MARA
M ARA
Cuando salí de Cuba y aterricé en Miami, lo primero que hice no fue visitar a mi madre como me pedía el cuerpo, sino alquilar un coche y dirigirme hacia el sur, a Cayo Hueso, a cuatro horas de distancia.
Desde que me enteré de que llamaban al Valbanera «el Titanic de los pobres», se me despertaron las ganas de venir hasta aquí.
La comparación no era descabellada, ya que casi todos los pasajeros del barco eran migrantes sin recursos que habían tenido que deslomarse y ahorrar durante mucho tiempo para reunir las setenta pesetas que costaba el pasaje, una fortuna en aquellos tiempos, pero poco dinero a cambio de lograr sus sueños.
Los paralelismos entre las historias de estos emigrantes y la mía eran demasiado grandes y relevantes para ser ignorados.
Sesenta años después del naufragio que segó las vidas de mi bisabuelo y de tantos otros, yo había salido huyendo de la isla que ellos habían visto como su salvación.
Y aquí se habían quedado para siempre, bajo estas aguas que, para mí, no habían sido un final, sino un comienzo: me habían conducido a una vida de paz y prosperidad en Estados Unidos.
En algún lugar bajo la superficie, a unos sesenta kilómetros de aquí, los cuerpos de Juan y del bebé de Catalina habían quedado enterrados en el fondo del mar, donde reposaban desde hacía un siglo junto a los de otros cientos de personas, sepultados en un banco de arenas movedizas tan profundo que nadie había intentado recuperarlos para darles un entierro digno.
No tenía muy claro qué podría hacerse para dignificar su lugar de reposo, pero mi idea era ir hasta el lugar donde el Valbanera seguía medio enterrado.
Como regalo de despedida, Julián me había dado un libro, El misterio del Valbanera , un tesoro que me habría gustado leer antes.
Desde entonces, había estado leyendo y marcando el libro, así que ahora sabía que, para llevar a cabo mi misión, necesitaba un marinero experimentado, un barco sólido, pastillas contra el mareo, un buen ansiolítico —a poder ser acompañado de un buen vaso de vino—, todo el valor que pudiera reunir y una sesión de doscientos dólares con mi terapeuta al terminar.
La temperatura exterior era de veintitrés grados, por lo que apagué el aire acondicionado y bajé las ventanillas.
El cielo despejado tenía ese tono azul cerúleo que inspira a los poetas, y la brisa del mar que se colaba en el coche —un KIA de color verde— ayudaba a que el ambiente fuera muy agradable.
El agua brillaba a ambos lados de la carretera y parecía extenderse hasta el infinito.
Lo más curioso era que no sentía miedo ni aprensión, sino una sensación de libertad y una euforia que hacía mucho tiempo que no experimentaba, como si estuviera a punto de abrir los regalos de Navidad, o de vestirme para ir a una fiesta.
La terapia de exposición debía de estar funcionando, me dije.
El móvil sonó justo en aquel instante con el sonido distintivo de una llamada de WhatsApp, lo que me sacó de mi ensimismamiento. Respondí con una sonrisa al ver quién era.
—¡Nina! —exclamé apresurada, como si se me hubiera pasado el plazo para realizar una tarea y acabara de darme cuenta.
Ella notó la ansiedad en mi voz.
—¡Tranquila, mujer! Solo llamaba para saber de ti.
Sonaba relajada. Me la imaginé tomándose un vino y unas tapas. Miré la hora en el reloj. Eran las seis de la tarde en Madrid. Sí, sin duda una buena hora para una copa.
—Estoy bien, Nina, pero han pasado tantas cosas que, si te las cuento, no te lo vas a creer.
—Soy toda oídos.
Las dos nos echamos a reír a la vez, porque, de hecho, tenía unas orejas muy grandes para su cara, muy chiquitita.
Le hablé del Valbanera , de Julián y de la familia que había encontrado. Le expliqué el viaje a Cuba y se lo conté todo, excepto el secreto que Linito me había confiado en el último momento. Aún no sabía si llegaría a compartirlo con alguien alguna vez, ni siquiera con mi madre.
Estaba ya cruzando el puente de las Siete Millas —el punto más característico del viaje a los Cayos—, lo que significaba que ya solo me faltaban cincuenta minutos para llegar al hotel.
Nina tardó unos instantes en reaccionar.
—Dime que te acompañó un fotógrafo a Cuba, aunque no fuera yo.
—¡Por supuesto que no! —Me puse a la defensiva, porque no sabía adónde quería llegar.
—Pues dime que, al menos, sacaste fotos con el móvil.
Permanecí en silencio.
—¡Maldita sea, Mara! ¿Cómo se te ocurre?
—No era ese tipo de viaje —es todo lo que pude decir, un mensaje que era tanto para ella como para mí.
Al darse cuenta de que me había disgustado, Nina aflojó.
—Bueno, ¿y cuándo piensas volver a España?
—Dentro de dos semanas como muy tarde. ¿Por qué?
—Me ha llegado un encargo en Tailandia y necesito una reportera. Es para National Geographic . Puedo hablarles de ti a los editores, si te interesa.
