La memoria de las cosas Capítulo 33 — Por fin
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Capítulo 33 — Por fin

INÉS

Lo primero que sintió al salir de comisaría fue que ya no pesaba nada.

No era exactamente alivio. Era algo más físico que eso. Como cuando llevas tanto tiempo cargando algo que te olvidas de que lo estás cargando, y de repente no está, y el cuerpo no sabe qué hacer con el espacio que ha quedado libre.

Respiró el aire de la noche.

Moisés estaba a su lado, con las manos en los bolsillos, mirando la calle. Y entonces Inés lo miró. De verdad, de esa forma en que no habías mirado a alguien porque siempre había algo más urgente en lo que fijarse.

Lo miró.

Un metro ochenta y cinco de inspector con la chaqueta algo arrugada después de un día muy largo.

El pelo todavía con la forma que le dejaba la ducha de las seis y media de la mañana.

La mandíbula con la barba de tres días que nunca era de cuatro ni de dos.

Los ojos oscuros, más oscuros de lo que parecían a distancia.

Y la postura de siempre, la de alguien que sabe exactamente dónde está sin necesitar demostrarlo.

Inés pensó, con una claridad que no esperaba, que estaba muy bueno.

Luego pensó que eso era exactamente el nivel de madurez emocional que cabía esperar de ella.

Luego pensó que le daba igual.

Cuando él se dio la vuelta y la pilló mirándolo, pensó que ojalá hubiera mirado para otro lado dos segundos antes.

—¿Qué? —dijo él.

—Nada —dijo Inés.

Moisés la miró un momento con la expresión de quien sabe perfectamente que no es nada pero decide no insistir.

—Te llevo a casa —dijo.

—Vale —dijo Inés.

MOISÉS

El coche olía igual que siempre.

No sabía por qué lo notaba ahora. Quizás porque todo lo demás había cambiado y el olor del coche era exactamente el mismo que hacía tres semanas, antes de que una mujer con un bolso demasiado grande apareciera en su investigación viendo cosas en los objetos.

Arrancó.

Inés estaba mirando por la ventanilla. No el móvil, no el bolso. La calle. Como alguien que por primera vez en mucho tiempo puede permitirse mirar sin buscar nada.

La luz de una farola le dio en la cara en ese momento y Moisés vio lo que hacía semanas que no había tenido tiempo de ver bien.

Los ojos verdes con la mota amarilla que cambiaba según la luz.

El pelo caoba recogido en una coleta, práctica, sin pretensiones.

La línea de la mandíbula. La forma en que fruncía el ceño levemente cuando pensaba en algo que no le cuadraba.

Volvió a fijar la mirada en la carretera.

Hablaron de cosas sin importancia, que era exactamente lo que necesitaban después de días hablando solo de cosas con demasiada importancia.

De la cafetera de Moisés y la opinión de Inés al respecto, que seguía siendo mala.

De si los tacos franceses eran o no una cena apropiada para una investigación policial.

De Iván tarareando a Estopa como banda sonora involuntaria de todo el proceso.

En algún momento en que el tráfico lo obligó a parar en un semáforo le rozó la pierna sin pensar demasiado en ello.

Iba a retirar la mano.

Inés la sujetó.

No dijo nada. Solo la sujetó con los dedos entrelazados en los suyos y siguió mirando por la ventanilla.

Moisés siguió conduciendo.

INÉS

Tenía la mano cálida.

Era un pensamiento absurdo para el momento pero era lo que pensaba. Que tenía la mano cálida y que llevaba semanas notando cosas de él de esa manera, en fragmentos pequeños que no formaban un cuadro completo hasta que de repente sí lo formaban.

El semáforo se puso verde.

Él no retiró la mano. Condujo con una sola, que Inés habría dicho que era una imprudencia en otras circunstancias pero que en ese momento le pareció perfectamente razonable.

Llegaron a su calle.

Aparcó. Apagó el motor. Y los dos se quedaron un momento en silencio con las manos todavía entrelazadas en el espacio entre los dos asientos, sin que ninguno hiciera el gesto de soltarse ni de salir.

—¿Subes? —dijo Inés.

No era exactamente una pregunta.

—Sí —dijo Moisés.

Salieron del coche.

Inés iba delante y Moisés detrás, y ella era perfectamente consciente de ese orden y de lo que implicaba.

MOISÉS

El piso de Inés era completamente ella.

Libros en pilas que no eran exactamente estanterías pero tampoco exactamente desorden. Una chaqueta sobre la silla que probablemente llevaba ahí desde el lunes. Y en la encimera, el termo de Amaya que alguien había dejado ahí y que Inés miró un segundo antes de sonreír.

—¿Quieres algo? —dijo ella.

—No.

