El Secreto De Adrián
La cena fue en una fonda del barrio donde Camila
había vivido de niña. Sillas de plástico, manteles de
hule, la mejor sopa de lima que Adrián había probado
en su vida, aunque nunca lo habría sabido si no
hubiera venido.
Él llegó sin corbata, con esa torpeza específica de los
hombres que siempre llevan corbata y no saben qué
hacer con las manos cuando no la tienen. Ella llegó
con el cabello suelto por primera vez que él la veía
fuera del contexto del trabajo.
Se miraron un segundo antes de sentarse. Ninguno
dijo nada. No hacía falta.
Hablaron de cosas reales. Él le habló de su padre.
Ella le habló de los años contando pesos, de la
primera vez que sintió que el suelo se abría bajo sus
pies y decidió que no iba a caer. Él le dijo que no sabía
cómo ella seguía sin quebrarse. Ella le dijo que sí se
quebraba, solo que de noche, cuando nadie miraba.
—Cuatro cucharadas de azúcar —dijo él.
—Qué pena que hayas tardado tanto en
averiguarlo.
—En mi defensa: nunca antes preparé té para
nadie.
—¿Nunca?
—Nunca. No sé por qué lo hice esa noche.
Camila lo miró.
—Yo sí sé por qué.
—¿Por qué?
—Porque es lo que uno hace cuando le importa
alguien y no sabe qué otra cosa hacer.
Él no respondió. Pero tampoco apartó la mirada.
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Fue después de la sopa, con el café frente a los dos,
cuando él dijo algo que ella no esperaba.
—Tengo que contarte algo.
El tono era diferente. Camila lo reconoció: era el tono
de alguien que lleva tiempo cargando algo y ha
decidido finalmente soltarlo.
—Hace cuatro años tomé una decisión que le costó
el trabajo a quince personas.
Camila esperó.
—Había un proveedor. Llevaba doce años con el
Bellavista. Mi padre lo eligió personalmente.
Cuando yo tomé el control, revisé los contratos y
encontré que podíamos ahorrar un veinte por
ciento cambiando de proveedor. —Hizo una pausa
—. Lo hice. Sin hablar con nadie. Sin dar aviso
suficiente. El proveedor viejo tuvo que cerrar.
Quince familias sin ingreso de un día para otro.
—¿Eran justificados los números?
—Sí.
—¿Diste el aviso mínimo que requería el contrato?
—Sí.
—Entonces hiciste lo que correspondía
legalmente.
—Hice lo que correspondía legalmente —repitió él
—. Y quince familias perdieron su ingreso. Las dos
cosas son verdad al mismo tiempo.
Camila lo miró durante un momento.
—¿Por qué me cuenta esto?
—Porque tú me contaste de tu padre. Y de las
pastillas. Y del baño. —Pausa—. Y porque no
quiero que creas que soy mejor persona de lo que
soy solo porque ahora actúo mejor.
Silencio.
—¿Hizo algo después? —preguntó Camila.
—Contraté a tres de las quince personas que pude
contactar. Pagué los estudios de dos hijos de
empleados que no pude contratar. No lo dije
públicamente. No lo digo para que suene bien. —
Exhaló—. Simplemente no pude dormir bien hasta
que hice algo.
—¿Duerme bien ahora?
—Mejor. No completamente.
Camila asintió despacio.
—La diferencia entre usted y la mayoría de la
gente que conozco —dijo finalmente— no es que
no haya cometido errores. Es que los errores le
importaron suficiente para hacer algo al respecto.
Él la miró.
—¿Eso es suficiente para ti?
Una pausa larga.
—Para empezar —dijo Camila—. Sí.