Capítulo 56 #3
—Este es nuestro salón de baile y por aquí está el lugar donde se encontrarán los cazadores.
No están en el mismo piso siquiera. Nosotros estaremos en el tercero y ellos en el primero.
Las estancias serán idénticas, eso sí. Creo que será una especie de caravana de producción.
Podréis ver e interactuar con los cazadores, pero no estarán por allí físicamente.
—La profesora Tiatha dice que sí que podremos tocarlos —comentó Imani—. No sé cómo conseguirán algo así.
—Se llaman salones de baile de la buena voluntad —explicó Samantha desde el borde de la mesa—.
Todo el mundo lo sabe. Son bastante habituales.
Sirven para que los embajadores y otros dignatarios que están de visita se entretengan sin miedo a los asesinatos.
Podéis tocaros entre vosotros si queréis, pero no es más que una sensación leve.
Conocí a mi rey en un lugar así. Tuvimos que esperar hasta después de la fiesta para estar juntos de verdad.
—Suspiró con dramatismo—. Cuando recupere mi cuerpo y encuentre a mi querida hija, volveré a estar a su lado algún día y seremos una familia normal y feliz.
—Empezó a rodar por la mesa de repente y se detuvo frente a Louis para luego empezar a emitir unos gruñidos extraños mientras lo miraba. Él se apartó, sorprendido.
—A mi rey le gustan mucho los intercambios de pareja, que lo sepas —le dijo a Louis—.
Quizá podríamos hablar con tu prometida para que se transforme en la zorra de mi madre, así se divertirá con mi rey.
—Después hizo algo propio de Hannibal Lecter con la lengua, con lo que consiguió que todos los que se encontraban por allí se la quedasen mirando.
Louis me miró en busca de ayuda.
—Samantha, no te pongas rarita —dije. La agarré y la tiré de la mesa. Cayó al suelo con un grito y rebotó de inmediato hasta subirse al sillón, donde empezó a insultarme. Pero se quedó en silencio cuando vio que los dos oseznos seguían por allí y la miraban con los ojos abiertos como platos.
—Vale… Entonces, las dos estancias estarán separadas, ¿no?
—continuó Louis, que intentó recuperar la conversación y usó el dedo para trazar la distancia entre los salones de baile—.
Bastante separadas, en realidad. ¿Cómo de grande es el castillo?
¿Y qué son esta especie de túneles? ¿Conductos de ventilación?
El castillo no parecía algo que pudiese relacionarse con los elfos.
La estructura blanca parecía un terrón de azúcar en mitad de un claro enorme.
Era poco más que un cuadrado blanco con cuatro torres de vigilancia en cada una de las esquinas, rodeado por un foso bastante simplón pero vacío, como una obra de arte de la Bauhaus de proporciones absurdas.
La salida meridional, que supuestamente era la nuestra, estaba justo en la base de un acantilado enorme y escarpado que se parecía al cuenco del piso anterior.
Íbamos a salir en la esquina sudeste del mapa.
Dudaba que hubiese escaleras o asentamientos por la zona. Estaría el castillo y poco más.
Como la reina Imogen era un jefe de país, seguro que se abriría una escalera al derrotarla.
—¿Cómo de grande? Pues enorme —respondí—. Aquí dice que tiene ciento cincuenta metros de lado. Es brutal.
—¿Y qué es esa habitación grande del centro? —preguntó Louis.
—El salón del trono. Está en el sexto piso.
No podremos entrar. Estoy seguro de que tendremos restricciones mágicas que solo nos permitirán estar en el salón de baile.
Creo que Samantha tenía razón con lo que dijo.
El castillo tiene tres secciones. La nuestra, la de los cazadores y la del centro, donde viven la mayoría de los altos elfos.
También hay pisos subterráneos. Parece un cubo, pero en realidad es un rectángulo en vertical debido a dichos niveles bajo tierra.
Ahí abajo hay una mazmorra y una entrada secreta.
—¿Y dónde estará Mongo? —preguntó Dónut, que miró el mapa.
—Hay dos zonas anexas para sirvientes —dije—. Ambas en la planta baja. Esta se encuentra tres pisos por debajo del lugar donde estaremos nosotros. La otra está justo debajo del salón de baile septentrional de los cazadores.
—¿Y cuántos cazadores habrá en la fiesta? —preguntó Louis.
—Según la señora de matad, matad, matad estarán todos —dije.
—Pues serán como seiscientos. Son demasiados —dijo—. Cuando termine la fiesta, habrá cien de nosotros y seiscientos de ellos en el exterior. Nos van a dar una paliza.
—Tienes razón —convine—. Por eso tenemos que ponernos manos a la obra. Quiero que, antes de que nos teletransporten, el número de cazadores se reduzca hasta doscientos cincuenta.
—Carl —me interrumpió Dónut—. Prepotente me acaba de enviar un mensaje y quiere saber dónde estamos. Dice que tiene que darme algo. Comenta que es un regalo, pero la verdad es que parece bastante enfadado.
—Hum… —dije, sin tener muy claro qué pensar al respecto.
Recordé lo que la cabra había dicho antes: «Si no puedo coexistir con mi madre en este mundo, me niego a que todos aquellos remotamente responsables de su muerte sigan con vida»—.
Quizá deberías preguntarle qué es antes de que venga.
No le digas dónde estamos por el momento.
—Ya se lo he comentado. Está de camino.
Mierda.