La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 1
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La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3)

La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3)

Por Lucia Montalban Ruiz

© inepub.com

Capítulo 1

La película sobre el agua desaparecía cuando Elena intentaba seguirla con la vista.

Desde cierta distancia se distinguía como un brillo irregular atrapado entre dos salientes de roca.

Bastaba avanzar unos pasos por la zona descubierta por la bajamar para que la superficie cambiara de ángulo y aquel reflejo se confundiera con el cielo gris.

No formaba una mancha compacta ni mostraba los colores vivos que la gente asociaba de inmediato con el combustible.

Era más discreta: franjas finas y discontinuas que se reunían en algunos charcos y faltaban por completo en otros.

Elena se detuvo antes de alcanzar el primer grupo de mejillones muertos.

—¿Hasta aquí llegó ayer?

Uxía Varela bajó la mirada hacia la roca.

—La mancha, sí. O algo que se le parecía. Con más agua cuesta saberlo.

Elena sacó el cuaderno del bolsillo exterior de la mochila.

—No quiero que intentemos hacer coincidir lo de hoy con lo de ayer. Dime solo lo que recuerdes con seguridad.

Uxía señaló más arriba, hacia una franja oscura que marcaba la altura alcanzada por el agua.

—Ayer por la mañana vimos brillo en ese entrante y en el de más allá. Aquí abajo había menos superficie descubierta cuando llegamos. La marea estaba empezando a bajar.

—¿A qué hora?

—Tengo las fotos. Saldrá la hora exacta.

—Mejor.

Uxía rondaba los cuarenta y tantos, tenía una constitución compacta y llevaba el impermeable abierto sobre un jersey oscuro.

Sus botas de goma parecían haber pasado bastante más tiempo sobre roca húmeda que en suelo seco.

Elena sabía por la documentación del encargo que era la patroa maior de la cofradía.

En la media hora que llevaban recorriendo la ensenada no había intentado demostrar autoridad ni llenar con certezas lo que desconocía.

Se limitaba a decir qué sabía y, algo que Elena agradecía todavía más, qué no podía asegurar.

El viento entraba desde el mar con suficiente fuerza para enfriar las manos, aunque dentro de A Barda apenas levantaba oleaje.

La ensenada estaba protegida por dos brazos de costa baja y rocosa que amortiguaban buena parte de la mar exterior.

Con la bajamar, frente a ellas quedaba descubierta una extensión de piedra, arena gruesa y pequeños canales.

Por encima de la zona intermareal había nasas apiladas, capazos vacíos, una carretilla apoyada contra un muro bajo y varias estacas con cinta roja que delimitaban el cierre temporal del banco.

No hacía falta ningún cartel para entender lo que significaba: el trabajo estaba detenido.

Elena se agachó junto a una depresión donde había quedado agua retenida. Allí la película se veía mejor. Formaba líneas estrechas entre restos de algas y pequeñas partículas flotantes, sin cubrir toda la superficie; a pocos centímetros, otro charco de tamaño parecido parecía limpio.

—¿Habéis recogido ya muestras?

—Ayer. Personal de la cofradía y después vino gente de la administración. No sé exactamente cuántas.

—¿Y las aves?

—Dos aparecieron muertas. Una gaviota y un cormorán. Hay otra que vieron mal, pero se fue. No puedo decirte qué tenía.

Elena anotó las especies sin atribuirles todavía ningún significado.

—¿Marisco?

—Sobre todo aquí y en el recodo del norte. No todo muerto. Hay ejemplares que siguen vivos pero reaccionan peor.

—¿Habéis retirado algo?

—Lo imprescindible para los análisis. El resto se ha dejado como estaba después de cerrar la zona.

Al incorporarse, Elena observó la sucesión de pequeñas irregularidades que formaba la costa.

Desde arriba apenas habrían llamado la atención; a ras del terreno, cada una retenía agua de una manera distinta.

Algunos entrantes quedaban comunicados por canales estrechos mientras otros se aislaban conforme descendía la marea.

Una roca de medio metro podía decidir qué se vaciaba primero y qué conservaba agua durante horas.

—Quiero empezar por las posiciones.

Uxía miró hacia el charco.

—¿Antes de coger muestras?

—Antes de decidir dónde merece la pena cogerlas.

—Pensaba que lo primero sería saber qué es eso.

—También. Pero una muestra puede decirnos qué hay en un punto. No necesariamente cómo llegó hasta allí.

Uxía volvió la atención hacia el agua sin discutir.

Continuaron hacia el interior de la ensenada. Elena caminaba despacio, buscando apoyos firmes entre las superficies cubiertas de algas. Aún no pretendía inspeccionar cada roca ni cada organismo; primero necesitaba comprender la escala del episodio y la forma que adoptaba sobre el terreno.

El segundo grupo de ejemplares afectados estaba unos cuarenta metros más al norte. Allí la pendiente era menor y se conservaban varios remansos, algunos todavía conectados por una corriente débil que se retiraba hacia el mar.

Uxía señaló una zona marcada con dos estacas.

—Aquí encontraron más cantidad.

Elena observó la distribución antes de acercarse.

Había conchas abiertas entre las rocas, pequeños montones de mejillones desprendidos y otros todavía adheridos.

