La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 1
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La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5)

La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5)

Por Matt Dinniman

© inepub.com

Capítulo 1

TIEMPO PARA QUE DÉ COMIENZO LA CAZA:

Felicidades, mazmorrero. Has recibido una caja de carne de venado de platino.

Bienvenido, mazmorrero, al sexto piso. «El Coto de Caza».

Corre.

Entrando en el club Desperado.

Aparecí en un despacho que me resultaba familiar.

La figura encapuchada que era Orren, esa con aspecto de la parca que era intermediario del Sindicato, estaba sentada tras el escritorio abarrotado, mirándome y tocándose las puntas de los dedos de ambas manos.

Atisbé el cristal que tenía debajo de la capucha.

Sabía que en su interior había un gusano parasitario a flote, un tipo de criatura llamada gondii que el universo consideraba ciudadano de los Valtay.

La última vez que había estado en la estancia fue después de matar a Loita la administradora.

El tipo que tenía delante era, supuestamente, un observador neutral e independiente contratado para determinar los hechos, pero tenía pruebas para pensar que algunos de estos supuestos intermediarios seguían una definición un tanto particular del término «neutral».

Katia también estaba sentada por allí. Al parecer, llevaba unos minutos más que yo y me dio la impresión de que estaba aburrida. Tenía su forma normal. Me miró y sonrió, aunque vi preocupación en su gesto.

D ÓNUT : CARL, CARL. ¿DÓNDE ESTÁS? ¡NO HEMOS LLEGADO JUNTOS! ESTAMOS CHRIS, MONGO Y YO. ¿DÓNDE ESTÁS? ¿DÓNDE ESTÁ KATIA?

C ARL : Tranquila. Katia está aquí conmigo. Hemos vuelto al despacho del vicedirector.

D ÓNUT : ¿CÓMO QUE TRANQUILA? ¡TENGO QUE ELEGIR CLASE!

—Puedes decirles a tus compañeros que pronto volverás con ellos —comentó Orren—. No tardaremos mucho.

C ARL : Dile a Mordecai que te ayude a elegir. No tardaremos nada.

D ÓNUT : ESTO NO ME GUSTA, CARL. ESTAMOS EN UNA FILA MUY GRANDE CON OTROS MAZMORREROS. Y MONGO ESTÁ ASUSTADO.

C ARL : Dónut, todo saldrá bien. El intermediario este con una pecera por cabeza me dará un sermón y listo. Guarda a Mongo, habla con Mordecai y asegúrate de añadir al chat a todos los que tengas cerca.

—Como ya le he comentado a tu amiga, solo podéis verme y oírme a mí, pero hay varias entidades en esta reunión —explicó Orren—.

Tenemos a un representante de los Borant, a unos pocos integrantes del subcomité de mazmorreo del Sindicato y algunos grupos interesados que querían escuchar.

Además, también nos acompaña un representante de los medios de comunicación que hemos elegido.

Dicho representante no tiene permitido informar sobre nada de lo que ocurra en esta reunión a menos que quebrante alguna ley.

—Guau —le dije a Katia, que de repente puso gesto de amargura—. Mira que se están tomando molestias por nosotros.

Estuvo a punto de responderme, pero el intermediario la interrumpió.

—En realidad, es por ti —dijo Orren, refiriéndome a mí—. Katia Grim la mazmorrera solo está aquí porque es la que lo tiene en el inventario. Le hemos preguntado si se considera la propietaria del objeto y su respuesta ha sido que en realidad lo eres tú. Dentro de nada volverá al punto de encuentro.

—Un momento —empezó a decir ella, pero luego desapareció con un crujido estruendoso.

C ARL : ¿Estás bien?

K ATIA : Me duele un poco la cabeza, pero sí. Carl, creo que te he metido en problemas sin querer. No sabía qué decir. Me arrebataron el portal. Lo siento. No pude hacer nada.

C ARL : Tranquila. Mira a ver si encuentras a Dónut.

K ATIA : La estoy viendo. Se ha puesto a perseguir a Mongo. Ten cuidado.

Orren agitó la mano y aparecieron tres objetos en el escritorio frente a él. Los dos relojes y la caja de movimiento, las tres partes del Portal de los dioses ferales.

—¿Recuerdas lo que te dije la última vez que estuviste aquí? —preguntó Orren. Extendió el brazo hacia delante, se hizo con uno de los relojes y empezó a darle vueltas en la mano con gesto ausente.

Suspiré. Estaba agotado y tenía la cabeza como un bombo. Había muchas cosas que hacer, y una parte de mí empezó a pensar que ojalá acabasen conmigo y se terminase todo de una vez. Si no, necesitaba dormir. Y pronto. Me encogí de hombros.

—La verdad es que no.

—Te dije que, si fuese por mí, me hubiese librado de ti.

En aquel momento, los kua-tin querían mantenerte con vida y al consejo del Sindicato le daba igual.

Las cosas han cambiado después de ese último truquito tuyo.

—Dejó el reloj cerca del borde de la mesa—.

Los acorazados se han rendido y han abandonado su participación en la Guerra de Facciones.

Has eliminado a todo su ejército. Una de esas medusas amplificadolor mordió a la esposa del jefe de guerra, y el jefe tuvo que matarla para detener el sufrimiento.

