CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #8
Vi cómo sus labios temblaban antes de dibujar una sonrisa diminuta. Era la primera sonrisa sincera que le veía desde aquella llamada. Se puso de puntillas y entonces me besó despacio… sin ansiedad y sin necesidad de demostrar que todo estaba bien.
Cuando nos separamos, ninguno dijo nada, no hacía falta.
Giré la vista hacia la habitación. Sobre una pared seguía el último acertijo que nos quedaba por resolver.
Lauren también lo vio.
—Supongo... —dijo secándose las lágrimas con la manga— que deberíamos terminar esto.
—Sería una pena quedarnos encerrados para siempre.
—Depende.
La miré divertido.
—¿Ah, sí?
—Contigo tampoco estaría tan mal.
Solté una pequeña risa.
—Eso es trampa.
—Lo sé.
Nos acercamos juntos al último mecanismo.
Esta vez no tardamos demasiado. Quizá porque el verdadero rompecabezas nunca había sido aquella habitación. Cuando la cerradura hizo un clic metálico, ambos levantamos la vista casi al mismo tiempo, la puerta comenzó a abrirse lentamente y al otro lado estaban Iriome, Asier y Noa.
Los tres dejaron de hablar en cuanto nos vieron aparecer, nadie preguntó nada pero los tres comprendieron que algo había cambiado.
No salíamos riendo, no salíamos celebrando nada, tampoco parecíamos dos personas que hubieran encontrado todas las respuestas.
Simplemente… volvíamos caminando el uno junto al otro.
Y, por primera vez en mucho tiempo, eso era suficiente.
CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA
Me desperté con el sonido del mar entrando por la ventana.
Estos últimos meses había aprendido que no todos los despertares eran iguales.
Algunos empezaban con el pitido insistente del despertador; otros, con el peso cálido de Lauren abrazándome mientras intentaba convencerme, todavía medio dormida, de que cinco minutos más podían cambiar el destino del universo.
Pero aquel amanecer fue distinto, había algo especialmente tranquilo en la forma en que la luz atravesaba las cortinas y se deshacía sobre las sábanas, como si el día entero hubiera decidido empezar despacio.
Lauren seguía dormida, tenía el rostro medio escondido contra la almohada y el pelo completamente revuelto. Una de sus manos descansaba sobre mi brazo, como si incluso dormida necesitara comprobar que seguía allí.
Sonreí sin darme cuenta.
Después del escape room, algo había cambiado entre nosotros.
Durante meses cada conversación terminaba, tarde o temprano, en el futuro: cada ola, cada cena, cada beso proyectaba una sombra sobre una oscuridad que ni siquiera había llegado.
Habíamos convertido una decisión que pertenecía a nuestro yo del futuro en un problema del presente.
Pero ahora no, ahora simplemente... estábamos uno junto al otro.
Giré ligeramente la cabeza hacia Lauren.
—¿Qué haces...? —murmuró sin abrir los ojos.
—Mirarte.
Frunció el ceño.
—Eso da un poco de miedo.
—Lo dices como si no llevaras años haciendo exactamente lo mismo.
—Pero yo lo hago con elegancia.
Solté una pequeña risa.
Ella abrió apenas un ojo.
—¿Te estás riendo de mí?
—Por supuesto que no, jamás me atrevería.
Lauren estiró una mano buscando mi cara y terminó empujándome suavemente.
—Mentiroso.
—Siempre.
Se acercó despacio y apoyó la frente contra la mía.
—Buenos días.
—Buenos días.
El resto de la mañana transcurrió exactamente igual que tantas otras. Y, sin embargo, todo parecía nuevo. Lauren desayunó sentada sobre la encimera mientras criticaba mi forma de cortar la fruta.
—Los plátanos no se cortan así.
—¿Existe una técnica oficial?
—Claro.
—¿Quién la ha decidido?
—Yo.
—Entonces no cuenta.
Me lanzó un trozo de manzana que conseguí atrapar por pura suerte.
—Eso ha sido un intento de asesinato.
—Ha sido un aviso.
—Qué violenta eres.
—Porque me provocas.
La observé reír mientras terminaba el café.
Hacía semanas que no la veía reír así, sin mirar el móvil después, sin que alguna notificación le robara un pedazo del día.
Aquella mañana incluso entrenamos juntos como en los viejos tiempos.
Lauren protestó durante los estiramientos, fingió morirse durante las planchas y terminó acusándome de contar las repeticiones demasiado rápido.
—Has dicho treinta y solo llevábamos veintiséis.
—No puedes demostrarlo.
—Claro que puedo.
—¿Cómo?
Se quedó pensándolo unos segundos.
—No importa. Sé que has hecho trampas.
Asentí con solemnidad.
—Pruebas irrefutables.
Ella sonrió antes de acercarse para darme un beso rápido.
Por la tarde regresamos al mar.
El viento apenas movía la superficie y las olas entraban limpias y ordenadas, casi perezosas. Lauren respiró profundamente antes de entrar al agua.
—Las echaba de menos.
La miré.
—¿Las olas?
Negó con la cabeza.
—No.
Se señaló el pecho.
—Las ganas de disfrutarlas.
No respondí porque entendía exactamente lo que quería decir. Esta vez no pensé dónde estaría dentro de un año, no imaginé aeropuertos ni playas al otro lado del mundo. Solo la vi allí, a pocos metros con el pelo mojado pegado a la cara y el sol reflejándose sobre el agua alrededor de su tabla.
