Epílogo — Por primera vez
Inés llegó tarde a su propio cumpleaños.
Otra vez.
No al de la noche, ese era en casa de Moisés y todavía faltaban horas. Llegó tarde al miércoles. Al día en general.
Cerró el portátil veinte minutos más tarde de lo previsto.
Había una reunión que se había alargado demasiado.
Como casi todas.
Treinta y nueve años. Consultora de productividad senior. Había algo poético en eso, aunque a estas alturas Inés ya sabía que la poesía rara vez era la palabra correcta para describir su vida.
Entró en Origen porque necesitaba un café antes de hacer nada más.
—¿Lo de siempre? —dijo Juan desde detrás de la barra.
—Lo de siempre.
Juan ya estaba girándose hacia la máquina. Llevaba la cafetería de vuelta desde hacía meses, con esa normalidad de quien ha recuperado su sitio después de que su amigo se ocupara de él durante un tiempo más largo y más complicado de lo que nadie en el barrio había llegado a sospechar.
Inés se apoyó en la barra y sacó el móvil mientras esperaba.
Un mensaje de su madre. Un audio, claro, de tres minutos y pico, que esta vez sí escuchó porque algunas cosas con el tiempo se aprenden.
La voz de su madre, alegre, deseándole un año maravilloso, contándole algo sobre Estambul que ya no recordaba si era plan real o broma recurrente, y al final, casi de pasada: Mañana comemos los cuatro, ¿verdad?
Tu padre también viene. Le he dicho a Moisés que prepare algo, que cocina mejor que tú, cariño, no te ofendas.
Inés sonrió.
Tenía razón.
Bajo el mensaje de voz había una notificación de noticias que llevaba toda la semana apareciendo de vez en cuando. La abrió sin pensarlo demasiado, como quien repasa un titular conocido.
Avances prometedores en tratamiento experimental para el Alzheimer: el equipo liderado por los investigadores Alex Duarte y Ramiro Núñez presenta resultados preliminares positivos en la segunda fase del ensayo clínico.
Había una foto pequeña. Los dos en un laboratorio, batas blancas, la misma seriedad con la que Inés los recordaba pero ahora con algo distinto en la postura.
Ya no parecían hombres huyendo.
Parecían hombres que, por fin, podían dedicarse a curar.
Inés se quedó mirando la foto un momento.
Era la primera vez que veía su nombre en un periódico sin sentir miedo.
Pensó en el panel en la pared del piso de Chamberí. En las fotos suyas que habían estado colgadas ahí sin que ella lo supiera. En todo lo que había tenido que pasar para que esos dos hombres llegaran a este titular.
Guardó el móvil.
Cogió el café que Juan le había dejado en la barra.
—Felicidades —dijo Juan, sin más explicación, porque claro que se acordaba.
—Gracias.
Salió a la calle con el café en la mano y la sensación de que llegaba tarde a algo importante, que era, después de todo, su tradición personal más consolidada.
El piso de Moisés olía a algo en el horno cuando Inés llegó.
Abrió con su propia llave, que era un privilegio relativamente reciente y que todavía le producía una pequeña satisfacción cada vez que la usaba, y se encontró el salón ya lleno de gente y de ruido.
—¡Por fin! —dijo Amaya, levantándose del sofá para abrazarla—. Pensábamos que te habíamos perdido otra vez.
—He llegado solo veinte minutos tarde.
—Para ti eso es puntualidad olímpica.
Yago levantó la copa a modo de saludo mientras Víctor asentía con esa expresión de quien todavía no terminaba de creerse que vivir del deporte fuera realmente posible.
Sandra removía una salsa en la cocina con la misma naturalidad con la que ahora hablaba de órdenes judiciales y malware.
—Felicidades —dijo Sandra, sin levantar la vista de lo que estaba removiendo—. El año que viene espero que llegues antes.
—El año que viene seguramente no.
Moisés se giró cuando la oyó entrar en la cocina.
No dijo nada. Solo la miró un momento, con una expresión que decía más que cualquier frase, y luego le dio un beso breve antes de volver a la salsa.
—¿Necesitas ayuda? —dijo Inés.
—No.
—¿Eso es un no real o un no de cortesía?
—Es un no de que sé lo que pasó la última vez que intentaste ayudar con la cafetera.
Inés decidió no insistir.
