áspera melena.

Zeus retrocedió enseguida, apartando la cabeza de mi alcance, y me miró fijamente. Vale. Claramente aquí no se regalaba nada.

—Bien, toma —dije. Le ofrecí la elaria y él mostró sus grandes dientes blancos antes de darle un enorme mordisco. Retiré la mano justo antes de que se llevara toda la fruta y mis dedos con ella.

Mientras masticaba, juraría que hasta parecía satisfecho. Le acaricié rápidamente la melena otra vez, todavía sorprendida por lo suave que era. No tenía nada que ver con los caballos agotados que tiraban de los carruajes en Central Park.

—Escucha, Zeus, nos queda menos de una semana para la carrera inaugural del año, y si ni siquiera consigo montarte, voy a ser el hazmerreír de la escuela. No digo que tengamos que ganar ni nada por el estilo; solo necesito que dejes de intentar asesinarme cada vez que me acerco demasiado.

Dejó de masticar y me miró fijamente con sus ojos oscuros.

—Por favor. Hazlo por mí, y te prometo que te traeré golosinas todas las noches durante el resto del curso.

Lo cual quizá no fuera demasiado tiempo si mi magia seguía siendo un desastre, pero él no tenía por qué enterarse de ese detalle. Zeus soltó otro resoplido y bajó la mirada hacia el trozo de elaria que aún quedaba en mi mano.

—Vamos, ¿qué me dices?

Zeus extendió la cabeza hacia la fruta, rozando mi mano con el hocico, lo que interpreté como una buena señal. Normalmente habría intentado arrancármela de las manos. Se la entregué y él siguió masticando felizmente.

Listo. Tenía que intentarlo. Cogí el cabestro del gancho y se lo pasé por la cabeza, asegurándome de que las correas no se engancharan en su cuerno.

Se tensó cuando se lo deslicé por las orejas y dejó de masticar por un momento.

—Buen chico —murmuré—. Tú sigue comiendo y finge que no estoy haciendo nada sospechoso.

Con el cabestro bien sujeto, abrí la verja poco a poco. El crujido de las viejas bisagras me hizo saltar el corazón hasta la garganta. Un hilo de sudor me resbalaba por la espalda mientras la abría del todo.

Zeus terminó el último bocado de fruta sin dejar de vigilarme ni un segundo.

Conseguí sacarlo fuera y atarlo a las barras cruzadas del pasillo central.

Sus ojos oscuros seguían cada movimiento que hacía.

Cada. Maldito. Movimiento. En cuanto me acerqué con la mantilla, el blanco de sus ojos apareció de golpe y empezó a mover la cabeza de un lado a otro mientras golpeaba el suelo con la pezuña.

—Vamos, Zeus. Solo una prueba rápida. Te prometo que ni siquiera te sacaré fuera del establo.

Resopló, pero bajó la cabeza, así que rápidamente le coloqué la mantilla y la silla de montar sobre el lomo, con cuidado de no rozarle las alas. Todavía no había visto la parte interior multicolor. Siempre las mantenía pegadas al cuerpo, como si quisiera ocultarme a propósito su belleza.

Al apretar la cincha, una oleada de vértigo me invadió.

Era lo más lejos que había llegado hasta entonces con aquella astuta criatura.

Lo último era la brida; lo más complicado sin dudas.

Entre quitarle el cabestro y ponerle la brida había unos segundos en los que Zeus podía echar a correr si le daba la gana.

Entonces me pasaría la noche persiguiendo a Zeus por el bosque de las hadas, y probablemente acabaría devorada por lo que fuera que hubiera por allí.

Respiré hondo, cogí la brida de cuero y me acerqué despacio. Zeus la observó con evidente desconfianza.

—Esta es la última parte, Zeus. Ya casi hemos terminado, y luego te daré otra elaria. ¿Qué te parece? —susurré. Saqué la suculenta fruta del bolsillo y él relinchó. La dejé junto a la puerta de su caseta y levanté la brida— ¿Listo?

Se quedó quieto, así que lo tomé como un sí.

Desabroché las correas y respiré hondo. Con una mano, le quité el cabestro, mientras sujetaba firmemente la brida con la otra.

Uno… dos… tres. Le coloqué la brida sobre el cuerno y las orejas, le introduje el bocado en la boca y abroché rápidamente las correas de cuero.

¡ Sí ! Ni siquiera había intentado morderme los dedos como esperaba.

Ahora tenía que montarme.

Me acerqué a su lado, tiré del estribo hacia abajo y él retrocedió unos pasos.

—Vamos, Zeus. Ya está. Déjame montarme unos segundos y luego te daré tu golosina.

Dejó de moverse, pero tenía el cuello completamente estirado hacia mí mientras yo intentaba meter el pie en el estribo. A ver qué pasa . Metí el pie derecho en el estribo y me impulsé hacia arriba.

Zeus salió disparado.

—¡No! —grité mientras se encabritaba. Me aferré a las riendas, colgando de un pie mientras él corría hacia atrás por el establo— ¡Detente, Zeus!

Ni caso. El muy demonio empezó a corcovear como si intentara lanzarme directamente al otro lado del establo.