La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

—Ella siempre quiso ser una estrella de los realities —explicó Dónut—.

Es una pena que Odette la tenga… ¿Cómo dijo?

¿Secuestrada? Bueno. ¿Crees que me he portado muy mal con ella?

Necesitaba decírselo, pero empiezo a pensar que he sido demasiado cruel.

Por cierto, antes de que preguntes…, sí, roncas.

O al menos roncabas. En las camas nuevas ya no lo hacemos.

Unos instantes después del anuncio, Odette nos pidió que no contásemos nada sobre la entrevista hasta que no se emitiese después del próximo episodio resumen.

No del que estaban a punto de emitir, sino del siguiente.

Y luego nos comentó que volveríamos a vernos tras el derrumbe de este piso y desapareció para dejarnos a solas.

Lexis asomó la cabeza en el plató y nos indicó que volviésemos al camerino, desde donde nos volveríamos a teletransportar a la mazmorra dentro de unos pocos minutos.

—Dónut —susurré mientras avanzábamos hacia la puerta—. ¿Qué cojones? No sé en qué te has metido, ni cómo, pero madre mía. ¿Qué acaba de pasar? Mira, mejor no me lo digas. Decírmelo es demasiado peligroso incluso aquí.

—Tranquilo, Carl —aseguró—. Ya está hecho.

No había dejado de pensar en las palabras de Odette: «Es una pena que sean los Valtay. Pobrecitos».

Sospechaba desde hacía tiempo que Dónut y Zev tenían un sistema de comunicaciones secreto.

Daba por hecho que usaban el tablón de redes sociales, lo cual era muy peligroso porque, de ser cierto, estaban usando información que estaba disponible para que todo el mundo la descifrase.

Y si las redes intergalácticas eran parecidas a las que habíamos tenido en la Tierra, era muy probable que alguien terminase por descubrirlo.

Volvimos al camerino mientras yo seguía dándole vueltas al asunto.

Lexis estaba apoyada contra la mesa y fumaba de uno de esos supuestos vapeadores que usaba Quasar.

Unos zarcillos de humo flotaban en el ambiente y proyectaban las luces del arcoíris.

Olía a golosinas chamuscadas. La criatura alzó un dedo.

—Esperad.

—¿Que esperemos a qué? —pregunté.

Las luces titilaron.

—Ahí está —dijo al instante—. El cambio. El sistema se ha transferido desde los peces del fango hasta el control central de los Valtay. Tardará un minuto o dos. Ahora mismo no hay detectores conectados, por lo que hablaré rápido.

—Venga —dije.

—Vale. Cerrad el pico y escuchad —dijo Lexis, que siguió hablando a toda velocidad.

No apartó la vista de su tableta mientras lo hacía, fija en un cursor parpadeante—.

No digáis nada de esto, ya que podría considerarse hacer trampa, más que cualquier otra cosa que os haya dicho.

La reina Imogen de los altos elfos es un jefe de país.

Es un nuevo personaje esta temporada y nadie la ha visto aún, por lo que es muy probable que sea una humana reconvertida.

Están esperando para la gran revelación.

La decisión más obvia hubiese sido Beatrice, por tu relación con La venganza de la hija , pero ahora no sé a quién pondrán.

Es muy probable que no aparezca hasta la Mascarada del Carnicero.

Los cincuenta mejores mazmorreros del momento se teletransportarán a la fiesta les guste o no.

Será en el castillo de los altos elfos. Habrá celebraciones, concursos y premios.

Y podrán entremezclarse con los cazadores que queden vivos.

No sé cómo lo van a hacer, la verdad. La fiesta terminará con un gran enfrentamiento cuyo objetivo será acabar con los mejores mazmorreros.

—¿Por qué? —pregunté alarmado—. Si los Valtay se han hecho con el control, ¿no querrán que el resto de la temporada transcurra con normalidad?

—No tengo tiempo para explicároslo bien.

