La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA
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CAPÍTULO 9 - LA MAREA DE TU MEMORIA

La cocina olía a sal.

Después de surfear durante horas, el aroma del neopreno húmedo abandonado cerca de la entrada y las toallas secándose sobre las sillas lo impregnaba todo, incluso a nosotros.

Lauren estaba descalza, apoyada contra la encimera mientras intentaba decidir qué música poner. Todavía tenía el pelo  mojado, cayéndole sobre los hombros en pequeños mechones oscuros, y llevaba una de mis sudaderas, siempre demasiado grandes para ella.

Yo removía unos espaguetis en la sartén fingiendo que sabía cocinar un Frutti di Mare mejor de lo que realmente sabía.

—Huele raro —dijo.

—Eso es porque tienes el paladar infantil.

—O porque estás quemando algo.

Giré levemente la cabeza hacia ella.

—Confía en el proceso.

Lauren soltó una pequeña risa sin apartar la vista del móvil.

—Eso dijiste la última vez y casi provocas un incendio.

—Exagerada.

—Pero tuvimos que abrir todas las ventanas, o ¿no?

—Fueron unos detalles técnicos.

Ella negó con la cabeza sonriendo y empezó a caminar desordenadamente por la cocina buscando una playlist. Siempre me había parecido curioso que la misma chica capaz de leer el mar como si hubiera nacido dentro de él necesitara cinco minutos para elegir una playlist. Yo la observé de reojo mientras seguía cocinando.

Me encantaba la cotidianidad de los últimos días, aunque no todo fuese perfecto: a veces discutíamos por tonterías absurdas; otras veces Lauren desaparecía mentalmente durante horas dibujando diseños para tablas mientras yo fingía indignarme porque no me escuchaba.

La música empezó a sonar finalmente desde el altavoz.

—¿En serio esta playlist otra vez? —pregunté.

—El arte no se cuestiona.

—Pero este pop triste es para gente que mira la lluvia por la ventana.

—Exacto —respondió—. Cultura.

Me reí por lo bajo mientras apagaba el fuego.

Justo entonces el teléfono de Lauren vibró sobre la mesa.

Ella frunció ligeramente el ceño al mirar la pantalla.

No reconocí el número, pero algo en su expresión cambió apenas un segundo. No fue preocupación exactamente… más bien sorpresa.

—¿Todo bien? —pregunté.

Lauren dudó un instante antes de asentir.

—Sí… creo.

Cogió el móvil y caminó hacia el salón mientras aceptaba la llamada.

—¿Hola?

Su voz se volvió inmediatamente más neutra.

Yo seguí moviéndome por la cocina intentando no escuchar demasiado, aunque inevitablemente algunas palabras llegaban entrecortadas desde el otro lado del piso.

“Sí.”

“Claro.”

“No, no me lo esperaba.”

“¿Brasil?”

Fruncí ligeramente el ceño.

Lauren caminaba lentamente de un lado a otro del salón mientras hablaba. Se pasaba la mano por el pelo constantemente, algo que siempre hacía cuando estaba nerviosa o intentando procesar demasiadas cosas a la vez.

Apagué finalmente la cocina y me apoyé contra la encimera observándola desde lejos.

No parecía preocupada… pero tampoco tranquila.

La conversación duró varios minutos más y entonces ocurrió.

Lauren se quedó completamente quieta en mitad del salón.

—¿En serio? —preguntó.

Silencio. Luego una sonrisa. Una de verdad, de las que le iluminaban toda la cara antes incluso de que pudiera controlarlo.

Sentí algo cálido en el pecho automáticamente porque conocía esa expresión. Era la misma que ponía cuando el mar estaba perfecto, cuando hablaba de surf o cuando algo dentro de ella se sentía vivo de verdad.

—Sí… sí, por supuesto —respondió rápidamente—. Lo entiendo.

Se giró sobre sí misma mientras escuchaba.

—Muchas gracias. De verdad.

La llamada terminó pocos segundos después.

Lauren se quedó quieta mirando el teléfono como si todavía no hubiese terminado de creérselo.

—¿Lauren?

Levantó la vista hacia mí. Y explotó.

—Aday.

Cruzó el salón casi corriendo hasta llegar a la cocina.

—Aday, creo que… joder, creo que acaba de pasar algo muy fuerte.

No pude evitar sonreír al verla así.

—Respira primero.

—No puedo respirar.

—Lauren.

—¡No puedo!

Solté una pequeña risa.

Ella se acercó todavía más y me agarró ambas manos con una energía nerviosa que casi parecía electricidad.

—¿Te acuerdas de la marca de ropa que patrocinó el campeonato de Jeffreys Bay el año pasado?

Intenté pensar.

—¿La australiana?

—Sí. Bueno… no exactamente ellos, pero trabajan con una campaña internacional enorme relacionada con competiciones y surfistas emergentes y…

Se interrumpió sola porque estaba hablando demasiado rápido.

—Vale. Espera. Otra vez desde el principio.

Lauren tomó aire intentando parecer calmada.

—Quieren que colabore con ellos.

Parpadee.

—¿Colaborar cómo?

—Como imagen para un circuito internacional. Viajes, spots, contenido, competiciones, promoción… —Su sonrisa tembló apenas mientras hablaba—. Me encontraron por vídeos de competiciones y por algunas fotos de las redes de Famara y…

Se llevó ambas manos a la cara.

—No me lo puedo creer.

La miré unos segundos sin responder. Y entonces, entendí realmente lo que significaba.

No era una colaboración pequeña, no era publicidad local, no era una simple oportunidad: era exactamente el tipo de puerta con la que Lauren había soñado desde siempre.

