La Médium XII. El pan de cada día #3
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XII. El pan de cada día #3

—Será mejor volver antes de que Marta decida salir a buscarnos.

Comenzó a caminar. Agatha permaneció un momento más mirando hacia la colina. El templo seguía allí, silencioso e inmóvil.

Aun así, algo dentro de ella le decía que aquel lugar esperaba algo. O a alguien. Finalmente siguió a Lucien, sin saber que en lo alto de la colina el templo también acababa de notar su presencia.

Cuando Agatha regresó a casa, el sol ya comenzaba a esconderse tras las montañas.

El aroma del guiso llenaba la cocina.

Marta removía una olla de hierro mientras tarareaba una melodía que Agatha no conocía.

Lucien terminaba de cortar leña junto a la puerta. Al verla entrar, dejó el hacha apoyada contra el tronco. Agatha dejó el cesto vacío sobre la mesa.

Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Entonces recordó el pequeño paquete.

Sacó los guantes de lana con cuidado. Marta levantó la vista.

—Liora.

Agatha asintió.

—No quiso aceptar un no por respuesta.

La anciana tomó uno de los guantes entre sus dedos. Sonrió con ternura.

—Así es ella.

Pasó el pulgar por la lana.

—Siempre teje uno más de lo que necesita. Por si alguien llega.

Agatha permaneció mirando los guantes. Aquellas personas hacían sitio para desconocidos. Como si esperaran que, tarde o temprano… Alguien necesitara un hogar.

Y esa idea le provocó una sensación extraña. Una mezcla de calma y miedo. Porque un hogar era algo que podía perderse. Y ella había perdido demasiadas cosas.

La cena transcurrió entre conversaciones sencillas. Nada importante. Nada que pudiera cambiar el destino de un reino. Y quizá por eso…

Era lo más importante que Agatha había vivido en mucho tiempo. Hablaron del molino que necesitaba una reparación. Del invierno que parecía llegar antes ese año.

Del hijo del carpintero que había aprendido por fin a leer. De cosas pequeñas. De cosas normales. De esas que en Arcadia nunca parecían tener espacio.

Agatha apenas intervenía. Escuchaba. Al principio solo por educación. Después porque quería hacerlo.

Sin darse cuenta… Empezó a recordar nombres. La mujer que vendía verduras. El herrero que discutía con todo el mundo pero siempre ayudaba primero.

La anciana de la casa cubierta de musgo. Los niños bajo el roble. Liora y sus guantes de lana. Cada persona dejaba de ser un rostro más.

Cada historia dejaba de ser ruido. Poco a poco, Valdoren empezaba a dejar de ser una suma de desconocidos.

Cuando terminó de comer, salió unos minutos al porche. Necesitaba aire. La noche había caído sobre el valle. El cielo estaba completamente limpio.

Miles de estrellas cubrían la oscuridad. Agatha levantó la vista. Nunca las había visto así. Tan brillantes.

Tan cercanas. En Arcadia las noches siempre estaban llenas de luces artificiales. Velas. Antorchas.

Palacio. Pero allí… La oscuridad no parecía algo que ocultar. Era parte del paisaje.

Detrás de ella, la puerta se abrió. Agatha no necesitó mirar para saber quién era. Lucien salió en silencio. Se apoyó en la barandilla sin decir nada.

Permanecieron varios minutos contemplando el cielo. Sin preguntas. Sin discusiones. Sin tener que fingir.

Fue Agatha quien habló primero.

—¿Siempre hay tantas estrellas?

Lucien levantó la vista.

—Siempre estuvieron ahí. Solo que no siempre las miramos.

Agatha sonrió apenas. Porque la respuesta parecía sencilla. Pero de alguna forma… Sentía que escondía algo más.

—Hoy he pensado algo.

Lucien giró ligeramente la cabeza.

—Eso suena peligroso.

Agatha le dio un ligero codazo.

—He pensado…

Miró nuevamente el cielo.

—Que quizá llevaba demasiado tiempo creyendo que conocía el mundo.

Lucien no respondió enseguida. Sus ojos siguieron fijos en el firmamento.

—El mundo cambia cuando dejamos de mirarlo desde el mismo sitio.

Agatha guardó silencio. Porque quizá ese era el problema. Durante toda su vida había visto el mundo desde una ventana. Desde una sala de palacio.

Desde el apellido que cargaba. Desde lo que otros habían decidido que debía ser. Pero Valdoren le estaba mostrando algo diferente.

Un mundo donde una hogaza de pan podía significar más que un banquete.

Donde unos guantes de lana podían pesar más que una joya.

Donde un pueblo entero podía abrir espacio para alguien sin preguntar primero de dónde venía.

Por primera vez desde que había abandonado Arcadia, no sintió la necesidad de volver.

Antes de que pudiera decir nada más, la puerta volvió a abrirse detrás de ellos. Marta apareció con dos mantas entre los brazos.

—Si vais a seguir mirando las estrellas, al menos hacedlo con compañía.

La anciana extendió las mantas frente a la casa.

Agatha la observó con curiosidad.

—¿Qué haces?

La anciana acomodó una de las mantas sobre el suelo.

—Esperar.

Agatha frunció el ceño.

—¿A quién?

Marta sonrió.

—Ya lo verás.

Al principio Agatha no entendió. Hasta que una puerta se abrió. Después otra. Y otra más.

Uno a uno, los habitantes de Valdoren comenzaron a salir de sus casas.

Edric apareció con un pequeño banco de madera. Liora llevaba un canasto de lana entre los brazos.

Los niños corrían de un lado a otro persiguiéndose con pequeños faroles de aceite.

