La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #2
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CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA #2

Sus ojos brillaban mientras hablaba. No describía playas, describía sueños.

—Imagínate surfear ahí...

No respondí enseguida.

Porque me la imaginaba perfectamente: levantándose antes del amanecer para entrar al agua, riéndose después de una buena ola… La imaginaba feliz; y esa imagen me hacía sentir dichoso.

—Es increíble.

Lauren asintió despacio.

—¿Verdad?

Volvió a mirar la pantalla.

—Todavía no me creo que me hayan llamado a mí.

Sonreí.

—Pues empieza a hacerlo.

Ella bajó la vista unos segundos.

—Es que hay muchísima gente mejor que yo.

Negué con la cabeza.

—No.

—Sí.

—Lauren.

Esperó.

—Hay muchísima gente que surfea mejor que tú.

Frunció el ceño.

—Gracias.

—Déjame terminar.

Se rió.

—Pero casi nadie transmite lo que tú transmites cuando estás dentro del agua.

Se quedó callada.

—Y eso no se aprende.

Durante unos segundos no dijo nada, simplemente volvió a mirar la pantalla con una sonrisa mucho más pequeña… más sincera.

Después, abrió otro documento.

—Ayer me enviaron también un resumen del proyecto.

Me acerqué un poco más para leer. Había varias fechas, competiciones, sesiones de fotografía y viajes; muchos viajes: Brasil, Australia, Portugal, Indonesia, Sudáfrica, Hawái, California, Francia …

Entonces, sentí que algo se detenía dentro de mí.

—Parece largo.

Lauren dejó escapar una pequeña risa.

—Un poco.

Siguió leyendo.

—Aquí pone que normalmente el contrato dura unos dos años.

—Dos años… —No reaccioné, o eso intenté.

Ella seguía leyendo sin darse cuenta de que yo ya no estaba escuchando sus palabras, solo esa cifra.

Dos años.

Mi cabeza empezó a hacer cuentas sin permiso: dos veranos, dos inviernos, dos cumpleaños, cientos de desayunos y miles de noches.

De repente dejé de ver las playas y empecé a imaginar la tabla de Lauren apoyada en una pared durante meses, su taza favorita sin usar, la sudadera que siempre me robaba doblada en el armario, y el hueco vacío a mi lado al despertar.

—¿Aday?

Parpadee.

Lauren me estaba mirando.

—¿Sí?

—¿Qué te parece?

Tardé un segundo en responder.

—Es... impresionante.

Sonrió.

—¿Verdad?

Asentí.

Ella siguió hablando, pero yo apenas podía seguir el hilo.

Escuchaba palabras sueltas: "...la marca...", "...el equipo...", "...los fotógrafos...", "...la campaña..."

Y mientras ella imaginaba todo lo que podía empezar… yo empecé a imaginar todo lo que podía terminar.

Aquella noche cenamos juntos o al menos compartimos la mesa.

Lauren hablaba de husos horarios, de idiomas y de lo poco preparada que estaba para pasar tantas horas en aviones.

Yo respondía, sonreía y hacía preguntas. Las correctas, las que habría hecho cualquier novio feliz. Y, sin embargo, había una parte de mí que permanecía en silencio. Una parte que observaba cada uno de sus gestos como si ya estuviera empezando a echarlos de menos.

Cuando terminó de hablar, apoyó el tenedor sobre el plato.

—¿En qué piensas?

La pregunta me sacó de golpe.

—¿Yo?

Asintió.

—Llevas toda la cena en otro sitio.

Negué despacio.

—Solo estoy cansado.

Me sostuvo la mirada unos segundos.

No insistió y luego, recogimos la mesa en silencio.

Antes, siempre terminábamos salpicándonos con el agua mientras fregábamos o discutiendo por quién secaba peor los platos. Pero, aquella noche solo se oía el agua cayendo sobre el fregadero.

Lauren rompió el silencio.

—¿Te acuerdas de aquella película?

Levanté la vista.

—¿Cuál?

—La del matrimonio.

Tardé apenas un segundo en recordarla: el hombre que se marchaba, la mujer que se quedaba y nosotros discutiendo sobre quién tenía razón.

Sentí un nudo en el pecho.

Porque entonces solo era una conversación pero ahora ya no.

Mientras secaba un vaso comprendí algo que me hizo bajar la mirada.

Aquella noche yo defendía que no entendía por qué alguien abandonaría una vida feliz para perseguir algo más.

Pensaba que era una cuestión de principios, de personalidad… Pero no…, era miedo; nunca había sido una opinión, era miedo.

Lauren siempre había mirado el horizonte con ilusión mientras que yo empezaba a mirarlo como si fuera una cuenta atrás. No sabía cuándo había empezado a hacerlo, solo sabía que, por primera vez desde que la conocí, el futuro dejó de parecerme un lugar al que quería llegar.

Aquella noche nos acostamos más tarde de lo habitual.

Lauren seguía mirando información desde el portátil mientras yo fingía leer un libro que llevaba diez minutos abierto por la misma página.

La habitación estaba casi a oscuras y solo la luz tenue de la pantalla iluminaba su rostro de vez en cuando.

Escuchaba el sonido de las teclas, el roce de las sábanas cuando cambiaba de postura y, de fondo, el mar. Siempre el mar.

Al cabo de un rato cerró el ordenador.

—Creo que ya está bien por hoy.

Lo dejó sobre la mesilla y apagó la lámpara.

La oscuridad nos envolvió por completo y durante unos minutos no hablamos, solo respirábamos.

Antes, aquellos silencios eran cómodos. Ahora parecían llenos de preguntas que ninguno se atrevía a formular.