Estaban todos cuando llegó Gustavo, casi una hora más tarde, con un ramo de flores que claramente había comprado en la gasolinera de camino.
—Felicidades —le dijo a Inés, dándole un abrazo rápido.
—Gracias. ¿Va todo bien?
Gustavo miró a Moisés.
—Ha aparecido algo raro —dijo—. Un objeto que no cuadra con el resto de la escena. Mañana querríamos que le echaras un vistazo. No es nada urgente. Pero pensé que querríais saberlo.
Inés miró a Moisés.
Moisés la miró a ella.
—Mañana —dijo Inés—. Hoy es mi cumpleaños.
—Mañana —confirmó Gustavo—. Felicidades otra vez.
Y se sentó a comer tarta como si no hubiera dicho nada.
Más tarde, cuando ya habían cantado el cumpleaños feliz y Moisés había apagado las velas con ella entre risas porque Inés se negaba a hacerlo sola, se quedó un momento en la cocina recogiendo platos.
Cogió la copa de Yago, olvidada en la encimera, y la llevó al fregadero sin pensarlo.
Tocó la copa.
El recuerdo llegó igual que llegan los ecos.
Suave.
Sin dolor.
Yago mirando a Amaya. No una vez, sino muchas, superpuestas. La forma en que la buscaba con los ojos cuando ella hablaba con otra persona. Un momento concreto, reciente, en el loft de Salamanca, en el que él había estado a punto de decir algo y se había detenido.
Inés soltó la copa con más cuidado del necesario.
Se acercó a Yago cuando Víctor se levantó a por más bebida.
—Yago.
—Dime, cumpleañera.
—Para alguien que lee patrones en todo, hay uno que se te está escapando.
—¿Cuál?
Inés miró hacia Amaya y luego otra vez a él.
—Ella siente lo mismo.
Yago se quedó callado un momento, lo cual en él era prácticamente un acontecimiento.
—No sé de qué hablas —dijo, sin la convicción habitual.
—Sí lo sabes.
Yago miró a Amaya desde el otro lado del salón. Ella levantó la vista en ese momento, como si lo hubiera notado, y le sonrió antes de volver a la conversación con Sandra.
—Llevo meses calculando el momento adecuado —dijo, en voz baja.
—El momento adecuado es ahora.
—¿Y si me equivoco?
Inés sonrió.
—No te vas a equivocar. Pero si te ayuda a decidirte, son las 23:23.
Yago miró el reloj.
Eran exactamente las 23:23.
Se quedó mirándola con una expresión que no era del todo sorpresa, sino algo más parecido al reconocimiento.
—¿Y tú qué? —dijo—. ¿También has hecho tus números esta noche?
—No me hacen falta.
Yago sonrió. Dejó la copa. Se ajustó las gafas amarillas con el gesto de quien se está preparando para algo.
Y cruzó el salón hacia Amaya.
Inés se quedó en la puerta de la cocina, observando.
Vio a Yago decir algo. Vio a Amaya quedarse quieta un segundo, esa quietud rara en ella que solo aparecía cuando algo la sorprendía de verdad. Vio cómo le cambiaba la cara, despacio, hasta convertirse en algo que era pura luz.
Un año atrás, Inés no conocía a la mitad de las personas que ahora llenaban ese salón.
No sabía lo que era una visión. No sabía que existía un proyecto llamado Huella, ni que un hombre de traje oscuro la observaría desde un pasillo, ni que acabaría enamorándose de un inspector de policía con el que se había cruzado en un ascensor sin que ninguno de los dos lo supiera todavía.
Pensó en lo afortunada que era.
No por el don. O no solo por eso.
Por todo lo demás.
Moisés le rodeó la cintura por detrás.
—¿Estás bien? —dijo, en voz baja.
Inés se giró hacia él.
—Perfectamente.
Apoyó la cabeza en su hombro.
Durante un instante pensó en la taza.
En la cuchara.
En el botón del ascensor.
En la carpeta azul.
En el USB que había encontrado por casualidad.
Sonrió.
Nunca habían sido los objetos.
Detrás de ellos, alguien gritó algo sobre la tarta. Yago hablaba con Amaya en voz baja, las cabezas muy juntas. Sandra le robaba una patata frita a Víctor. Gustavo se reía con Ana y José, que acababan de llegar.
Moisés apoyó la barbilla sobre su cabeza.
Por primera vez, no llegaba tarde.