La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #7
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CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #7

Lauren bajó lentamente la mirada mientras yo continuaba.

—Creo que eso es lo que más daño me está haciendo.

El silencio volvió a caer entre nosotros.

—No saber la respuesta.

Mis palabras resonaron en la habitación con una claridad que ni yo mismo esperaba.

—Llevamos meses viviendo dentro de una decisión que todavía no existe.

Miré las piezas del escape room esparcidas por el suelo: candados, llaves, papeles, … Esperaban una resolución.

—La incertidumbre nos está haciendo más daño que cualquiera de las dos respuestas.

Tardó mucho en contestar y cuando finalmente levantó la cabeza, había algo diferente en sus ojos. Ya no había incomprensión, había alivio. Porque por primera vez desde aquella llamada… habíamos dejado de hablar del futuro y habíamos empezado a hablar de nosotros.

Permaneció varios segundos con la vista fija en el suelo sin decir nada. Solo jugueteaba distraídamente con una de las llaves que descansaba entre nosotros, haciéndola girar una y otra vez entre los dedos.

Parecía buscar la forma de empezar una conversación que llevaba demasiado tiempo guardándose. Cuando finalmente habló, su voz había perdido la firmeza de antes.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Asentí.

—¿Por qué crees que me cuesta tanto decidir?

La pregunta me sorprendió.

Negué despacio.

—No sabría decirte.

Lauren sonrió apenas.

—Yo tampoco lo entendía.

Levantó la vista hacia la lámpara que colgaba del techo del escape room mientras la luz cálida dibujaba sombras suaves sobre su rostro.

—Hasta hace unos meses….

Esperé.

Sentía que cualquier palabra podía romper algo demasiado frágil.

—¿Recuerdas que una vez me preguntaste por qué nunca habías conocido a mis padres?

Asentí lentamente.

Claro que lo recordaba, habíamos pasado más de dos años juntos. Habíamos celebrado cumpleaños, navidades, vacaciones; conocía historias de su infancia e incluso sabía el nombre de la playa donde había aprendido a surfear, pero nunca había cruzado la puerta de la casa donde creció.

Siempre había existido una excusa y yo nunca insistí demasiado. Pensé que, cuando estuviera preparada, me lo contaría.

Lauren sonrió con tristeza.

—Nunca existió un mal momento.

Tragué saliva.

—Simplemente... nunca pude llevarte.

Lauren abrazó las rodillas contra el pecho.

—Mis padres no son malas personas.

La frase me llamó la atención. Era exactamente la clase de frase que usaban en las películas cuando alguien comenzaba a explicar algo doloroso.

—Nunca dejaron de quererme.

Hizo una pausa.

—Solo tenían una idea muy clara de cómo debía ser mi vida.

Su voz sonaba tranquila como si hubiera repetido aquella historia incontables veces en su cabeza.

—“Debes sacar buenas notas”

Sonrió con ironía.

—Eso nunca fue un problema.

Le devolví una pequeña sonrisa. Sabía perfectamente que Lauren era incapaz de hacer algo a medias.

—Después… Debía estudiar una carrera seria, encontrar un trabajo estable, comprarme una casa,…

Mientras hablaba, movía los dedos sobre el suelo siguiendo líneas invisibles.

—Y el surf...

La sonrisa desapareció.

—El surf siempre era...

Buscó la palabra.

—...un capricho. Cada vez que hablaba de competir… Siempre terminábamos en la misma conversación.

Bajó la mirada.

—“¿Y eso qué te va a ofrecer dentro de diez años?"

Su voz cambió ligeramente al repetir aquella frase. No imitaba a nadie, simplemente la recordaba demasiado bien.

—“¿Qué futuro puede darte el surf?"

Silencio.

—“¿Cuándo vas a empezar a pensar como una adulta?"

Noté cómo algo se encogía dentro de mí.

Lauren apoyó la cabeza contra la pared.

—Al principio intentaba convencerlos.

Sonrió con tristeza.

—Les mostraba vídeos, resultados, entrevistas, … Intentaba explicarles lo que significaba para mí.

Negó despacio.

—Pero daba igual cuántas veces cambiara las palabras, la respuesta siempre era la misma.

Volvió a guardar silencio.

Yo seguía sin moverme, no quería interrumpirla. Sentía que llevaba años esperando a decirme aquello.

—Llegó un momento...

Su voz se quebró apenas un instante.

—...en el que empecé a preguntarme si tenían razón.

La miré.

Lauren no levantó la cabeza.

—Pensé que quizá era egoísta, que quizá estaba desperdiciando mi vida, que quizá amar tanto el mar era una inmadurez.

Se pasó una mano por los ojos con rapidez.

—Y eso fue lo peor. No que no confiaran en mí, sino que durante un tiempo… Yo dejé de confiar en mí.

Sentí un nudo subir lentamente hasta la garganta.

Ahora entendía muchas cosas: las dudas, la necesidad constante de demostrar que era suficiente, el miedo a emocionarse demasiado cuando recibió la llamada,…

No había nacido con esas inseguridades, sino que eran el reflejo de la verdadera Lauren.

Una Lauren cuya perfección era una máscara que escondía sus miedos.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Cuando terminé el instituto… Les dije que quería estudiar en Lanzarote.

Levantó la vista hacia mí por primera vez desde que había empezado a hablar.

—Era verdad, quería estudiar. Pero no era toda la verdad.