Lauren fue la primera en romperlos.

—Aday.

—¿Sí?

Tardó unos segundos en continuar.

—¿Estás bien?

Mentirle siempre había sido imposible. Pero, aun así, lo intenté.

—Sí.

Ella soltó una risa muy pequeña.

—Eres malísimo mintiendo.

Sonreí en la oscuridad.

—Lo intento.

—Ya...

Volvió el silencio.

Pensé que la conversación había terminado.

Entonces habló otra vez.

—¿Irme lo cambiaría todo?

La pregunta cayó entre nosotros con una suavidad que dolía todavía más.

Me quedé mirando el techo. No porque buscara la respuesta allí, sino porque tenía miedo de encontrarla en sus ojos.

Inspiré despacio.

—Falta mucho para eso.

—Lo sé.

—Ni siquiera has aceptado todavía.

—Lo sé.

Su voz sonaba tranquila, demasiado tranquila. Como si llevara horas hablando consigo misma antes de decidir preguntármelo.

Giré ligeramente la cabeza hacia ella.

Lauren seguía mirando al techo, esperando.

—No tienes por qué pensar en eso ahora.

Ella sonrió apenas.

—Eso tampoco es una respuesta.

No, no respondía porque estaba intentando decir lo correcto. Lo que una buena persona diría, lo que alguien que ama de verdad debería decir: avanza, persigue tu sueño, no te preocupes por mí.

Pero ninguna de esas frases conseguía salir.

Lauren giró la cabeza hacia mí.

En la penumbra apenas distinguía el brillo de sus ojos.

—Quiero saber qué piensas.

Tragué saliva.

Durante unos segundos me limité a observar el techo otra vez. Luego, cerré los ojos.

—Quiero decirte que vayas.

Mi voz sonó mucho más baja de lo que esperaba.

Lauren no dijo nada, solamente esperó como siempre hacía.

—Quiero ser la persona que te diga que avances sin miedo.

Sentí un nudo cerrándome la garganta.

—Porque sé lo que significa para ti.

Noté cómo me temblaba ligeramente la respiración.

—Pero...

La palabra quedó suspendida unos segundos. No encontraba la forma de terminarla sin romper algo.

Al final dejé de buscarla y simplemente dije la verdad.

—También soy la persona que no sabe cómo imaginarse aquí sin ti.

El silencio que siguió fue inmenso.

Lauren bajó la mirada. No porque estuviera enfadada, sino porque acababa de entender exactamente lo que llevaba días intentando esconder.

Sentí su mano buscar la mía entre las sábanas. Entrelazó los dedos con cuidado, como si tuviera miedo de que incluso ese gesto pudiera romperse.

—No quería hacerte daño.

Su voz sonaba frágil.

Negué despacio.

—No me estás haciendo daño.

Ella dejó escapar una pequeña risa sin alegría.

—Eso también es mentira.

No respondí, porque tenía razón.

Lauren apretó un poco más mi mano.

—Llevo soñando con algo así desde que era una niña.

Sonrió con tristeza.

—Y ahora que aparece... lo único que consigo pensar es en todo lo que tendría que dejar aquí.

La escuché respirar hondo.

—No sabía que una buena noticia podía doler tanto.

Giré el cuerpo hacia ella.

—Lauren...

—No.

Negó despacio.

—Déjame terminar.

Asentí.

—Si me voy...

Se quedó unos segundos buscando las palabras.

—Tengo miedo de que un día te acostumbres a vivir sin mí.

Sentí que algo se rompía muy dentro.

Me incorporé un poco y llevé una mano hasta su mejilla.

—Eso nunca pasaría.

Ella cerró los ojos al sentir mi mano.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque llevo dos años aprendiendo a vivir contigo.

Sonreí con una tristeza que ni yo mismo reconocía.

—Y todavía no he aprendido a vivir sin ti ni un solo día.

Lauren respiró temblando.

Entonces se acercó hasta esconder la cara en mi cuello y la abracé con fuerza, con demasiada fuerza, como si mi cuerpo intentara convencer al tiempo de que todavía podía quedarse quieto.

Ninguno volvió a hablar.

Solo permanecimos así, abrazados, mientras la noche seguía avanzando alrededor de nosotros.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos otra vez.

La habitación seguía completamente oscura. Por costumbre estiré el brazo hacia mi lado pero la cama estaba vacía.

Me incorporé despacio.

La puerta del balcón estaba entreabierta, entraba una brisa suave que movía lentamente la cortina. Lauren estaba allí fuera, sentada en el suelo, con las rodillas recogidas contra el pecho. La luna dibujaba una silueta plateada sobre su espalda.

Durante un instante pensé en salir, en abrazarla otra vez, en decirle que todo iba a salir bien; pero no me moví porque entendí que había lágrimas que una persona necesitaba llorar completamente sola.

Desde la oscuridad de la habitación la observé llevarse una mano a la cara y luego otra. Sus hombros temblaban muy despacio, casi imperceptiblemente. Lauren estaba llorando.

No porque quisiera marcharse, ni porque quisiera quedarse. Lloraba porque, por primera vez sentía que elegir un sueño podía significar perder el otro.

Y yo… Yo permanecí inmóvil, fingiendo seguir dormido.

No porque no quisiera consolarla sino porque acababa de descubrir algo que me daba todavía más miedo.

Había empezado a desear, aunque solo fuera por un instante, que aquella llamada nunca hubiera sonado y odié reconocerlo.

Porque la persona que Lauren había ayudado a reconstruir jamás habría querido convertirse en alguien capaz de tener ese pensamiento.

Los días siguieron pasando.