Las Miradas
Regresó al Bellavista dos días después con ojeras que
el corrector no alcanzaba y una determinación que no
necesitaba cubrirse.
Valeria la esperaba en la puerta del vestuario con esa
sonrisa suya que era todo lo que una sonrisa no
debería ser.
—Dos días sin aviso al supervisor directo. Voy a
tener que levantar un reporte formal.
—Envié mensaje a Rosa y al correo de recursos
humanos a las nueve de la mañana del primer día.
Tengo las capturas de pantalla de los dos.
La sonrisa de Valeria se tensó de esa manera
específica de las cosas que están a punto de
romperse.
—Claro. Me alegra que hayas seguido el
protocolo. Ve a prepararte.
Lo que ninguna de las dos vio fue que Adrián estaba
al fondo del pasillo y había escuchado cada palabra.
✦ ✦ ✦
Esa tarde, mientras Camila preparaba el Salón
Ámbar para una cena privada, la puerta se abrió.
Era Adrián.
Solos en ese espacio pequeño y frío, con las sillas aún
sobre las mesas y las luces a media potencia, Camila
sintió algo que tardó en identificar porque hacía
mucho que no lo sentía: ser observada por alguien
que realmente miraba.
—¿Cómo está tu madre?
—¿Cómo sabe eso?
—Pregunté cuando no llegaste. —Pausa—. Debiste
avisarme directamente.
—No sabía que eso era una opción.
—A partir de ahora lo es.
Camila lo miró con esa franqueza que a veces
incomodaba a la gente.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué le importa?
Él tardó un momento. No era el tipo de pregunta que
recibía seguido.
—Porque llevas tres años en este restaurante y
eres la única persona que trabaja como si le
importara de verdad. —Pausa—. Y porque lo de la
otra noche, con la señora Durán, no debió pasar.
—Ya me dijo eso.
—Lo sé. Lo repito porque sigo pensándolo.
Silencio. Camila bajó la silla que tenía en las manos y
la colocó frente a la mesa.
—Encontré algo —dijo—. En este salón. Hace unos
días.
Y le contó. Con precisión, sin adornos.
✦ ✦ ✦
Adrián no habló mientras Camila hablaba. Cuando
ella terminó, extendió la mano. Camila le pasó el
teléfono —pantalla rajada, funda desgastada, el
salvapantallas una foto de su madre joven riendo en
una plaza.
Él estudió las fotografías. Página por página. Con esa
expresión hermética que era su estado natural pero
que Camila ya empezaba a aprender a leer: lo que
veía no era sorpresa. Era el asentamiento lento y
pesado de quien recibe confirmación de algo que ya
temía.
—¿Cuándo lo encontraste exactamente?
—El miércoles. Tres días antes de que mi madre se
pusiera mal.
—¿Dijiste algo a alguien?
—No. Intuí que no debía.
Él le devolvió el teléfono. Sus dedos rozaron los de
ella un segundo. Ninguno lo comentó, pero los dos lo
registraron.
—Necesito que no hables de esto. Con
absolutamente nadie.
—Si el responsable sabe que alguien encontró las
facturas, las hace desaparecer y no tenemos nada.
Él la miró con algo que se parecía a la sorpresa
aunque era más fino.
—Exacto.
—¿Quién cree que es?
Una pausa larga.
—Tengo una idea. Pero necesito estar seguro
antes de actuar.
Se paró para irse. En la puerta se detuvo.
—Gracias, Camila.
Ella asintió. Lo vio salir. Y cuando la puerta se cerró,
se permitió algo pequeño y privado: una respiración
profunda que era, de la manera más discreta posible,
algo parecido al alivio.
Alguien la había escuchado. Hacía mucho tiempo que
alguien no la escuchaba de verdad.