La Mesa de los Culpables ARCHIVO
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ARCHIVO

Debajo apareció una flecha luminosa.

Apuntaba hacia el pasillo.

Nadie quería avanzar.

Hasta que uno de ellos rompió el silencio.

—Si seguimos aquí... acabaremos igual que él.

Miró el lugar donde había estado el cadáver.

Solo quedaba la sangre.

Los demás asintieron.

Comenzaron a caminar.

El pasillo parecía interminable.

A ambos lados había vitrinas de cristal.

Dentro se conservaban objetos antiguos.

Un reloj roto.

Una muñeca de porcelana.

Un cuchillo oxidado.

Una cámara de vídeo.

Una grabadora de casete.

Cada vitrina tenía una pequeña placa.

EVIDENCIA 03

EVIDENCIA 11

EVIDENCIA 27

EVIDENCIA 54

Uno de los invitados se detuvo.

Dentro de una de las vitrinas había algo que reconoció al instante.

—No...

Su voz temblaba.

Era un mechero plateado.

Con una pequeña grieta en un lateral.

Lo había perdido hacía muchos años.

Nadie sabía dónde.

Se acercó al cristal.

Debajo había una inscripción.

CASO 14

Objeto recuperado junto al cuerpo de la víctima.

El hombre dio un paso atrás.

—Eso es imposible...

Otro empezó a mirar las demás vitrinas.

Su respiración se aceleró.

—Aquí hay un reloj...

Es igual que el mío.

Otro encontró un colgante.

Una mujer dejó escapar un grito.

—¡Ese collar!

Se llevó la mano al cuello.

Ella seguía llevando uno idéntico.

Durante unos segundos nadie habló.

Hasta que comprendieron la verdad.

Las vitrinas no contenían pruebas de desconocidos.

Contenían pruebas de ellos.

De sus crímenes.

Llegaron por fin a la puerta del ARCHIVO.

Era enorme.

De acero.

Con cientos de arañazos.

Sobre ella había una frase grabada profundamente.

"La memoria nunca desaparece. Solo espera."

La puerta se abrió sola.

El aire del interior era frío.

Muy frío.

Las paredes estaban cubiertas de archivadores metálicos.

Miles.

Quizá decenas de miles.

Cada cajón llevaba un número.

Y un año.

Uno de los hombres abrió un cajón al azar.

Dentro había carpetas negras.

Las sacó.

Cada una tenía una fotografía.

Una fecha.

Y un nombre.

No eran nombres de asesinos.

Eran nombres de víctimas.

Las manos comenzaron a temblarle.

Pasó una carpeta.

Otra.

Otra.

Hasta que encontró una que le hizo perder el aliento.

En la portada aparecía una fotografía del Hotel Blackwood.

Debajo podía leerse:

PROYECTO: LA MESA DE LOS CULPABLES

INICIADO: HACE 30 AÑOS

ESTADO: INCOMPLETO

El hombre abrió lentamente la carpeta.

La primera hoja solo contenía una frase.

"Si estás leyendo este expediente... significa que el experimento ha vuelto a comenzar."

Pasó la página.

Había una fotografía.

Era antigua.

Algo borrosa.

Nueve personas estaban sentadas alrededor de una mesa idéntica a la que ellos acababan de abandonar.

Todos sonreían.

Pero lo que hizo que el silencio se volviera absoluto fue otra cosa.

En el centro de aquella fotografía...

de pie...

mirando directamente a la cámara...

estaba el mismo hombre enmascarado que habían visto varias veces en el hotel.

Y detrás de la fotografía, escrito a mano con tinta negra, había un mensaje:

"Ellos también creían que eran los primeros."

No todos los secretos pueden escribirse.

Algunos... necesitan una voz.

Si has llegado hasta aquí, el Hotel Blackwood te concede acceso a una de sus grabaciones.

El hombre dejó caer la carpeta.

Sus manos temblaban.

Nadie decía una palabra.

Todos seguían mirando la fotografía.

Nueve personas.

La misma mesa.

El mismo hotel.

El mismo hombre enmascarado.

Y, detrás de la fotografía, la frase escrita con tinta negra.

"Ellos también creían que eran los primeros."

De pronto...

la puerta del Archivo se cerró de golpe.

¡BANG!

Uno de los invitados dio un salto.

—¡Nos ha encerrado!

Corrieron hacia la puerta.

