La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) I - PLEBEYO Y PRÍNCIPE
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La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4)

La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4)

Por Louis Joseph Vance

© inepub.com

I - PLEBEYO Y PRÍNCIPE

El caballero al que se vio aquella tarde invernal de mil novecientos, recostado con un hombro contra la pared de la lúgubre sala de ventas y hojeando ociosamente un catálogo de los bienes que estaban a punto de subastarse, no estaba en absoluto aburrido; pero su displicencia era tan auténtica que a cualquier espectador inocente e inevitable se le habría perdonado por ver en él a una lastimosa víctima del más absoluto tedio.

De hecho, en su fuero interno saboreaba la vida con envidiable entusiasmo.

En aquellos días podía hacerlo, y lo hacía: estar vivo era el pasatiempo más satisfactorio que podía imaginar o desear él, un hombre que constituía un éxito rotundo tanto en su propia opinión como en la realidad; puesto que todo el mundo por cuya opinión sentía el más mínimo aprecio lo admiraba, respetaba y estimaba en su faceta pública, y lo admiraba, respetaba y temía en su ámbito privado, rindiéndole además un cuantioso tributo.

Más aún, era joven, todavía muy joven de hecho, y apenas cruzaba el umbral de su carrera elegida.

Ante su ávida mirada exploradora, el futuro se desplegaba a semejanza de un pergamino interminable iluminado por aventuras picantes, pintorescas y lucrativas.

Con la feliz seguridad de una afortunada insolencia juvenil, se imaginaba el mundo como su ostra particular; y si su método de servirse del suculento contenido de aquella obstinada concha podía considerarse cuestionable (como indiscutiblemente lo era), no era más consciente de una moral que le provocara escrúpulos que de unos posibles retortijones de indigestión.

Y eso que su capacidad digestiva era soberbia. ..

Aquella forma de matar una tarde vacía, además, era muy de su gusto.

El hombre adoraba las subastas. A su juicio, un exquisito sabor a escándalo discreto impregnaba aquellas colecciones de posesiones deslucidas provenientes de hogares anónimos.

Nada estimulaba tanto su imaginación como algún mueble desgastado por el uso —digamos, un antiguo escritorio con manchas de tinta en su tapete de fieltro verde (¡la sangre reseca de cartas de amor muertas hacía tiempo!) y con todos sus casilleros y pequeños cajones vacíos de todo menos de polvo y del seductor aroma de los secretos—; o un tocador cuyo desconcertado espejo, que hoy reflejaba un entorno frío y extraño, alguna vez había vibrado cálido y atento ante la belleza de unos ojos brillantes de deleite o empañados por las lágrimas; o acaso una cama. ..

E incluso dejando a un lado tales estímulos para una fantasía viva e ingeniosa, siempre existía la posibilidad de adquirir algún tesoro incalculable en una subasta, alguna rara obra de arte opacada por el desuso y la falta de respeto que da la ignorancia: joyas de la más singular y antigua artesanía; una subestimada pieza de bronce; un libro, tal vez el ejemplar inadvertido de una primera edición con la dedicatoria de un autor inmortal a un amor olvidado; o incluso —si la suerte era excepcional— un cuadro, su brillantez prístina desvanecida, la firma del artista ilegible bajo la mugre de los años, pero con la evidencia de su origen perceptible solo para un ojo perspicaz.

.. para un ojo, por ejemplo, del que presumía Michael Lanyard. Pues las pinturas eran su pasión.

De hecho, ya a esta temprana edad, estaba en vías de convertirse en una suerte de celebridad, tanto en Inglaterra como en el Continente, como un coleccionista del gusto más exquisito.