El aspecto no permitía atribuir una causa.

La exposición al aire durante la bajamar, el estado previo de los animales, la temperatura y otras variables podían convertir una impresión visual en una conclusión equivocada.

La posición, en cambio, sí podía registrarse.

Sacó el teléfono, comprobó la localización y tomó varias fotografías generales.

—¿Este sector se trabaja todos los días?

—Cuando corresponde. Depende de mareas y cupos.

—¿Lo conoces bien?

Uxía sonrió.

—Desde antes de tener edad para venir a trabajar.

—Entonces voy a preguntarte cosas que pueden parecer obvias.

—Mientras no te moleste que alguna respuesta sea «depende».

—Es una respuesta bastante útil.

Uxía avanzó unos pasos y señaló dos entrantes casi contiguos.

—Ese retiene mucho. Incluso con buena bajamar queda agua. El otro vacía mejor.

Elena se colocó donde pudiera ver ambos sin entrar en la zona señalizada. En el primero aparecían pequeñas trazas aceitosas; el segundo estaba prácticamente limpio.

—¿Siempre?

—¿Retener agua? Sí. La suciedad, las algas sueltas y los restos también suelen quedarse ahí.

—¿Y aquí habéis visto producto?

—Ayer sí. Hoy menos.

Elena fotografió ambos entrantes.

—¿Y en el que vacía mejor?

—Muy poco. Yo no vi nada esta mañana.

Un residuo flotante tendía a acumularse precisamente en lugares protegidos, y la forma de la costa podía explicar diferencias grandes a pocos metros.

Lo que necesitaba averiguar era si aquellas diferencias respondían solo a la capacidad de retención o si, al colocar unas junto a otras, empezaban a dibujar algo más.

Siguieron bordeando el banco. En una zona más expuesta, pequeñas ondas entraban regularmente desde la boca de la ensenada. Las rocas estaban húmedas y cubiertas por una franja continua de algas, pero allí no aparecía el mismo brillo que en los entrantes anteriores.

Elena se agachó para observar mejor.

—¿Aquí apareció ayer?

Uxía se tomó unos segundos.

—No recuerdo verla. Puedo comprobar las fotos.

—Apúntalo como «sin confirmar». No como limpio.

Uxía sacó el móvil.

—¿Quieres que vaya haciendo una lista?

—Sí. Zona, hora de observación y quién la hizo. Si alguien no está seguro, quiero que conste también.

—Te van a encantar nuestros partes.

—¿Por qué?

—Porque cada persona llamó a las cosas de una manera distinta. Mancha, grasa, gasoil, aceite, espuma rara... Tenemos variedad.

—Mientras hayan anotado dónde estaban, sobreviviremos.

Uxía empezó a escribir.

La primera llamada sobre la contaminación había llegado dos días antes.

Elena conocía el dato por el informe preliminar enviado por la aseguradora, igual que las estimaciones iniciales de pérdidas y la sospecha de que podía tratarse de hidrocarburos.

También había leído las hipótesis planteadas hasta entonces: una sentina, una fuga de combustible o una embarcación que hubiese realizado una descarga fuera de la ensenada.

Todas eran razonables con la información disponible, y precisamente por eso no tenía sentido escoger una todavía.

Desde donde estaban podía verse mar abierto entre los dos extremos de A Barda.

Si una sustancia flotante había entrado desde fuera, su distribución dependería de la fase de marea, el viento, el oleaje y el tiempo transcurrido desde la descarga.

Elena no esperaba una franja perfecta avanzando en línea recta hacia la costa.

El mar no funcionaba así. Pero tampoco bastaba con afirmar que el agua se movía para convertir cualquier distribución en compatible con cualquier origen.

—¿Tenéis localizados puntos donde no haya aparecido nada?

Uxía tardó en contestar.

—Tenemos anotado dónde vimos manchas.

—No es lo mismo.

—No.

—Necesito también los sectores que se revisaron y donde no se vio nada. Si alguien recorrió una zona y recuerda que estaba limpia, me sirve como observación, siempre que sepamos quién estuvo allí y cuándo.

—La gente suele apuntar lo que encuentra, no lo que no encuentra.

—Y luego parece que todo estaba contaminado.

Uxía contempló la ensenada durante unos segundos.

—La parte sur estuvo bastante limpia ayer por la tarde.

—¿Bastante?

—No te voy a prometer que no hubiera ni una gota. Pero nada parecido a esto.

Señaló el remanso que acababan de dejar atrás.

—Eso ya sirve. ¿Quién estuvo allí?

—Dos mariscadoras y yo durante un rato.

—Luego me das los nombres.

Elena dibujó en el cuaderno un esquema sencillo de la ensenada y escribió junto al extremo sur: «aparentemente limpio · tarde D-1 · confirmar».

En la zona central encontraron otro grupo de mejillones afectados, aunque la película apenas se distinguía.

Había un olor leve que Elena prefirió no identificar.

El agua de costa acumulaba suficientes sustancias naturales y humanas como para que un olor aislado acabara convertido demasiado pronto en una explicación.

Uxía se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿No huele a gasoil?

Elena volvió a respirar con calma, sin acercar más la cara al agua.

—Puede recordar a hidrocarburos.