CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE #4
—Buenas noches.
Y silencio.
Una tarde fuimos a surfear como siempre.
El mar estaba en calma, las olas entraban ordenadas como un desfile militar. Eran las condiciones que Lauren llamaba "demasiado perfectas para desperdiciarlas".
Entramos al agua, remamos juntos y, por primera vez en mucho tiempo, ocurrió algo extraño.
Cogí una ola y al terminarla miré automáticamente hacia donde siempre estaba Lauren. Pero no estaba.
Había remado mucho más hacia delante, buscando algo mejor. Seguí observándola desde lejos hasta que las olas ocultaron su presencia.
Esa misma noche cenamos tarde.
Lauren apareció con una carpeta en la mano y esa expresión nerviosa que ya empezaba a reconocer: la de "quiero contarte algo".
—Me han enviado el calendario provisional.
Dejé el tenedor sobre el plato.
—¿Ya?
Asintió.
Se sentó frente a mí y extendió varias hojas sobre la mesa.
—Mira.
Se inclinó hacia delante mientras iba señalando fechas.
—Aquí sería la concentración inicial. Después Brasil, Sudáfrica, Australia, …
Seguía hablando mientras yo intentaba seguir cada flecha, cada país, cada mes. Hasta que sin querer hice un cálculo mental: dos años, setecientos treinta días, setecientas treinta noches.
Lauren levantó la vista.
—¿Qué te parece?
Volví a tardar demasiado, otra vez. Esta vez apenas fue un instante, pero volvió a ocurrir.
—Es… Muy completo.
Lauren sonrió.
Aunque ya no con la misma naturalidad.
—Sí.
Guardó lentamente las hojas.
—Todavía puede cambiar.
—Claro.
—Solo es un borrador.
—Lo sé.
Ninguno añadió nada más.
Seguimos cenando mientras el sonido de los cubiertos contra los platos parecía ocupar demasiado espacio.
Esa noche tardé mucho en dormirme.
Lauren ya respiraba con tranquilidad a mi lado. Yo me giré hacia el techo intentando entender qué estaba pasando dentro de mí.
Porque no eran celos, tampoco quería que renunciara. Eso era lo peor, si alguien me hubiese preguntado qué deseaba para Lauren, habría respondido exactamente lo mismo que el primer día: que fuera feliz y que siguiera persiguiendo aquello que la hacía sentirse viva.
Pero entonces… ¿Por qué dolía?
Cerré los ojos.
Y fue entonces cuando entendí algo que me dio miedo reconocer.
No era que quisiera que se quedara. Era que cada paso que daba hacia su sueño parecía alejarla un poco más de mi.
El sábado volvimos a quedar para comer todos juntos.
Era una de esas costumbres que nunca habíamos perdido. Da igual que estuviéramos en época de exámenes, trabajando o que cada uno tuviera horarios distintos. Siempre acabábamos encontrando un hueco para reunirnos. Quizá por eso me sorprendió darme cuenta de que aquella vez nadie hablaba demasiado.
Iriome era el único que parecía empeñado en mantener viva la conversación.
—Vale, pregunta importante.
Dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Si os persigue un asesino... ¿preferís luchar contra él o convencerlo emocionalmente de que deje de ser agresivo?
Asier ni siquiera levantó la vista del plato.
—¿Cómo llegas a esas preguntas?
—Tengo talento.
—No, tienes demasiado tiempo libre.
Lauren soltó una risa breve y yo también, pero duró apenas unos segundos.
Iriome nos observó a ambos.
—Bueno... por lo menos siguen riéndose.
—No empieces —dijo Asier.
—Iba a decir algo bonito.
—Mentira.
—Sí.
—No.
—Vale... no.
Los cinco sonreímos, pero incluso aquella risa sonó distinta: más corta, más cansada,...
Después de comer decidimos caminar un rato por el paseo marítimo.
El viento movía las palmeras con suavidad y el mar estaba especialmente tranquilo.
Nos dividimos casi sin darnos cuenta: Iriome comenzó a discutir con Asier sobre una película y yo terminé caminando unos metros por delante con ellos.
Cuando giré la cabeza vi que Lauren se había quedado atrás, Noa caminaba a su lado.
No les di importancia, pensé que simplemente estarían hablando.
Lauren fue la primera en romper el silencio.
—Hace tiempo que no hablamos las dos.
Noa sonrió ligeramente.
—Supongo.
Caminaron unos metros más.
El sonido de las olas llenaba los huecos entre una frase y otra.
—¿Cómo va todo? —preguntó finalmente Noa.
Lauren entendió inmediatamente a qué se refería.
—Bien.
La respuesta fue demasiado rápida.
Noa la miró de reojo.
—No te he preguntado por la universidad.
Lauren dejó escapar una pequeña risa.
—Ya.
Silencio.
—¿Vas a aceptar?
Lauren tardó unos segundos en responder.
—Todavía no lo sé.
Noa frunció ligeramente el ceño.
—Pensaba que ya estaba decidido.
—No.
—Pero quieres ir.
Lauren miró el mar antes de contestar.
—Sí.
Después añadió muy despacio:
—Y también quiero quedarme.
Noa bajó la vista al suelo.
—No puedes hacer las dos cosas.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre las dos.
Lauren respiró hondo.
—Lo sé.
Volvieron a caminar y durante unos segundos ninguna habló. Hasta que Noa volvió a hacerlo.
—Aday no te lo va a impedir.
Lauren sonrió con tristeza.
—Ya lo sé.
—Aunque le destroce.
Lauren dejó de caminar.
Noa dio dos pasos más antes de darse cuenta.
Se volvió hacia ella.
Lauren permanecía inmóvil.
—¿Qué has dicho?
