La Envidia
Valeria Montes era una mujer inteligente que usaba
su inteligencia de la manera equivocada.
No siempre había sido así. Había llegado al Bellavista
a los veintinueve años con la ambición limpia de
quien ha crecido mirando desde afuera y ha decidido
que nunca más va a quedarse en ese lado. Trabajó
duro. Llegó a supervisora. Construyó su territorio.
El problema era que en algún punto del camino, el
miedo a perder lo que había construido se había
vuelto más grande que el deseo de construir algo
nuevo. Y el miedo, cuando se instala así, hace cosas
feas con la gente.
Convocó una reunión de meseras. Habló de
desempeño y estándares y actitudes que no
representaban los valores del establecimiento. Todas
entendieron que hablaba de Camila. Camila, sentada
en la última silla junto a la pared, escuchó sin
moverse. Tomaba notas. Valeria lo notó con irritación
nueva: ¿qué demonios anotaba?
Cuando las demás salieron, Camila se quedó.
—¿Algo más, señorita Montes?
—Una advertencia, de colega a colega. El señor
Belmonte no mezcla lo personal con el trabajo. Las
personas como tú no encajan en el mundo de las
personas como él.
—"Las personas como yo" —repitió Camila,
despacio, como quien examina algo a la luz para
ver si es lo que parece—. ¿Qué tipo de persona soy
yo, según usted?
—Inteligente. Trabajadora. Pero hay mundos que
no se cruzan, Camila. Los que lo intentan suelen
terminar peor de lo que empezaron.
Camila recogió su cuaderno. Y en la puerta, se volvió.
—Tiene razón en algo. Soy diferente a usted.
Porque yo nunca necesité hundir a nadie para
sentirme segura de dónde estoy parada.
Salió. Valeria se quedó sola con el calor de la
vergüenza en el pecho, que era peor que el enojo
porque no había a quién echárselo. Solo a ella misma.
Y eso era lo más difícil de cargar.
✦ ✦ ✦
Lo que Valeria no sabía, lo que nadie sabía excepto
Adrián y Camila, era que el contador de confianza del
Bellavista estaba siendo investigado en silencio.
Rodrigo Peña. Cincuenta y dos años. Veinte en la
empresa. El que asistía a las cenas de Navidad. El que
mandó flores cuando murió la madre de Adrián. El
que siempre tenía una respuesta tranquila para cada
pregunta difícil.
El que llevaba dieciocho meses robando con la
elegancia y la paciencia de un artesano.
Adrián se lo dijo a Camila una tarde en el Salón
Ámbar mientras ella acomodaba flores que él había
pedido traer sin dar explicaciones al personal. Era la
primera vez que le veía hacer algo sin razón concreta
y evidente, y Camila intuyo que las flores no eran
para el salón.
—Era mi hombre de confianza —dijo Adrián. Su
voz tenía algo dentro: duro y fracturado al mismo
tiempo, como cerámica después de la caída—. La
persona a la que llamaba cuando no sabía cómo
manejar algo.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—Lo siento igual. —Acomodó el último tallo—. Sé
lo que se siente cuando alguien en quien confiabas
resulta ser una mentira. No es el daño material lo
que más duele. Es el mapa del mundo que ya no
funciona.
Silencio.
—¿A ti te pasó?
—Mi padre. Tenía doce años. Me dijo que volvería,
mirándome a los ojos, con esa seguridad de los
adultos que mienten sin saber que están
mintiendo.
—¿Y?
—No volvió. Pero yo sí seguí adelante. Que no
volviera no deshizo todo lo que fui capaz de hacer
después.
Adrián la miró de esa manera suya: completa, sin
prisa, como quien lee algo que vale la pena releer.
—¿Cómo haces eso? ¿Seguir con tanta calma?
—No es calma —dijo Camila, y por primera vez
sonó cansada de verdad, no resignada sino
honestamente agotada—. Es que aprendí que si
me detengo a sentir todo lo que tengo que sentir,
no queda tiempo para hacer lo que hay que hacer.
Siento. Pero de noche. Cuando nadie necesita
nada de mí.
Algo en la expresión de Adrián cambió. Solo un poco.
Apenas suficiente para que Camila lo notara.
Porque cuando estás acostumbrada a que nadie te
note, aprendes a notarlo todo.