Nadie parecía tener prisa. Nadie parecía necesitar una razón. Simplemente… Se reunían.

Agatha observó la escena con curiosidad.

—¿Hay alguna celebración?

Marta negó con la cabeza.

—No.

Agatha miró alrededor.

—Entonces…

La anciana señaló el cielo.

—Es el primer cielo despejado en casi una semana.

Como si aquella explicación fuera suficiente. Y para ellos lo era.

Lucien se sentó sobre uno de los troncos junto al fuego que alguien acababa de encender.

Agatha tomó asiento cerca. Durante unos segundos observó la escena. No había música de corte. No había discursos.

No había personas intentando demostrar su importancia. Solo un grupo de personas compartiendo una noche tranquila.

—Si preguntas mucho, dejarán de invitarte.

Agatha giró la cabeza hacia Lucien.

—Qué hospitalario.

Él tomó su taza.

—Estoy intentando ayudarte.

Ella rodó los ojos.

—Eso es preocupante.

Una voz rompió la conversación.

—¡Marta!

Edric levantó una mano desde el otro lado del círculo.

—¿Quién contará la historia esta noche?

La anciana señaló a Lucien con el mentón.

—Hoy le toca al forastero.

Lucien casi dejó caer la taza.

—Ni hablar.

Varias risas se escucharon alrededor.

—Las normas son las normas.

Liora sonrió.

—Quien no nació en Valdoren cuenta una historia. Es el precio por compartir nuestro fuego.

Lucien miró a todos alrededor. Los niños. Los ancianos. Los vecinos.

Todos esperaban. Incluso los más pequeños guardaban silencio. Agatha tuvo que contener una sonrisa.

Era la primera vez que veía a Lucien sin saber exactamente qué hacer.

Él suspiró.

—Sois peores que un tribunal.

Edric asintió con absoluta seriedad.

—Lo sabemos.

Agatha no pudo evitar sonreír. Lucien la miró de reojo.

—No te acostumbres.

—¿A qué?

—A verme en esta situación.

Ella levantó una ceja.

—Demasiado tarde.

Lucien volvió la mirada hacia el fuego. Durante unos segundos permaneció en silencio. Como si buscara la historia adecuada. Como si hubiera demasiadas cosas que no podía contar.

Finalmente habló.

—Está bien. Pero si la historia es mala…

Miró a Edric.

—La culpa será vuestra.

Todos guardaron silencio. El fuego crepitó en el centro del círculo. Las chispas ascendieron lentamente hacia el cielo. Lucien observó las llamas.

Y comenzó:

—Hace mucho tiempo…

Su voz cambió ligeramente. Más baja. Más antigua.

—Existía un bosque donde los árboles nunca perdían las hojas.

Agatha levantó lentamente la vista. No sabía por qué. Pero aquella historia… No sonaba como una simple historia.

Sonaba como un recuerdo. El silencio se mantuvo durante unos segundos. Hasta que Edric removió las brasas con un pequeño palo.

—Bueno…

Todos lo miraron. El herrero sonrió.

—Si el forastero no piensa contar nada más…

Lucien levantó una ceja.

—Nunca dije que supiera contar historias.

—Entonces escucha.

Edric señaló el fuego.

—Siempre hace falta alguien que escuche.

Los niños se acomodaron alrededor de las llamas. Incluso los adultos guardaron silencio. No era solo una historia. Era una costumbre.

Una de esas pequeñas tradiciones que mantenían unido al pueblo. Edric tomó el palo entre sus manos y observó las brasas.

—¿Sabéis por qué Valdoren nunca tuvo murallas?

Uno de los niños levantó la mano inmediatamente.

—¡Porque nunca nos atacaron!

El herrero negó con la cabeza.

—No.

Hizo una pausa.

—Porque nunca tuvimos piedra suficiente.

Las risas recorrieron el círculo. Incluso Agatha sonrió.

—Al principio solo había cuatro casas.

Edric miró hacia las luces del pueblo.

—Y un molino. Nada más.

—La primera cosecha se perdió con las heladas.

Lanzó una pequeña rama al fuego.

—La segunda se la llevaron los lobos.

—La tercera…

Sonrió ligeramente.

—Se la comieron ellos mismos antes de sembrar.

—¿Y sobrevivieron?

La pregunta salió de Agatha antes de que pudiera evitarlo. Edric la miró. No con sorpresa. Como si hubiera esperado que preguntara.

—A duras penas.

Liora tomó la palabra.

—Dicen que el primer invierno compartían una única olla entre todas las familias.

Acomodó el canasto de lana sobre sus piernas.

—Si una casa tenía verduras…

Otra persona ponía leña.

—Si alguien cazaba un conejo…

Todos cenaban conejo. Marta asintió despacio.

—Y cuando no había nada…

El fuego iluminó los rostros del pueblo.

—Se compartía el hambre.

Nadie habló durante unos segundos. No porque no supieran qué decir. Sino porque todos allí conocían esa historia. No como una leyenda.

Como una herencia. Agatha observó los rostros alrededor del fuego. Nadie hablaba con orgullo. Nadie intentaba parecer más fuerte de lo que era.

Lo contaban como algo natural. Como si sobrevivir juntos no fuera una hazaña. Sino la única opción posible. Edric levantó la vista hacia ella.

—Por eso nadie aquí pregunta cuánto tienes. Solo pregunta qué necesitas.

Agatha bajó la mirada.

Aquella historia chocaba con todo lo que Arcadia le había enseñado sobre la fuerza de un reino.

El fuego continuó ardiendo frente a ellos.