Noa respiró profundamente, había prometido no meterse pero llevaba semanas viendo la misma escena repetirse delante de sus ojos: Aday sonriendo demasiado, Lauren fingiendo que no pasaba nada; los dos intentando proteger al otro y ninguno diciendo la verdad.
—Lo conoces desde hace tres años —dijo Noa con calma—. Yo llevo casi doce.
Lauren no respondió.
—He visto quién era antes de que aparecieras.
Aquello hizo daño, no porque fuera una acusación; sino porque Lauren sintió, por primera vez, que existía una parte de Aday a la que nunca tendría acceso.
Noa continuó.
—Aday siempre hace lo mismo.
Lauren tragó saliva.
—¿Qué mismo?
—Renunciar.
La palabra cayó entre ambas con una dureza inesperada.
—Renuncia a lo que quiere por la gente que quiere.
Lauren bajó la mirada.
Noa dio un paso hacia ella.
—Lo hizo una vez.
Y casi se destruye.
Silencio.
—No dejes que vuelva a hacerlo.
Lauren levantó la cabeza despacio. Notó cómo algo empezaba a romperse dentro de ella porque llevaba semanas sintiendo exactamente el miedo contrario.
Respiró profundamente antes de responder.
—¿De verdad crees que eso es lo que estoy haciendo?
Noa no contestó.
Lauren dejó escapar una risa pequeña, sin alegría.
—Llevo semanas sintiéndome culpable por querer cumplir un sueño.
Otra pausa.
—Y culpable por pensar en renunciar a él.
Su voz empezaba a temblar.
—¿Sabes qué es lo peor?
Noa permanecía en silencio.
—Que cada vez que lo miro... deseo que me diga que me quede.
Se le quebró ligeramente la voz.
—Y al mismo tiempo necesito que no lo haga.
Noa sintió un nudo en el estómago.
Pero ya era demasiado tarde para detener aquella conversación.
Lauren dio un paso hacia ella.
—No quiero que Aday renuncie a mí.
Las palabras salieron casi sin pensar.
—Precisamente por eso no quiero que renuncie a su vida por mí.
Noa cerró los ojos un instante.
—No es lo mismo.
—¿No?
Lauren negó con la cabeza.
—¿Sabes qué siento cuando me mira?
Esperó unos segundos.
—Que cada noticia que recibo le duele.
Noa no supo responder.
Lauren continuó.
—Y eso me lastima… Muchísimo más de lo que imaginas.
Las dos guardaron silencio.
El mar seguía rompiendo a pocos metros, la gente seguía caminando alrededor, pero parecía que el mundo hubiera desaparecido.
Noa habló muy despacio.
—Solo… Solo quiero que él no vuelva a perderse.
Lauren la observó unos segundos y entonces comprendió algo.
Aquello nunca había sido contra ella: era miedo, un miedo remoto.
El miedo de alguien que había visto romperse a un amigo y que ahora intentaba impedir que volviera a ocurrir.
Pero aun así… Dolía. Porque significaba que, en el fondo, Noa seguía sin confiar del todo en ella.
Lauren respiró hondo.
—Yo también quiero protegerlo.
Su voz era mucho más baja ahora.
—Solo que no sé cómo hacerlo sin dejar de ser quien soy.
Ninguna encontró respuesta. No había una.
Después de unos segundos, Lauren volvió a caminar.
Esta vez en dirección contraria.
—Lauren...
Ella no se giró.
—Necesito estar sola un rato.
Noa permaneció inmóvil observándola alejarse.
Por primera vez desde que la conocía, no sabía si había intentado ayudar... o si acababa de romper algo que todavía tenía arreglo.
Cuando Lauren volvió, bastó con verla para comprender que algo había ocurrido; aunque no sabía el qué.
Caminaba unos metros por detrás de nosotros, con las manos escondidas en los bolsillos de la sudadera y la mirada perdida en el suelo. Noa apareció un par de minutos después, tampoco hablaba.
Iriome fue el primero en darse cuenta.
—¿Qué ha pasado?
Las dos levantaron la vista casi al mismo tiempo.
—Nada —respondieron a la vez.
Iriome arqueó una ceja.
—Eso ha sido inquietante.
Asier no dijo nada.
Solo observó a las dos durante un instante más de la cuenta, había aprendido que, cuando nadie hablaba, normalmente ocurría algo importante.
El resto del paseo fue extraño, las conversaciones nacían y morían demasiado rápido.
Iriome intentaba rescatar cualquier tema.
—¿Habéis visto que van a abrir otra hamburguesería?
Silencio.
—Vale...
Probó otra vez.
—¿Y si hacemos un viaje este verano?
Otro silencio.
Lauren sonrió con esfuerzo.
—Ya veremos.
Nadie añadió nada más.
Cuando nos despedimos, Noa fue la primera en marcharse.
Lauren esperó unos segundos antes de caminar hacia el coche, yo la seguí.
Durante varios minutos ninguno habló.
Solo se escuchaba el motor y el ruido del viento entrando por la ventanilla.
Giré la cabeza hacia ella.
Tenía la mirada fija en la carretera.
—¿Ha pasado algo?
Lauren tardó unos segundos en responder.
—He hablado con Noa.
Asentí.
—¿Y?
Otra pausa.
—No ha salido bien.
Esperé a que continuara.
Pero no lo hizo.
—¿Qué ha pasado?
Lauren apretó ligeramente las manos sobre el volante.
—Prefiero no hablar de ello.
La respuesta me dejó incómodo.
No porque me molestara, sino porque era la primera vez que me cerraba una puerta.
Miré por la ventana.
—Vale.
El resto del trayecto transcurrió en silencio.
Aquella misma tarde sonó el teléfono, era Iriome.
Contesté mientras recogía unos platos de la cocina.