Negó despacio.

—También quería marcharme. No para escapar de ellos, sino para encontrarme a mí de nuevo.

Volvió a bajar la mirada.

—Tenía miedo de que, si me quedaba...

Su voz se rompió.

—Acabara viviendo una vida que nunca había elegido.

Sentí un impulso casi instintivo de acercarme pero permanecí quieto. Todavía no era el momento.

Lauren dejó escapar una risa pequeña, una de esas risas que aparecen cuando alguien recuerda algo aflictivo.

—Y lo conseguí…. Encontré amigos, encontré un sitio donde nadie me preguntaba por qué quería surfear y…

Sonrió apenas.

—Te encontré a ti.

La habitación volvió a quedarse completamente en silencio. Pasaron varios segundos antes de que continuara.

—Por eso ahora no sé qué hacer.

Lauren levantó lentamente la cabeza, tenía los ojos brillantes.

—La primera vez elegí el surf… porque era la única forma que encontré de no perderme a mí misma.

Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla. No hizo ningún intento por esconderla simplemente dejó que siguiera su curso.

—Y ahora… Ahora siento que cualquiera de las dos decisiones significa perder algo.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación porque por fin lo entendía.

No estaba eligiendo entre Brasil y Lanzarote, ni entre una competición y una relación; estaba reviviendo exactamente el mismo conflicto que había marcado su vida.

Solo que esta vez… Al otro lado de la decisión estaba yo y aquella idea me golpeó con una fuerza insoportable.

Todo este tiempo me había centrado en mí mismo y el miedo a perderla, pero nunca me había detenido a pensar qué significaba para ella quedarse. Si yo le pedía, aunque solo fuera en silencio, que renunciara a su sueño… ¿En qué me diferenciaba de quienes llevaban años diciéndole cómo debía vivir?

Bajé lentamente la cabeza.

Por primera vez desde que comenzó todo aquello… comprendí que el verdadero miedo de Lauren no era irse sino volver a dejar de ser ella. Y comprendí también algo mucho más difícil: amar a alguien también significa proteger aquello que lo convierte en quien es.

Nos pusimos de pie y Lauren apoyó su frente contra mi pecho. Sentía cómo su respiración iba recuperando poco a poco un ritmo tranquilo mientras le acariciaba el pelo despacio.

Aún no tenía una respuesta para el futuro y, por extraño que pareciera, ya no me daba tanto miedo reconocerlo.

Habíamos pasado meses intentando encontrar una solución perfecta para algo que todavía ni siquiera había ocurrido y, mientras tanto… habíamos dejado de vivir el presente.

Miré alrededor.

Las paredes falsas del escape room seguían rodeándonos, el cronómetro continuaba descontando minutos sobre una pantalla, los acertijos seguían esperando a ser resueltos, … Todo seguía exactamente igual, los únicos que habíamos cambiado éramos nosotros.

Respiré hondo.

—Creo que hemos estado haciendo una tontería.

Lauren levantó despacio la cabeza, tenía los ojos todavía húmedos.

—¿Cuál?

Sonreí con cansancio.

—Llevamos meses intentando decidir algo que ocurrirá dentro de un año.

Ella no respondió, simplemente me observó.

—Nos hemos peleado con un futuro que todavía no existe. Y mientras discutíamos con él... hemos dejado de cuidarnos.

Lauren bajó la mirada. Vi cómo sus dedos buscaban los míos casi sin pensar, los entrelacé con suavidad.

—¿Y si dejamos de vivir dentro de doce meses?

Volvió a levantar la vista. Esta vez no había miedo, solo una atención absoluta.

—¿Qué quieres decir?

Inspiré lentamente.

—Quiero decir que hoy no tienes que decidir nada.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—Pero tendré que hacerlo.

—Sí.

Asentí despacio.

—Dentro de un año.

La habitación volvió a quedarse en silencio.

—Entonces... —continué— ¿por qué estamos dejando que una decisión del futuro nos afecte tanto?

Sentí cómo sus dedos apretaban un poco más los míos.

Lauren cerró los ojos. Y, cuando volvió a abrirlos, ya estaba llorando otra vez. Pero era distinto, no era el llanto desesperado de hacía unos minutos. Era como si acabara de soltar un peso que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

Di un paso hacia ella y simplemente la abracé con fuerza.

Noté cómo escondía la cara contra mi pecho mientras sus hombros temblaban suavemente.

Yo cerré los ojos.

—Perdón... —susurró ella.

Negué despacio.

—No.

—Te he hecho daño.

—Y yo a ti.

Volvió el silencio pero este ya no dolía.

Después de un rato, Lauren habló otra vez, muy bajito.

—¿Y si dentro de un año sigo sin saber qué hacer?

Sonreí y le levanté suavemente la barbilla.

—Entonces decidirá la Lauren de dentro de un año.

Ella me miró sin decir nada.

—No quiero que cargues con esa decisión constantemente.

Sentí cómo soltaba lentamente el aire, como si acabara de recuperar la capacidad de respirar.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—¿De verdad podrás esperar?

Pensé unos segundos. La respuesta parecía complicada pero en verdad, sorprendentemente, no lo era.

—No lo sé.

Lauren bajó un poco la cabeza.

Sonreí.

—Pero prefiero aprender a esperar contigo… que seguir despidiéndome de alguien que todavía sigue aquí.