Empujaron.

Golpearon.

Nada.

Era como si se hubiera fundido con la pared.

Entonces...

todos los archivadores comenzaron a abrirse al mismo tiempo.

¡CLAC!

¡CLAC!

¡CLAC!

Cientos de cajones salieron hacia fuera.

Miles de carpetas quedaron a la vista.

Fotografías.

Cartas.

Cintas de casete.

Radiografías.

Objetos personales.

Y, sobre todo...

nombres.

Miles de nombres.

Uno de los hombres comenzó a leer en voz alta.

—Carlos...

Marta...

Luis...

Ana...

Se detuvo de repente.

Había encontrado otro.

Su propio nombre.

Retrocedió.

—No...

Otro empezó a buscar.

También encontró el suyo.

Después otro.

Y otro.

Los ocho tenían un expediente.

Perfectamente ordenado.

Esperándolos.

Como si el hotel llevara años preparándolos.

La voz volvió a sonar por los altavoces.

Era la voz grave.

La nueva.

—Bienvenidos al Archivo.

Nadie respondió.

—Aquí no se guarda el pasado.

Aquí se conserva la verdad.

Uno de los invitados apretó los dientes.

—¡Da la cara!

Una risa seca recorrió la sala.

—Estoy mucho más cerca de lo que imaginas.

El hombre giró sobre sí mismo.

No había nadie.

La voz continuó.

—Abrid vuestros expedientes.

Nadie obedeció.

—¿Tenéis miedo?

Silencio.

—Es normal.

Muy pocos soportan leer quiénes son en realidad.

Uno de los hombres rompió la tensión.

Cogió su carpeta.

La abrió.

Solo había una hoja.

En el centro, una fotografía.

Era él.

Pero no recordaba aquel lugar.

Estaba de pie, frente a un edificio abandonado.

Mirando directamente a la cámara.

En la esquina aparecía una fecha.

Tres años antes de recibir la carta.

—Eso es imposible...

Los demás comenzaron a abrir las suyas.

Cada carpeta contenía una fotografía distinta.

En todas aparecía su propietario.

Siempre solo.

Siempre mirando a la cámara.

Y siempre sin recordar ese momento.

Una mujer comenzó a respirar muy deprisa.

—Yo nunca he estado aquí...

—¿Estás segura? —preguntó otro.

Ella volvió a mirar la imagen.

Detrás de ella se veía claramente el Hotel Blackwood.

Sintió un escalofrío.

—No...

No puede ser...

La voz habló de nuevo.

—Os hacéis la pregunta equivocada.

Todos levantaron la cabeza.

—La cuestión no es cuándo estuvisteis aquí.

La cuestión es...

¿por qué ninguno lo recuerda?

El silencio fue absoluto.

Entonces, desde el fondo del Archivo...

se escuchó el chirrido de unas ruedas.

Muy despacio.

Como si alguien empujara un carro metálico.

Chiiiiiiic...

Chiiiiiiic...

Chiiiiiiic...

Los ocho dirigieron la mirada hacia el pasillo central.

De entre las sombras apareció un carrito de archivador.

Avanzaba completamente solo.

Encima llevaba una única carpeta.

Era diferente a todas las demás.

Roja.

Con el borde quemado.

El carrito se detuvo justo delante de ellos.

En la portada solo había una frase escrita con letras negras.

"AbrIR ÚNICAMENTE SI ACEPTÁIS LA SEGUNDA PRUEBA."

Nadie se movió.

Uno de los invitados tragó saliva.

—¿Y si no la abrimos?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Entonces permaneceréis encerrados en el Archivo...

...hasta que el tiempo decida por vosotros.

Como obedeciendo a aquellas palabras, un viejo reloj de pared comenzó a funcionar por primera vez desde que habían entrado.

Tac...

Tac...

Tac...

Y bajo él, unas letras rojas se iluminaron lentamente.

SEGUNDA PRUEBA

"Uno de vosotros lleva ocultando una verdad desde antes de llegar al Hotel Blackwood."

"Encontradlo."

"Tenéis cuarenta y cinco minutos."

Nadie apartó la vista de la carpeta roja.

Parecía más antigua que todo lo demás.

El cuero estaba agrietado.

Las esquinas, quemadas.

Y sobre la tapa había una huella de una mano, oscura, como si alguien la hubiera apoyado con sangre hacía muchos años.