Los Valtay no se han hecho con todo el control, sino con un 51 % de las acciones de la Corporación Borant.

Y la recolección del sistema sigue en el limbo.

Imagina que los gusanos son vuestras nuevas niñeras o algo así.

O mejor aún, vuestro nuevo padrastro, que es tan estricto como el anterior, pero de manera diferente.

La Corporación Borant sigue controlando el juego y quieren que transcurra con normalidad.

Es lo que han querido siempre, pero estaban siendo controlados por los trastornados de sus gobernantes.

Los Valtay no van a quedar satisfechos con este nuevo trato.

Son unos obsesos del control y querrán que los diez mejores mazmorreros sean los que ellos quieran que sean.

Son como un nuevo superdepredador que se apodera de una presa.

Lo primero que harán será acabar con todo de un plumazo para empezar de cero.

—Pero antes habían patrocinado a Carl —dijo Dónut—. Carl les cae bien.

—Lo hicieron porque sabían que iba a ser un grano en el culo de los peces del fango. Pero ¿qué creéis que va a pasar ahora? —preguntó Lexis.

—Pues bajaremos antes por las escaleras —dije—. Antes de la fiesta esa.

—Eso sería lo que también os aconsejaría Odette, sí.

En ese momento me di cuenta de que todo aquello era idea de Odette, quien le había dicho a Lexis que nos lo contase debido a la naturaleza peligrosa de dicha información. Si nos pillaban, podía declararse inocente.

—Pero ¿qué pasa con los demás? —preguntó Dónut—. Aunque Elle, Katia y el resto bajen por las escaleras, seguirán usando a los cincuenta siguientes. Y ellos estarán menos preparados que nosotros. Además, ya he empezado a entrenar a Mongo para el concurso de belleza.

—Mierda —gruñí. Dónut tenía razón, claro. Pero ¿un jefe de país? Nadie estaba preparado para algo así.

—El sistema se reiniciará dentro de diez segundos —anunció Lexis sin dejar de mirar la tableta—. Os teletransportaréis dentro de quince.

—Esto es muy angustiante —gruñó Dónut—. Tengo muy claro que jamás hubiese ayudado a esos agentes secretos de Valtay a ponerse en contacto con Zev ni con el Frente de Liberación Borant de haber sabido qué iba a pasar.

Intercambié una mirada de incredulidad con Lexis, quien se quedó contemplando a la gata con la boca abierta.

—¿Qué? —pregunté justo antes de que nos teletransportasen a la mazmorra.

—Cagondiós, Dónut —gruñí—. No digas nada. No abras la boca. Pero me cago en Dios, joder.

La gata liberó a Mongo en la estancia segura, y el dinosaurio empezó a brincar de un lado a otro muy contento. Dónut saltó sobre mi hombro y apoyó la cabeza contra la mía. Yo extendí el brazo para acariciarla.

D ÓNUT : RELÁJATE, CARL. TODO SALDRÁ BIEN. NO HAY RAZÓN PARA QUEDARSE CABIZBAJO Y PREOCUPADO. TAMPOCO SE PUEDE DECIR QUE VAYA A SER PEOR QUE ANTES.

Eso no lo sabía, la verdad.

Mordecai estaba en pie en una silla abollada; era la misma que había tirado en el pasado a la cabeza de un tipo. Estaba toqueteando la interfaz de la tienda.

—¿Os habéis enterado de lo que ha ocurrido mientras estabais fuera?

—Sí —respondí—. Dicen que van a seguir respetando tu contrato.

—Eso ya lo veremos —comentó—. Estas cosas pasan a menudo, aunque no suelen ocurrir en mitad de una temporada.

Cuando lo hacen, lo normal es que se nos bloqueen los contratos mientras nos transfieren a la nueva empresa.

Y se tarda ciclos en volver a la normalidad.

Pero siempre hay abogados, cambios de normas y todo tipo de mierdas.

