XII. El pan de cada día #2
Agatha bajó la mirada hacia la manzana. Y sonrió.
—Creo que se equivocan.
El cesto quedó casi vacío cuando Marta se detuvo frente a una casa de dos plantas.
Desde el interior llegaba el sonido rítmico de un telar.
—¿Liora? —llamó.
Una mujer joven apareció en la ventana.
Llevaba una madeja de lana sobre los hombros y varias hebras enredadas entre los dedos.
—¡Marta! Dame un momento.
Desapareció de la ventana. Pocos segundos después abrió la puerta.
—Pensé que hoy vendrías más tarde.
—El pan no entiende de horarios.
Liora sonrió. Después miró a Agatha.
—Así que tú eres la muchacha de la que todos hablan.
Agatha sintió un ligero calor en el rostro.
—Espero que hablen bien.
Liora inclinó la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Depende de a quién preguntes.
Las tres rieron. Liora recibió la hogaza. Pero antes de cerrar la puerta volvió al interior de la casa. Agatha la observó confundida.
Un momento después regresó con un pequeño paquete envuelto en tela.
—Toma.
Marta negó con la cabeza.
—No era necesario.
—Lo sé.
Liora extendió el paquete hacia Agatha.
—Pero hace frío por las noches.
Agatha lo recibió con cuidado. Al desenvolverlo encontró un par de guantes de lana. Sencillos. Tejidos a mano.
Perfectamente imperfectos. Levantó la mirada, sorprendida.
—No puedo aceptarlos.
Liora sonrió.
—Claro que puedes.
—Pero… ni siquiera nos conocemos.
La mujer no dudó.
—Precisamente por eso. Nadie debería pasar frío mientras los demás pueden evitarlo.
Agatha pasó los dedos por la lana. Era suave, cálida y completamente inesperada.
No recordaba la última vez que alguien le había dado algo solo porque podía hacerlo.
—Gracias…
Fue lo único que consiguió decir. Cuando retomaron el camino, Marta habló sin mirarla.
—Ahora entiendes por qué nunca sobra pan.
Agatha miró el cesto vacío y después los guantes entre sus manos. Finalmente comprendió que el pan era solo una parte de lo que Marta repartía cada mañana.
Por primera vez en mucho tiempo, deseó poder quedarse. El cesto quedó vacío antes del mediodía. Marta soltó un suspiro satisfecho.
—Hemos terminado.
Agatha miró alrededor. La plaza seguía llena de vida.
El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña y la tierra húmeda.
Era extraño. Nunca había imaginado que un lugar pudiera sentirse… Tranquilo. No como una pausa antes de una tormenta.
No como un momento prestado. Simplemente tranquilo.
—¡Saekeri!
La voz del pequeño volvió a resonar desde el otro lado de la plaza.
Ella giró la cabeza.
El nieto de Marta corría hacia ella con un palo de madera en la mano.
—¡Ven! ¡Necesitamos una cuarta persona!
Agatha lo miró con sorpresa.
—¿Para qué?
—Para el torneo.
Miró a Marta buscando ayuda. La anciana solo sonrió.
—Parece que ya tienes planes.
Agatha señaló a los niños.
—No sé jugar a lo que sea que estén jugando.
Marta se encogió de hombros.
—Nadie sabe. Por eso inventan las reglas.
Antes de que Agatha pudiera responder, el niño ya había tomado su mano.
—¡Rápido!
Y por alguna razón… Ella lo siguió.
Los demás niños la recibieron con una seriedad que no correspondía a su edad.
Habían clavado cuatro ramas en el suelo formando un cuadrado. Uno sostenía una escoba vieja como si fuera una lanza. Otro llevaba una olla invertida sobre la cabeza. Agatha observó la escena.
—¿Qué está pasando aquí?
El niño levantó el palo con orgullo.
—Estamos defendiendo el reino.
Agatha ocultó una sonrisa.
—¿Y de quién?
Los cuatro se quedaron pensando. Se miraron entre ellos. Finalmente, una niña respondió con total seguridad:
—Todavía no lo sabemos. Pero seguro que vendrán.
Agatha soltó una carcajada. Una risa verdadera. Sin pensar. Sin contenerse.
—Entonces supongo que habrá que preparar las defensas.
Los niños gritaron emocionados. En cuestión de segundos comenzaron a repartir tareas.
—¡Tú vigilas!
—¡Yo hago el puente!
—¡No pises el río!
Agatha bajó la vista.
—¿Qué río?
Los cuatro la miraron horrorizados. Uno señaló una línea dibujada con un palo sobre la tierra.
—¡Ese!
Ella dio un pequeño salto hacia atrás.
—Perdón.
Miró la línea imaginaria.
—Casi provoco una inundación.
Las risas estallaron alrededor. Y por primera vez en mucho tiempo… Agatha dejó de sentirse una invitada. No era una extraña que debía agradecer un lugar.
No era alguien esperando el momento en que tendrían que pedirle que se marchara.
Era simplemente otra persona jugando bajo el viejo roble. Los niños siguieron corriendo.
—¡No vale! ¡Has cruzado el río otra vez!
—¡No lo crucé!
—¡Sí lo cruzaste!
—¡Fue un pie!
Agatha observó la discusión con los brazos cruzados. Negó lentamente.
—Creo que vuestro reino necesita mejores jueces.
Los cuatro se quedaron en silencio. Después la miraron al mismo tiempo. Aquella reacción no le gustó.
—¿Qué?
El nieto de Marta sonrió de oreja a oreja.
—Tú.
Agatha frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—Tú serás la jueza.
Abrió la boca para negarse. No llegó a hacerlo.