El reloj siguió marcando el tiempo.

Tac...

Tac...

Tac...

Uno de los hombres dio un paso al frente.

—La abriré yo.

—¡Espera! —gritó una mujer.

—¿Qué?

—¿Y si es otra trampa?

—Todo este hotel es una trampa.

Respiró hondo.

Levantó la tapa lentamente.

Dentro solo había una hoja.

Nada más.

La sacó.

Era completamente blanca.

—¿Esto es una broma?

La voz respondió.

—Todavía no.

De repente...

las letras comenzaron a aparecer solas.

Como si una pluma invisible estuviera escribiendo delante de ellos.

Todos observaron la hoja en silencio.

La primera frase decía:

"El culpable ya sabe que esta prueba habla de él."

Los ocho levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Nadie dijo una palabra.

La segunda frase apareció unos segundos después.

"En los próximos diez minutos cometerá un error."

Uno de ellos soltó una carcajada.

—¿Eso es todo?

—Quiere volvernos paranoicos.

Otro negó con la cabeza.

—No.

Quiere que nos vigilemos unos a otros.

El ambiente cambió de inmediato.

Las conversaciones cesaron.

Nadie apartaba la vista de los demás.

Cada movimiento parecía sospechoso.

Cada respiración.

Cada gesto.

Cinco minutos después...

uno de los hombres comenzó a sudar.

Intentaba disimularlo.

Se secó la frente.

Miró varias veces hacia una de las estanterías.

Luego hacia la puerta.

Y otra vez hacia la estantería.

Una mujer lo observó.

—¿Qué miras?

—Nada.

—Has mirado tres veces al mismo sitio.

—Te he dicho que nada.

—Está nervioso.

Él levantó la voz.

—¡Porque estamos encerrados!

—No.

Respondió otro.

—Estás nervioso por otra cosa.

El hombre golpeó la mesa.

—¡Calla!

Todos dieron un pequeño salto.

La tensión podía cortarse con un cuchillo.

Entonces...

el reloj dejó de sonar.

El silencio fue absoluto.

La voz del anfitrión habló muy despacio.

—El error...

...acaba de producirse.

Todos giraron hacia el hombre que había gritado.

Él comenzó a negar con la cabeza.

—No...

No he hecho nada.

La pantalla del Archivo se iluminó.

Apareció una sola imagen.

Era una grabación de seguridad.

En blanco y negro.

La fecha era de tres días antes.

Los ocho observaron atentamente.

En la imagen aparecía el mismo hombre.

Entrando en el Hotel Blackwood.

Solo.

Sin carta.

Sin invitación.

Sin llamar a la puerta.

Como si ya conociera el lugar.

El silencio fue inmediato.

Él palideció.

—Eso...

Eso está manipulado.

La grabación continuó.

Se le veía caminar por el vestíbulo.

Mirar el reloj de bolsillo.

Subir las escaleras.

Y detenerse frente a la puerta número diez.

La imagen se congeló.

Después apareció una pregunta enorme en la pantalla.

"¿Por qué ya estaba aquí?"

Los siete supervivientes dieron un paso atrás.

Uno de ellos susurró:

—Nos ha mentido desde el principio...

El hombre negó con desesperación.

—¡No recuerdo nada!

—¡Mientes!

—¡Os juro que no recuerdo haber venido!

—¡Entonces explícalo!

—¡No puedo!

Comenzó a respirar cada vez más deprisa.

Se llevó las manos a la cabeza.

—¡Hay algo que no encaja!

—¿El qué?

—¡Si estuve aquí...!

Se quedó inmóvil.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Como si acabara de recordar algo.

Muy despacio levantó la cabeza.

Miró directamente a la puerta del Archivo.

Y murmuró con la voz quebrada:

—No...

No éramos nueve...

Los demás dejaron de respirar.

—¿Qué has dicho?

Él retrocedió un paso.

Su cuerpo temblaba.

—Éramos...

Diez.

El silencio fue total.

Entonces sonrió.

Pero no era una sonrisa de alivio.

Era la sonrisa de alguien que acababa de comprender una verdad terrible.

—Ya me acuerdo...

La puerta número diez...

...nunca estuvo vacía.

Porque uno de nosotros salió de ella.

Nadie apartó la vista de la carpeta roja.

Parecía más antigua que todo lo demás.

El cuero estaba agrietado.