—Gruñó y alzó las manos para hacer clic en algo que había aparecido en la pantalla 3D de la interfaz—.

Aún no tengo claro cuánto ha cambiado. Estoy comprobando si el sistema de la tienda sigue usando software kua-tin o si lo han cambiado al sistema Valtay.

Sería una buena prueba de cuánto control tienen los nuevos.

Hum… Parece que todo está igual que antes.

—¿Eso es bueno o malo? —pregunté.

—Ambas cosas. Van a mantener la temática fantástica de la mazmorra.

Con suerte. No tiene sentido y los fans no aceptarían que el próximo piso tuviese temática Valtay, en la que hay mucho androide, coches voladores, pistolas láser y máquinas mortíferas.

El Sindicato y la IA tampoco lo permitirían y no casaría nada con vuestros conjuros, habilidades y clases.

—Suspiró y saltó de lado para luego aterrizar en la encimera—.

Por ahora, seguimos como siempre. Como la corporación sigue al mando, deberíais seguir pudiendo hablar con Zev. ¿Cómo ha ido la entrevista?

—No preguntes —dije.

—¿Cómo están las cosas por el asentamiento? —preguntó Dónut—. ¿Mis micónidos han hecho su trabajo?

—Los osunos no dejan de quejarse —explicó Mordecai—, pero diría que al fin he conseguido convencer a esos cabezotas de que los cazadores también son un peligro para ellos.

Tuvimos que rechazar el ataque de otra pareja de esos elfos pálidos del Sueño, pero luego desaparecieron en el bosque.

Sospecho que han ido a por una presa más fácil.

Mañana el asentamiento será autosuficiente, por lo que podréis dirigiros más al sur.

Esos dos tipos que trajisteis de la selva están ayudando a construir defensas con la madera. Ya han mejorado la muralla meridional.

—¿En serio? —pregunté. Solo llevábamos dos horas fuera.

—Trabajan rápido —comentó Mordecai—, sobre todo cuando están transformados.

Ah, y Katia quiere hablar contigo. Han convencido a Imani para que sea la maestra gremial y ya han comprado el espacio.

Quiere pedirte algo de dinero para comprar una cosa que se llama «sede del representante», que me permitirá mantener mi habitación cuando salga de nuestro grupo. Más o menos.

—Muy bien —dije. Estaba agotado. Abrumado.

Necesitaba dormir. El corazón no había dejado de latirme a toda velocidad después de la confesión inesperada de Dónut.

Me aterraba que lo que quiera que hubiese hecho saliese pronto a la luz, ya que en esta ocasión no habría manera de librarse de las consecuencias.

Alcé el brazo y volví a acariciarla. Sabía que fuera lo que fuese lo que había hecho, no era tanto por ayudar a unos guerrilleros, sino por ayudar a su amiga. ¿Cómo iba a enfadarme con ella? Sería muy hipócrita por mi parte. Sobre todo después de lo que acababa de ocurrir con Bea.

Por muy agotado que estuviese yo, tenía claro que el estado emocional de Dónut estaba muy frágil en aquel momento.

—Vamos, Dónut. Durmamos, reiniciemos las mejoras y salgamos otra vez.

Dónut y Mongo me siguieron sin titubear.

Pasé junto a la capilla burbujeante de Emberus de camino al dormitorio e hice una pausa lo bastante larga como para dejar caer una gota de sangre.

Pronto iba a conseguir mi primera bendición.

Entramos en la habitación y nos preparamos para dormir durante dos horas.

—¿Sabes qué, Dónut? —dije mientras me sentaba sobre la cama.

Se me quedó mirando con un miedo extraño e ilegible en la mirada.

—Tú también roncas.

Suavizó el gesto.

—Yo no he roncado jamás, Carl. Soy una princesa y una gata. Es literalmente imposible. Ahora, deja de decir tonterías y a dormir.