Cinco minutos después estaba intentando decidir si un pie contaba como cruzar un río imaginario.
—Mi sentencia es…
Todos contuvieron la respiración. Agatha miró la línea marcada sobre la tierra. Después a los niños.
—…que el río estaba demasiado cerca.
Hubo unos segundos de silencio. Luego todos rompieron a reír.
—¡Eso no es una sentencia!
Agatha levantó una ceja.
—Pues moved el río.
Uno de los pequeños tomó el palo y arrastró la línea unos centímetros.
—Ahora está más lejos.
—Perfecto.
Asintió con solemnidad.
—Caso resuelto.
Las protestas desaparecieron tan rápido como habían empezado.
Los niños continuaron jugando como si aquel hubiera sido el juicio más importante del reino.
Y Agatha los observó con una sonrisa. Qué sencillo era todo. No había estrategias. No había alianzas.
No había palabras escondidas detrás de otras palabras. Solo niños discutiendo por un río que no existía.
—Se te da bien.
La voz hizo que levantara la vista. Edric, el herrero, había dejado el martillo sobre el yunque. Tenía los brazos cruzados y una expresión divertida.
—¿Juzgar ríos imaginarios?
El hombre negó con la cabeza.
—Escuchar antes de hablar. No es tan común.
Agatha se encogió de hombros.
—Supongo que era la única forma de que dejaran de discutir.
Edric soltó una breve risa.
—Eso mismo intento hacer con los adultos desde hace veinte años.
Agatha sonrió.
—Y parece más difícil.
—Mucho más.
El herrero volvió la mirada hacia la plaza.
—Los niños olvidan los enfados enseguida.
Tomó nuevamente el martillo.
—Los mayores…
Hizo una pausa.
—Los coleccionan.
Aquellas palabras quedaron resonando un instante. Agatha pensó en Arcadia. En las discusiones interminables. En las heridas que nadie quería cerrar.
En la guerra.
En el odio que pasaba de una generación a otra como si fuera una herencia.
Y comprendió que Edric tenía razón. El herrero volvió al trabajo. Antes de levantar el martillo añadió:
—Valdoren necesita gente que escuche.
El golpe del metal contra el hierro llenó la plaza.
—No solo gente que empuñe una espada.
Agatha permaneció inmóvil unos segundos. No sabía por qué… Pero aquellas palabras pesaban más que cualquier armadura que hubiera llevado.
Porque toda su vida le habían enseñado que la fuerza estaba en resistir.
En imponerse. En no mostrar debilidad. Pero aquel pueblo parecía sobrevivir de una forma completamente diferente. Escuchando.
Ayudando. Compartiendo. La plaza comenzó a quedar en silencio. Las sombras se alargaron entre las casas.
Las chimeneas empezaron a llenar el aire con el olor de la cena.
Agatha caminó despacio. Todavía llevaba los guantes de lana doblados bajo el brazo. No se había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado.
—Vaya.
La voz de Lucien llegó desde la cerca del corral. Agatha levantó la vista. Él estaba sentado allí con una manzana entre las manos.
—Al final sobreviviste.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Ha estado cerca.
Lucien miró hacia la plaza.
—Creí que los niños acabarían contigo.
—Los niños.
Agatha negó con la cabeza.
—Ahora lo entiendo.
Él sonrió apenas.
—Son más peligrosos que un ejército.
Agatha se acercó a la cerca y apoyó los brazos sobre la madera.
Durante unos segundos ninguno habló. Solo se escuchaba el viento moviendo la hierba. El sonido lejano de alguna puerta cerrándose. Las voces de los últimos habitantes regresando a sus casas.
—¿Qué hacías? —preguntó Agatha.
Lucien giró la manzana entre sus dedos.
—Pensar.
Ella hizo una mueca.
—Mala costumbre.
Él giró la cabeza hacia ella.
—Lo dice la mujer que pasa horas mirando por las ventanas.
Agatha levantó una ceja.
—Eso no es pensar.
—¿Ah, no?
—Es…
Buscó la palabra adecuada.
—Intentar entender.
Lucien la observó durante un instante. Era una respuesta muy propia de ella. Siempre intentaba encontrar sentido a aquello que los demás simplemente aceptaban.
—¿Y ya lo entiendes?
Agatha volvió la mirada hacia el pueblo. Las luces comenzaban a encenderse una tras otra. Liora cerraba los postigos de su casa. Edric apagaba poco a poco la fragua.
Marta llamaba a su nieto desde la puerta. Todo parecía estar exactamente donde debía estar.
—No —respondió al fin.
Lucien esperó. Agatha tardó unos segundos antes de continuar.
—Pero empiezo a creer que hay cosas que no necesitan entenderse.
Lucien permaneció mirando el pueblo.
—Eso también es peligroso.
Agatha frunció el ceño.
—¿Por qué?
Él dejó pasar unos segundos.
—Porque cuando uno deja de hacerse preguntas…
La miró.
—Empieza a confiar.
Agatha guardó silencio.
—Y confiar siempre tiene un precio.
Agatha sostuvo su mirada. Aquellas palabras no sonaban como un consejo. Sonaban como algo aprendido. Como una herida antigua.
Como una verdad que alguien le había obligado a entender. Estuvo a punto de preguntarle qué había ocurrido. Qué había visto. Qué había perdido para pensar así.
Pero Lucien ya había cambiado de expresión. Como si acabara de recordar algo. Levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se dirigieron hacia la colina donde se alzaba el antiguo templo.
La sonrisa desapareció. Solo por un instante. Fue tan breve que Agatha casi creyó haberlo imaginado.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Lucien tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Se levantó de la cerca.