Ahora se está recuperando en un yate de sedación, pero se han rendido y ha quedado un hueco libre, uno que nadie puede ocupar porque ya no se puede desplegar un ejército en el lugar.

Se me quedó mirando como si esperase una reacción por mi parte.

Los acorazados eran unas criaturas grandes y humanoides de piel roja. No solía irles demasiado bien en la Guerra de Facciones porque su método de combate favorito era atacar todo lo que tenían delante, ignorando por completo cualquier tipo de táctica o de magia.

—Bien —dije al fin—. Ese era el plan, sí. Joder bien jodidos a los ejércitos. —Miré hacia el techo—. Me disteis la posibilidad de hacerlo. Estoy jugando con vuestras reglas.

Él asintió y anotó algo en una hoja de papel.

—Borant no ha intervenido porque creían que ibas a intentar un ataque diferente y dieron por hecho que después perderías el control del artefacto.

Miré los tres objetos que había sobre el escritorio. Si le daba un golpecito a la mesa, el primero de los relojes caería sobre mi regazo.

—¿Y qué culpa tengo yo?

—No la tienes. Están enfadados, pero… —Se giró en la silla hacia la izquierda y alzó la voz—.

Es muy probable que les hayas hecho ganar más dinero del que han perdido.

—Hizo una pausa—. Dicho esto, ahora tenemos un problema.

Un problema que no tiene una solución sencilla.

Bueno, eso no es del todo cierto. Hay una solución fácil y muy obvia, en mi opinión.

Pero los kua-tin no quieren ir por ahí. No obstante, el consejo y los productores necesitan tu ayuda.

Sentí cómo se me arqueaba la ceja.

—¿Mi ayuda?

—No podemos arrebatarte el portal por la fuerza.

A pesar de lo que puedas pensar, las normas en lo referente al trato de los mazmorreros son muy estrictas.

Al menos en lo que a los objetos de su inventario se refiere.

Parchear ciertos objetos requiere un acuerdo entre todas las partes implicadas, y ahora mismo no hay consenso.

Me mordí el labio. Orren continuó.

—El sistema no nos permite confiscarte el objeto.

—Eso era muy interesante, teniendo en cuenta que ya me lo habían quitado—.

Borant quiere que sigas formando parte del juego.

—Volvió a alzar la voz—. A pesar del peligro que supones para su precaria solvencia financiera.

Aun así, no podemos permitir que te quedes el Portal de los dioses ferales.

Nos gustaría pedirte que nos lo entregases voluntariamente.

—¿Estás de coña? ¿Qué está pasando aquí?

Pero si ya me lo has quitado. —Respiré hondo.

El instinto me decía que extendiese el brazo y me hiciese con los objetos que había sobre la mesa.

Pensé en el periodista. Querían un testigo.

Algo me decía que aquello era una trampa.

Mantuve las manos quietas a los costados y eché la silla un poco hacia atrás.

Él rio entre dientes.

—Cuando la IA del sistema generó el objeto dentro del juego por primera vez, ¿sabes lo que ocurrió? Dio comienzo una reacción en cadena tan exagerada de subrutinas de comprobaciones y compensaciones que bloqueó el sistema. La IA creó un objeto capaz de eludir sus propias reglas.

—¿Y qué me quieres decir con eso?

—El objeto tiene la capacidad de matar a todos los que se encuentren en el piso.

Borant modificó las normas todo lo que pudo para evitar que acabases con la población del piso anterior.

Pero este es diferente. Aquí podrías abrir cientos de portales y reducir la mazmorra a un erial en menos de una hora.

D ÓNUT : TENGO LA MEJOR CLASE DEL MUNDO PARA ESTE PISO. KATIA HA VUELTO Y SE HA PUESTO EN LA COLA CON NOSOTROS.

Cerré el chat y esperé a que Orren continuase.

—Nadie esperaba que te hicieses con el objeto.

Hay normas que todos debemos seguir, por lo que no podemos quitártelo sin más.

No obstante, sí que podemos «quitarte» a ti.

Tenemos que proteger la integridad del juego, lo que nos deja con tres opciones.

—Alzó un dedo—. La primera: puedo dar la orden de que el piso quede bajo un conjuro de protección que elimine el acceso de todos los mazmorreros a los portales.

Eso os dejaría sin espacios personales, clubes y os daría problemas con muchas otras cosas.

Los pergaminos de teletransportación también dejarían de funcionar, así como algunos conjuros de movimiento.

El transportín de tu mascota también quedaría inoperativo. Sería un caos y morirían miles.

Levantó otro dedo.

—La segunda: podemos acelerarte, lo que desembocaría en tu muerte y la de todos los que estén cerca de ti.

Dejó que sopesara sus palabras durante unos instantes y luego levantó un tercer dedo.

—Y la tercera: entregas la caja de movimiento, te doy un vale y la recuperas cuando llegues al noveno piso.

Me quedé unos instantes en silencio. No dejaba de darle vueltas a las opciones. Mierda. Necesitaba el portal. Sin él, no iba a poder mantener la promesa que le había hecho a Higo.

Tenía que pensármelo bien.