El tipo de cosas que parecían ocurrirle a otra gente pero nunca a nosotros.

Sentí orgullo, muchísimo orgullo. Porque nadie amaba el mar como Lauren. Nadie lo entendía igual y verla recibir algo así se sentía increíblemente justo.

Por eso sonreí antes incluso de pensar demasiado.

—¡Eso es una locura!

Lauren soltó una risa nerviosa.

—¿Verdad?

—Lauren… eso es enorme.

Ella me miró como buscando confirmación real en mi cara.

—¿Tú crees?

La pregunta me rompió un poco porque entendí inmediatamente que, detrás de toda esa emoción, seguía existiendo una parte de ella incapaz de terminar de creerse suficiente.

Me acerqué despacio.

—Claro que lo creo.

Apoyé las manos en su cintura.

—Te pasan estas cosas porque eres buena, muy buena.

Lauren bajó la mirada apenas un segundo y sonrió.

Esa sonrisa pequeña que solo aparecía cuando algo le llegaba de verdad.

—Todavía no he dicho que sí —murmuró.

—¿Y qué estás esperando?

Ella soltó aire entre risas.

—No sé… procesarlo.

—Pues procésalo rápido y acepta.

Lauren me observó en silencio unos segundos, como intentando comprobar si realmente hablaba en serio.

Y yo hablaba en serio.

Ella deslizó lentamente las manos por mis brazos.

—Es importante para mí.

—Lo sé.

—Mucho.

Asentí despacio. Había visto la forma en que sus ojos cambiaban cuando hablaba del mar. La forma en que su cuerpo parecía encontrar sentido encima de una tabla, la manera en que necesitaba sentir que avanzaba hacia algo.

—Entonces ve donde tengas que ir, que yo siempre encontraré la forma de llegar hasta ti.

El surf nunca había sido solo un hobby para Lauren: era su identidad… era libertad.

—Tienes que hacerlo —dije.

Lauren tragó saliva suavemente.

—¿Así de fácil?

Sonreí apenas.

—Nunca es fácil contigo.

Ella soltó una pequeña risa y escondió la cara un instante contra mi pecho.

La abracé automáticamente.

Y durante unos segundos nos quedamos así, quietos en mitad de la cocina mientras la música seguía sonando de fondo y la cena empezaba a enfriarse olvidada detrás de nosotros.

Sentí su respiración acompasarse poco a poco.

—Me da miedo emocionarme demasiado —admitió en voz baja.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Lauren tardó unos segundos en responder.

—Porque las cosas buenas a veces desaparecen rápido.

La frase me dejó pensando un instante. Había algo extraño en la forma en que la dijo, algo más profundo que simple inseguridad. Pero antes de que pudiera preguntar nada, ella volvió a separarse ligeramente y sonrió otra vez, esta vez intentando recuperar el tono ligero.

—Además, probablemente termine viviendo en aeropuertos y alimentándome exclusivamente de café horrible.

—Eso ya lo haces.

—Cállate.

Me reí.

Lauren me dio un pequeño golpe en el brazo antes de caminar hacia la cocina otra vez.

—¿Qué estabas cocinando exactamente?

Miré la sartén.

—Ahora mismo… una tragedia.

—Perfecto. Tengo hambre.

La observé moverse por la cocina como si la noticia hubiese encendido algo dentro de ella.

Estaba más ligera, más brillante. Y eso me hizo feliz. Porque amar a Lauren siempre había significado eso también: entender que el mundo era demasiado grande para caber únicamente entre cuatro paredes.

Ella se giró hacia mí mientras cogía dos platos.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

Sonrió.

—Que ahora tengo ganas de surfear otra vez.

Negué con la cabeza riéndome.

—Estás enferma.

—Y tú enamorado.

La miré unos segundos.

—Muchísimo.

Lauren sostuvo mi mirada apenas un instante más antes de bajar los ojos sonriendo otra vez.

Y en ese momento todavía no lo sabía. Todavía no entendía que algunas noticias no cambian las cosas de golpe. Solo abren lentamente una puerta.

La mañana siguiente amaneció tranquila.

Lauren llevaba despierta desde hacía rato cuando salí de la habitación.

La encontré sentada en el sofá, todavía con el pijama puesto y el portátil abierto sobre las piernas.

Alrededor había varias hojas llenas de anotaciones, un cuaderno, el móvil cargando y una taza de café que ya debía de estar fría.

Ni siquiera me oyó llegar.

Tenía esa expresión que solo aparecía cuando algo conseguía atraparla por completo. Fruncía ligeramente el ceño mientras leía, movía los labios sin darse cuenta y, de vez en cuando, escribía algo deprisa antes de seguir buscando.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—Buenos días.

Levantó la vista inmediatamente.

—¡Buenos días!

Sonrió con tanta energía que me hizo sonreír también.

—¿Llevas mucho despierta?

—No podía dormir.

—¿Nervios?

—Más bien emoción —dijo corrigiéndose ella misma antes de que pudiera decir nada.

—Bueno... las dos cosas.

Me acerqué hasta el sofá y me dejé caer a su lado.

El portátil estaba lleno de pestañas abiertas: mapas, playas, competiciones, calendarios, vídeos, …

—Mira esto —comentó, girando la pantalla hacia mí.

—Esta es Praia do Rosa.

Las imágenes mostraban una playa inmensa de aguas azules que se extendía por acantilados verdes.

—Y esta… —Pasó a la siguiente pestaña.

—...es Jeffreys Bay.

Luego otra.

—Snapper Rocks.

Otra más.

—Pipeline.