2. La justicia
Después de casi dejarnos a todos sordos con el silbato, la profe de Educación física nos manda a Anabel y a mí al despacho del director. Caminamos hasta el área de administración sin mirarnos a la cara, de morros las dos.
Resoplo. Me siento en una de las sillas que hay frente al despacho. No dejo de mover la pierna mientras espero justo delante. ¡Verás…!
Vamos a llegar tarde a Inglés, así que tendré extra de deberes.
Las manillas del reloj se mueven lentamente.
Escucho a la secretaria, que me mira como si yo fuera un problema, mientras habla por teléfono con mi madre.
Las manillas del reloj siguen moviéndose.
La secretaria dice que mi madre tardará un poco más en llegar. Por eso, cuando se presentan los padres de Anabel, ellos son los primeros en entrar en el despacho del director .
Sigo moviendo la pierna, inquieta.
Para cuando mi madre llega, Anabel lleva en el despacho unos quince minutos. Y sé que, sea lo que sea lo que está explicando ahí dentro...
¡es mentira!
Eso me carcome por dentro.
Mi madre se lleva las manos a la cadera y me mira desde arriba.
—¿Con quién ha sido? —pregunta.
Imagino que la secretaria la ha puesto al día.
—Anabel.
Ella suspira, teatrera, y se sienta a mi lado. Esta no es ni la primera ni la última vez que vamos a estar así, aquí,
¡y lo sabe…!
Sé que Anabel está ahí, dentro del despacho, con sus padres. Sé que le está contando al director que no ha hecho nada y que yo buscaba pelea porque sí. ¡Como si a mí me gustara meterme en líos! Sé que se lo está inventando todo, que le está dando la vuelta a la historia. Y no lo soporto.
Esta no es la primera vez que Anabel miente para conseguir lo que quiere.
Siempre se libra de esas cosas.
Y siempre le hacen caso.
—Martuky, hija, está temblando la fila entera de asientos —protesta mi madre, que me pone una mano en la rodilla—. ¿Tan enfadada estás?
Me quedo quieta y pongo la espalda recta.
— No estoy enfadada —gruño mientras me cruzo de brazos.
Pero sí lo estoy.
Por culpa de todo esto, mi madre ha tenido que salir antes del trabajo y ahora está aquí, con su uniforme, esperando a que el director le diga que soy una bruta o algo así.
—Perdón, mamá.
Pero, además de enfadada, también estoy nerviosa. Y preocupada.
La cosa no tiene buena pinta.
Cuando la puerta del despacho se abre, mi madre y yo vemos salir a Anabel y a sus padres. Ni siquiera nos miran, solo pasan de largo. Sus padres son exactamente igual que ella: altos, estirados.
Mientras se alejan por el pasillo, Anabel se vuelve y me mira por encima del hombro con esa superioridad suya.
Todo el enfado me vuelve entonces de golpe .
Antes de que yo pueda protestar, o empezar una pelea de verdad, el director nos llama a mi madre y a mí a su despacho. Cuando entramos, me fijo en que va bien vestido y parece muy muy serio. Nos mantiene la puerta abierta hasta que las dos estamos dentro.
Cuando cierra la puerta, nos dice cuál va a ser mi castigo, y el mundo entero se me viene abajo.
¡¿CÓMO?!