—Sería fantástico, gracias. Justo lo que necesito para quitarme de la cabeza a Cuba, mi madre y todo lo demás. Envíame un correo con los detalles, por favor. Te llamaré pronto, te lo prometo.
—Vale, hasta pronto —se despidió ella antes de colgar.
Antes de poder procesar la llamada, el teléfono volvió a sonar y presioné el botón de responder sin apartar los ojos de la calzada.
—¿Qué? ¿Me llamas para disculparte por la bronca que me has echado?
—Mara. —Era una voz masculina.
—Julián... Lo siento, pensaba que eras otra persona.
—Pues solo soy yo.
Su voz grave inundó el coche y me provocó una inexplicable sensación de felicidad. Quería conocer los detalles de mi viaje a Cuba. Había estado contando los días y las horas, admitió, porque sabía que en aquella zona de Cuba no encontraría cobertura. Quería conocer mis impresiones.
—Pues no lo sé, Julián. Todavía tengo que procesar muchas cosas, necesitaré ponerlas por escrito.
—¿Puedes darme algún adelanto? —insistió.
—No suelo dar información gratis —bromeé—. Voy a necesitar un poco de vino y por lo menos uno de tus maravillosos platos; tal vez incluso un pícnic en la casa. Te recuerdo que no llegamos a compartir aquella botella de vino.
—La casa también es tuya; puedes venir cuando quieras. De hecho, acabo de hacerte una copia de la llave.
Me quedé sin habla, pero él no había terminado.
—Y, por supuesto, me encantará hablar contigo en persona sobre lo que sea; me encantaría volver a verte.
¿Su voz se había vuelto más grave, o era yo que la oía diferente porque el corazón se me había detenido por un instante? El silencio empezaba a volverse incómodo; tenía que poner fin a la llamada.
—Julián, estoy conduciendo y tengo que colgar, pero te prometo que te llamaré. —Colgué sin darle ocasión de responder.
Me llevé la mano al pecho para que mi corazón se calmara.
Ya no estaba acostumbrada a que me trataran con ternura y consideración.
¿O se trataba de otra cosa? Agarré el volante con más fuerza, usando las dos manos, y negué con la cabeza, como si quisiera que los recuerdos de Julián salieran por la ventanilla como una columna de humo. Era mejor dejar eso para más adelante.
Aparqué enfrente de la vieja y destartalada posada donde Nelson y yo pasamos nuestra luna de miel, y donde siempre me alojo desde entonces.
Ya me conocen por mi nombre. Tras saludar con besos a todo el mundo, dejé las maletas en la recepción y me fui a dar un paseo.
Hacía un tiempo demasiado bueno para malgastar un solo minuto en la habitación.
La primera vez que vi Cayo Hueso, acababa de llegar de Cuba.
Nos llevaron en autobús desde el muelle hasta el centro de inmigración.
Por la ventana del autobús, la ciudad me pareció pequeña y provinciana.
Vi casas de madera en ruinas, y gallinas que se habían adueñado de la carretera.
Me costó creer que estuviera en una ciudad estadounidense.
¿Dónde estaban los rascacielos que había visto en las películas, los metros que iban a toda velocidad, la gente sofisticada, vestida de negro?
¿Dónde estaba la nieve? Me sentí engañada y creí que nos habían devuelto a Cuba, a alguna zona rural que no conocía y donde, por alguna razón, la gente hablaba un idioma que no entendía.
Pero, con el paso de los años, mis gustos fueron cambiando, o tal vez el cayo evolucionó, porque ahora me parece un lugar encantador y coqueto, a pesar de los turistas que lo abarrotan.
La obsesión con Hemingway es palpable y abundan las tiendas de camisetas horteras, pero los espectaculares atardeceres lo compensan todo.
Además, cuando estoy aquí y paseo por algunas de sus callecitas escondidas, tengo la sensación de estar en Cuba.
Sé que es una ilusión, pero ¿qué es la vida a esta edad sino una gran ilusión?
Para cenar, me di un gustazo: langosta, que estaba regular, y media botella de vino blanco, que resultó excelente.
Me metí en la cama hacia las nueve, acompañada de una colección de relatos de Hemingway que había comprado en la casa museo del autor, que visito cada vez que vengo.
Buscaba un relato que escribió inspirado en el naufragio del Valbanera .
Se titula «Después de la tormenta» y se publicó por primera vez en 1932, solo trece años después de que el océano se tragara al barco.
Es la historia de un pescador que descubre los restos del naufragio y se zambulle en las aguas con una llave inglesa, tratando de encontrar algún tesoro.
A través del cristal de un ojo de buey, ve una mujer con su larga melena flotando alrededor.
Le ve la cara de cerca; ve incluso los anillos que lleva en los dedos, y trata de romper el cristal, una, dos, tres veces, pero no puede.
Sale a la superficie sin aliento y con la nariz sangrando por la presión del agua, pero vuelve a intentarlo.
Al final se rinde, exhausto y derrotado, y se va con las manos vacías.
Las mías temblaban cuando dejé el libro en la mesilla de noche. Bebí un poco de agua y me acosté de lado para dormir, sin atreverme a apagar la luz.