Y, por otra parte, encontraba un inagotable interés humano en el público que atraían las subastas; en los marchantes, caballeros generalmente de idiosincrasias muy marcadas; en los propios subastadores, sujetos robustos, portadores de un tipo de ingenio rudo y singular de su oficio, maestros de una profunda astucia, dotados de intuiciones que les permitían, de un solo vistazo o por la mera entonación de una voz, distinguir a los compradores serios de aquellas almas frívolas que pujaban sin intención de comprar, sino por lo general movidos únicamente por la curiosa satisfacción de poder jactarse de haber sido superados en la puja.

Sin embargo, era en las filas del público general donde uno encontraba la mayor diversión; rara vez transcurría una venta sin que se distinguiera por al menos un incidente excepcionalmente revelador o provocativo.

Y para tales momentos Lanyard estaba siempre alerta, pero en silencio, sabedor de que nada asfixia la espontaneidad tan rápido como sentirse observado.

Por lo tanto, si estudiaba a la concurrencia de cerca, se esmeraba en hacerlo encubiertamente; tal como ahora, cuando parecía estar por completo absorto en el catálogo, mientras que su mirada vagaba con total libertad.

Hasta aquel momento, apenas un puñado de personas ajenas a los marchantes habían entrado a esperar el comienzo de la subasta —algo de lo que el clima tenía gran parte de culpa, pues el día era lúgubre, con una llovizna pegajosa cayendo de un cielo bajo y plomizo— y, con una única excepción, estos pocos eran gente común y corriente.

A dicha excepción Lanyard la había localizado en el centro de la sala, en la primera fila de sillas bajo el púlpito del vendedor: por su atuendo, un individuo a la moda (aunque su gusto pudiera considerarse un tanto florido) que se comportaba con un aire difícil de definir, pero bastante distintivo a su manera.

Fuera quien fuese y cualquiera que fuese su estatus, era, sin lugar a duda, alguien de importancia según su propia estimación, y lo bastante acomodado como para vestirse según el papel que había elegido desempeñar en la vida.

Ciertamente contaba con un sastre meticuloso y un ayuda de cámara diligente, ambos saturados de la tradición británica.

Sin embargo, el hombre al que servían no era inglés.

Dejando de lado su vestimenta, todo en él poseía un matiz exótico, aunque cuáles pudieran ser exactamente sus antecedentes raciales resultaba un verdadero enigma; un aspecto tan minuciosamente europeo contrastaba de forma extraña con los indicios de ascendencia asiática que uno creía detectar en sus facciones.

No obstante, de otro modo resultaría difícil explicar la apenas perceptible inclinación de aquellos ojillos negros, el contorno impreciso de la nariz, los pómulos marcados y la escasa mata de pelo negro y áspero que llevaba aplastado con abundante brillantina por encima de aquella máscara de rasgos pálidos.

La palidez grisácea del hombre, en verdad, era sobrecogedora, hasta el punto de que Lanyard buscó durante un rato un adjetivo que le hiciera justicia, y solo quedó satisfecho cuando dio con la palabra maligno .

En efecto, maligno parecía la única e inevitable palabra; ninguna otra podría encajar tan bien con aquella extraña personalidad.

Con el interés así fijado, aguardó confiado lo que difícilmente dejaría de ocurrir: un descuido que lo delatara.

Aquello sucedió más rápido de lo que había esperado.

De pronto, la decente quietud de King Street, hasta el momento acentuada en lugar de perturbada por el traqueteo rutinario de los cabriolés y los carruajes de cuatro ruedas, se vio animada por el brío de unos cascos cuyo repiqueteo cesó abruptamente frente a la sala de subastas.

Al desviar un ojo engañosamente lánguido hacia la llorosa ventana, Lanyard obtuvo una vista parcial de un carruaje privado magníficamente equipado, un par de vigorosos caballos bayos y un cochero con librea en el pescante.

La puerta del carruaje se cerró de golpe con un chasquido sordo; un lacayo cerró un paraguas y subió a su sitio junto al conductor. A medida que el vehículo se alejaba, pudo vislumbrarse un blasón en el panel.

Dos mujeres entraron en la sala de subastas.