Una serie de olas comenzó a acercarse.
Lauren señaló la segunda.
—Esa es tuya.
Remé y me levanté, la tabla respondió con suavidad y durante unos segundos el mundo volvió a reducirse al ruido del agua bajo mis pies.
Cuando terminé la ola giré la cabeza casi por costumbre. Lauren seguía allí, esperándome. Levantó el pulgar y yo hice una reverencia exagerada desde la tabla mientras ella fingió aplaudir.
Después fue ella quien cogió la siguiente ola y yo hice exactamente lo mismo, me quedé mirándola. No porque tuviera miedo de perderla sino porque seguía pareciéndome la persona más bonita del mundo cuando sonreía encima de una tabla.
Cuando regresó remando hasta mí sonrió divertida.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Otra mentira.
—Esta vez no.
Lauren arqueó una ceja.
—Entonces.
Respiré despacio.
—Solo estaba pensando que sigo teniendo muchísima suerte.
Por un instante no dijo absolutamente nada, simplemente acercó su tabla a la mía hasta que ambas chocaron suavemente. Después buscó mi mano bajo el agua, entrelazó los dedos con los míos y permanecimos así unos segundos, balanceándonos lentamente sobre el océano.
Dos semanas después llegó la llamada.
Aquella tarde estábamos en casa, yo terminaba de escribir unos párrafos mientras Lauren revisaba distraídamente unos vídeos de surf en el portátil.
Su móvil comenzó a sonar, miró la pantalla y automáticamente me miró a mí. Los dos supimos quién era antes incluso de contestar.
—Es la marca —dijo en voz baja.
Asentí.
—Ve.
Lauren respiró hondo antes de aceptar la videollamada.
Se sentó frente al portátil y comenzó a hablar en inglés con una naturalidad que siempre me había dado cierta envidia.
Yo permanecí en el salón, fingiendo leer los apuntes mientras inevitablemente escuchaba algunas frases sueltas.
Hablaban del calendario, del equipo, de los destinos, de contratos, de fechas,… Y después llegó un silencio.
Lauren respiró profundamente.
—I'd like to ask for more time.
Esperé.
Ella continuó explicando algo que apenas entendí. Y un momento después, Lauren sonrió. Cuando terminó la llamada permaneció inmóvil unos segundos y yo cerré lentamente el portátil.
—¿Y bien?
Giró el portátil hacia mí como si todavía necesitara convencerse de que aquello había ocurrido.
—Aceptan esperar.
Me levanté.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta un mes antes de empezar el circuito.
Noté cómo el aire volvía a entrar en la habitación. No porque el problema hubiera desaparecido sino porque finalmente dejaba de pertenecernos hoy.
Lauren seguía mirándome, nerviosa. Como si esperara mi reacción.
Sonreí.
—Es perfecto.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué tiene de perfecto?
Me acerqué despacio hasta quedar frente a ella y tomé sus manos entre las mías.
—Que tenemos un año.
Lauren me observó en silencio.
—Un año para seguir desayunando tarde.
Sonrió apenas.
—Un año para que sigas haciendo pasta incomible.
—Eso también.
—Un año para seguir robándome las olas.
—Nunca te las robo.
Lauren soltó una pequeña risa.
—Mentiroso.
Negué con la cabeza.
—No.
Apoyé suavemente mi frente contra la suya.
Sentí cómo sus dedos apretaban los míos y entonces comprendí algo: durante meses había confundido amar con intentar controlar el futuro pero quizá amar a alguien no consistía en impedir que el futuro llegará, sino que consistía en no dejar que te robará el presente.
Me quedé allí unos segundos más dejando que la prisa que me había acompañado durante semanas se disipara por completo. Aquella noche no dijimos nada más, no hacía falta.
Un par de días después, el peso de la rutina volvió a instalarse en el salón, aunque esta vez de una forma distinta, más tranquila. Lauren leía en el sofá mientras el vapor de mi taza se enfriaba sobre la mesa. Fue entonces cuando el teléfono vibró en mi mano.
Iriome: ¿Seguís vivos o ya os habéis convertido oficialmente en adultos aburridos?
Aday: Depende... ¿Hay comida?
Iriome: Siempre hay lugar para una buena comida.
Aday: ;)
Asier: Eso explica por qué organizas todos los planes.
Noa: ¡Yo me apunto!
Asier: Y yo.
Miré la pantalla del móvil y sonreí.
—¿Qué pasa? —preguntó Lauren desde el sofá.
Se acercó lentamente y le enseñé el mensaje.
—Creo que Iriome acaba de salvar oficialmente el fin de semana.
Ella dejó el libro que estaba leyendo sobre la mesa.
—Me parece genial, no quedamos desde… ¿el escape room?
— La trampa dirás.
Nos reímos y yo asentí.
Era verdad. Sin darnos cuenta, nos habíamos pasado semanas tan volcados en arreglar lo que se rompió que se nos olvidó volver a respirar sin miedo.
Echaba de menos la ligereza de antes. No los grandes viajes ni las conversaciones profundas, sino esa calma en la que no hacía falta justificarse ni pedir disculpas por nada; la simple comodidad de existir en el mismo sitio.
Quedamos el sábado al atardecer.