Las esquinas, quemadas.

Y sobre la tapa había una huella de una mano, oscura, como si alguien la hubiera apoyado con sangre hacía muchos años.

El reloj siguió marcando el tiempo.

Tac...

Tac...

Tac...

Uno de los hombres dio un paso al frente.

—La abriré yo.

—¡Espera! —gritó una mujer.

—¿Qué?

—¿Y si es otra trampa?

—Todo este hotel es una trampa.

Respiró hondo.

Levantó la tapa lentamente.

Dentro solo había una hoja.

Nada más.

La sacó.

Era completamente blanca.

—¿Esto es una broma?

La voz respondió.

—Todavía no.

De repente...

las letras comenzaron a aparecer solas.

Como si una pluma invisible estuviera escribiendo delante de ellos.

Todos observaron la hoja en silencio.

La primera frase decía:

"El culpable ya sabe que esta prueba habla de él."

Los ocho levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Nadie dijo una palabra.

La segunda frase apareció unos segundos después.

"En los próximos diez minutos cometerá un error."

Uno de ellos soltó una carcajada.

—¿Eso es todo?

—Quiere volvernos paranoicos.

Otro negó con la cabeza.

—No.

Quiere que nos vigilemos unos a otros.

El ambiente cambió de inmediato.

Las conversaciones cesaron.

Nadie apartaba la vista de los demás.

Cada movimiento parecía sospechoso.

Cada respiración.

Cada gesto.

Uno de los hombres comenzó a sudar.

Intentaba disimularlo.

Se secó la frente.

Miró varias veces hacia una de las estanterías.

Luego hacia la puerta.

Y otra vez hacia la estantería.

Una mujer lo observó.

—¿Qué miras?

—Nada.

—Has mirado tres veces al mismo sitio.

—Te he dicho que nada.

—Está nervioso.

Él levantó la voz.

—¡Porque estamos encerrados!

—No.

Respondió otro.

—Estás nervioso por otra cosa.

El hombre golpeó la mesa.

—¡Calla!

Todos dieron un pequeño salto.

La tensión podía cortarse con un cuchillo.

Entonces...

el reloj dejó de sonar.

El silencio fue absoluto.

La voz del anfitrión habló muy despacio.

—El error...

...acaba de producirse.

Todos giraron hacia el hombre que había gritado.

Él comenzó a negar con la cabeza.

—No...

No he hecho nada.

La pantalla del Archivo se iluminó.

Apareció una sola imagen.

Era una grabación de seguridad.

En blanco y negro.

La fecha era de tres días antes.

Los ocho observaron atentamente.

En la imagen aparecía el mismo hombre.

Entrando en el Hotel Blackwood.

Solo.

Sin carta.

Sin invitación.

Sin llamar a la puerta.

Como si ya conociera el lugar.

El silencio fue inmediato.

Él palideció.

—Eso...

Eso está manipulado.

La grabación continuó.

Se le veía caminar por el vestíbulo.

Mirar el reloj de bolsillo.

Subir las escaleras.

Y detenerse frente a la puerta número diez.

La imagen se congeló.

Después apareció una pregunta enorme en la pantalla.

"¿Por qué ya estaba aquí?"

Los siete supervivientes dieron un paso atrás.

Uno de ellos susurró:

—Nos ha mentido desde el principio...

El hombre negó con desesperación.

—¡No recuerdo nada!

—¡Mientes!

—¡Os juro que no recuerdo haber venido!

—¡Entonces explícalo!

—¡No puedo!

Comenzó a respirar cada vez más deprisa.

Se llevó las manos a la cabeza.

—¡Hay algo que no encaja!

—¿El qué?

—¡Si estuve aquí...!

Se quedó inmóvil.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Como si acabara de recordar algo.

Muy despacio levantó la cabeza.

Miró directamente a la puerta del Archivo.

Y murmuró con la voz quebrada:

—No...

No éramos nueve...

Los demás dejaron de respirar.

—¿Qué has dicho?

Él retrocedió un paso.

Su cuerpo temblaba.

—Éramos...

Diez.

El silencio fue total.

Entonces sonrió.

Pero no era una sonrisa de alivio.

Era la sonrisa de alguien que acababa de comprender una verdad terrible.

—Ya me acuerdo...

La puerta número diez...

...nunca estuvo vacía.

Porque uno de nosotros salió de ella.