Se quedaron de pie en el salón mirándose con esa distancia de dos metros que de repente parecía más pequeña de lo que había sido nunca.

Inés se soltó la coleta.

El gesto fue completamente casual, de quien lleva demasiado tiempo con el pelo recogido y necesita soltarlo. El pelo caoba le cayó sobre los hombros, largo, liso.

Moisés no dijo nada.

Pero lo anotó.

—¿Qué? —dijo Inés, que había visto un leve asentimiento de él mientras la miraba.

—Nada —dijo Moisés.

—Eso me lo dices tú mucho.

—Tú me lo dices más a mí.

Inés abrió la boca para responder y luego la cerró porque tenía razón.

INÉS

Dio un paso hacia él.

Le puso una mano en el pecho. No como gesto romántico sino como comprobación, como quien necesita asegurarse de que algo es real antes de seguir. Notó el latido bajo la tela de la camisa. Regular. Constante.

Moisés no se movió.

Entonces él le cogió la mano despacio. Se la llevó a los labios y la besó, suave, sin prisa, con los ojos fijos en los suyos.

Inés abrió ligeramente los labios.

Y solo con ese gesto sintió que se le erizaba la nuca.

Dio un paso más.

Ya no quedaba ningún caso entre los dos.

Ninguna pregunta pendiente. Ninguna desaparición. Ninguna llamada que pudiera interrumpir aquel instante.

Solo ellos.

MOISÉS

Le apartó despacio un mechón de pelo de la cara.

—Inés.

—Llevo semanas esperándote.

Él la miró como si quisiera comprobar que hablaba en serio.

—Yo también.

Moisés sonrió apenas.

Eso era exactamente lo que llevaba tiempo esperando escuchar.

Entonces la besó.

Al separarse, ella soltó un hipido.

Después estornudó.

Los dos se quedaron inmóviles.

—Vaya —dijo Moisés—. A ver si me tienes alergia.

Inés se echó a reír.

—Habrá que investigarlo, inspector.

Lo empujó con suavidad hacia el sofá.

INÉS

Se besaron otra vez.

Sin prisa.

Como si durante semanas hubieran estado conteniendo exactamente aquel momento.

Entre beso y beso aparecieron las primeras risas. Una manga que no encontraba el camino correcto. Un zapato que ninguno conseguía quitarse sin perder el equilibrio. Una carcajada compartida que terminó con las frentes apoyadas una contra la otra.

—Estamos haciendo un ridículo importante —murmuró Inés.

—No pienso levantar atestado.

Ella volvió a besarlo.

Después dejaron de reír.

El resto llegó con la naturalidad de las cosas que llevan demasiado tiempo esperando.

La ropa fue quedando atrás.

También las dudas.

También el miedo que ninguno había sabido nombrar.

Y, por primera vez desde que se conocieron, no había nada más.

MOISÉS

Cuando la ciudad empezó a quedarse en silencio, los dos seguían despiertos.

La ventana del dormitorio estaba entreabierta y entraba el aire fresco de la madrugada.

Inés descansaba con la cabeza sobre su pecho mientras dibujaba círculos distraídos con un dedo sobre su piel.

Horas más tarde, Moisés seguía mirando el techo pensando que hacía tiempo que no se sentía así de quieto.

No tranquilo exactamente. Quieto. Como cuando las piezas están en el sitio que les corresponde y el cerebro puede por fin dejar de buscar el hueco que falta.

A su lado, Inés respiraba con la cadencia de quien se ha quedado dormida hace exactamente diez minutos pero todavía no del todo.

—¿Estás despierto? —dijo ella, sin abrir los ojos.

—Sí.

—¿En qué piensas?

Moisés tardó un momento.

—En nada concreto.

Inés abrió un ojo.

—Eso es mentira.

—Sí —admitió él.

Silencio.

—¿En qué piensas? —repitió ella.

Moisés miró el techo.

—En que llevaba semanas con demasiadas cosas en la cabeza —dijo—. Y que ahora mismo no hay ninguna que no pueda esperar a mañana.

Inés lo miró un momento.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Que hablas poco. Pero cuando hablas, aciertas. Y quizá por eso eres bastante buen inspector.

Moisés giró la cabeza hacia ella.

—¿Solo bastante bueno?

—No quiero que se te suba a la cabeza.

Él la miró.

Ella le sostuvo la mirada.

Y entonces los dos se rieron, de esa forma en que se ríe la gente cuando está cómoda y ya no hay nada que demostrar.

Inés volvió a mirar el techo.

—Moisés.

—Dime.

—Nada.

Pausa.

—Solo quería comprobar que seguías aquí.

Moisés no respondió durante un momento.

—Buenas noches, Inés.

—Buenas noches.

Y cerró los ojos.