Isabela Vuelve
Lo que nadie dijo abiertamente pero todos en el
Bellavista sabían era que Adrián Belmonte era
diferente desde hacía unas semanas. Llegaba más
temprano. Sonreía ocasionalmente, lo cual era tan
inusual que el chef Eduardo lo mencionó en voz baja a
la nueva mesera como si fuera un fenómeno
meteorológico. Tomaba el café con cuatro
cucharadas de azúcar, lo que nadie entendía porque
antes lo tomaba solo.
Nadie dijo nada. Pero todos lo notaron.
Isabela también lo notó.
Llegó un jueves por la noche al evento anual de
inversionistas del Bellavista con un vestido que no
dejaba dudas sobre su intención y esa manera suya
de entrar a una habitación que hacía que la
habitación le prestara atención. Fue directo hacia
Adrián. Habló con él durante veinte minutos en el
rincón del salón que quedaba más lejos de la mesa
donde Camila revisaba los números de cierre.
Camila los vio desde ahí.
Vio cómo Isabela ponía la mano en el brazo de Adrián
con esa familiaridad de los que comparten historia.
Vio cómo él no la quitaba. Vio cómo se inclinaba hacia
él para decirle algo al oído.
Y vio, o creyó ver —eso era lo peor, el creyó ver— que
algo en la expresión de él se suavizaba.
Cerró la carpeta. Se fue por la puerta trasera sin
decir nada a nadie.
✦ ✦ ✦
No contestó el teléfono esa noche. Ni al día siguiente.
Al tercer día fue a trabajar como si nada, profesional
y correcta, con esa habilidad que había desarrollado
de poner cara de todo está bien cuando todo lo demás
en ella sabía que no era verdad.
Adrián la dejó trabajar dos horas antes de entrar a la
oficina y cerrar la puerta.
—Vi que saliste esa noche.
—No sé de qué me habla.
—Camila.
Ella lo miró. Con esa mirada suya que no fingía, pero
que esta vez tenía una grieta que él podía ver.
—No tengo derecho a pedirle nada. No somos
nada oficial. Usted tiene su historia con ella y yo
tengo mi vida y las dos cosas son reales.
—Isabela vino a pedirme que volviera con ella.
Silencio.
—¿Y? —preguntó Camila. La pregunta le costó
más de lo que quería que costara.
—Le dije que no.
—¿Sin dudar?
Pausa.
—Sin dudar.
—¿Cómo sé que es verdad?
—No lo sabes todavía. —Hizo una pausa—. Pero
tengo tiempo de demostrártelo si me lo permites.
Camila lo miró durante un momento largo. Luego:
—¿Sabe por qué no contesté el teléfono tres días?
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de lo que iba a decir si lo
contestaba. —Hizo una pausa—. Y eso ya es
suficiente para saber que me importa demasiado
como para seguir fingiendo que no me importa.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Y ahora?
—Ahora —dijo Camila— contesté.
No fue un momento de película. No hubo música. Fue
los dos en una oficina con luz de neón y carpetas
sobre el escritorio y el olor a café de la mañana.
Fue él tomándole la mano. Fue ella no apartarla.
Fue él apoyando la frente contra la de ella, despacio,
como algo que había querido hacer desde hacía
tiempo y que ahora podía hacerlo sin apresurarse.
Camila cerró los ojos. Respiró. Olía a café y a madera
y a ese perfume suyo que había aprendido a
reconocer sin querer aprenderlo.
—Tres segundos —dijo ella, en voz baja.
—¿Qué?
—El día que lavamos los vasos. Nos rozamos y los
dos nos callamos tres segundos.
Pausa.
—Los conté —admitió él.
Camila abrió los ojos. Lo miró.
—Yo también —dijo.
Y se rieron los dos. Bajito, en ese cuarto con luz de
neón, con las carpetas todavía abiertas.
Fue, finalmente, suficiente.