CAPÍTULO 8 - ROMPIENTE #3
Por fuera, casi nada había cambiado: seguíamos levantándonos juntos, seguíamos preparando el desayuno, seguíamos entrando al mar al caer la tarde, seguíamos viendo capítulos sueltos de aquella serie que ninguno quería terminar. Y, sin embargo, todo era distinto.
No era algo que pudiera señalar con el dedo, era más bien la ausencia de pequeñas cosas.
Lauren ya no aparecía por detrás para abrazarme mientras cocinaba, ahora se limitaba a apoyar una mano en mi espalda antes de volver a la encimera.
Yo seguía buscándola con la mirada cuando estábamos en el agua, pero ella cada vez pasaba más tiempo contemplando el horizonte, como si intentara imaginar todas las playas cuyos nombres empezaban a llenar su portátil.
Las conversaciones antes de dormir se hicieron más cortas y las miradas, también. No porque nos quisiéramos menos sino porque ambos habíamos empezado a medir demasiado las palabras. Como si cualquier frase pudiera romper un equilibrio que ya era mucho más frágil de lo que queríamos admitir.
El viernes por la tarde quedamos con los demás en la cafetería de siempre.
Iriome ya estaba allí cuando llegamos.
—¡Por fin! —dijo al vernos entrar—. Pensé que os habíais fugado.
—Lo pensamos —respondió Lauren.
—¿Y?
—No encontramos aparcamiento.
Iriome negó con la cabeza.
—Qué poca ambición.
Asier levantó una mano a modo de saludo desde su silla.
Noa llegó apenas unos minutos después con un café entre las manos.
Todo parecía igual: las bromas, las risas, las discusiones absurdas, ... Pero, yo hablaba menos.
Lauren sonreía igual que siempre, aunque a veces dejaba la conversación a medias para quedarse mirando distraídamente la espuma de su café.
Noa fue la primera en darse cuenta. Lo noté porque nos observaba demasiado. No de forma incómoda sino con esa atención silenciosa que siempre había tenido cuando intuía que alguien escondía algo.
Iriome, en cambio, hizo exactamente lo contrario.
—Bueno —dijo de repente—. Necesito una respuesta importante.
Lauren levantó la vista.
—Depende.
—Si Aday se convierte en un surfero famoso... ¿te olvidarás de nosotros?
Me reí.
—Eso no va a pasar.
—No respondas por ella.
Lauren sonrió.
—Nunca me olvidaría de vosotros.
—Perfecto.
Iriome señaló a Asier.
—Él sí.
Asier bebió un sorbo de café antes de responder.
—No.
—¿No qué?
—No me olvidaría.
—Ah.
Iriome se quedó pensativo.
—Pues vaya grupo más poco dramático.
Lauren soltó una risa, una risa de verdad. Y, por un instante, todo volvió a sentirse normal. Solo por un instante.
Cuando la conversación derivó hacia las competiciones de verano, Lauren comentó casi sin pensar que una marca internacional se había puesto en contacto con ella.
Iriome dio un golpe sobre la mesa.
—¿¡Qué!?
—Todavía no es seguro.
—¡Eso es increíble!
Asier sonrió con discreción.
—Enhorabuena.
Lauren bajó la cabeza con cierta timidez.
—Gracias.
Noa fue la única que no habló enseguida. Primero me miró a mí, solo un segundo. Después volvió a mirar a Lauren y comprendí que había visto exactamente lo que yo llevaba días intentando esconder porque me conocía demasiado.
—¿Y qué tipo de colaboración es? —preguntó con calma.
Lauren empezó a explicarlo: viajes, competiciones, distintos países, dos años, …
Cuando pronunció esa última cifra sentí que el café perdía todo el sabor.
Nadie dijo nada durante unos segundos, fue Iriome quien rompió el silencio.
—Pues tendrás que aceptar, ¿no?
Lauren sonrió con inseguridad.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Es complicado.
Noa seguía observándonos en silencio.
Al despedirnos, Lauren fue al coche a buscar una sudadera que había olvidado.
Me quedé unos metros más atrás cerrando la mochila. Entonces, escuché unos pasos acercarse. Era Noa.
Se colocó a mi lado sin decir nada durante unos segundos.
—No estás bien.
Suspiré.
—Estoy bien.
Ella arqueó una ceja.
—También mientes fatal.
No pude evitar sonreír.
—Se me está pegando de Lauren.
Noa no sonrió.
—¿Te da miedo que se vaya?
Bajé la vista y no respondí, no hacía falta, ella ya tenía la respuesta.
—Aday...
Su voz sonó mucho más suave.
—No puedes pedirle que renuncie.
Levanté la cabeza inmediatamente.
—Nunca haría eso.
—Lo sé.
Y sabía que era verdad, precisamente por eso dolía tanto.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Tardé varios segundos en encontrar las palabras.
—No quiero convertirme otra vez en alguien que solo piensa en sí mismo.
Noa frunció ligeramente el ceño.
—¿De qué hablas?
Apoyé los antebrazos sobre la barandilla que daba al paseo marítimo, el mar estaba tranquilo.
—Antes de Portugal...
Sonreí con amargura.
—Todo giraba alrededor de mí: lo que yo quería, lo que yo necesitaba, lo que yo había perdido.
Miré el horizonte.
—Lauren fue la primera persona que consiguió sacarme de ahí.
La primera que me enseñó que querer a alguien también era alegrarte cuando le pasaban cosas buenas, aunque tú no fueras el centro de ellas.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y ahora...
Negué despacio.
—Ahora hay una parte de mí que desea que esa llamada nunca hubiera existido.
La frase salió casi en un susurro y escucharla en voz alta me produjo vergüenza.
Noa permaneció callada. No intentó quitarme la razón, no intentó decirme que estaba equivocado. Simplemente dejó que el silencio hiciera su trabajo y después habló.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre el Aday de entonces y el de ahora?
La miré.
Ella sonrió muy levemente.
—Que antes no habrías sentido culpa.
Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba porque tenía razón. El antiguo Aday habría encontrado mil argumentos para justificar su miedo. El de ahora… El de ahora solo quería ser suficiente para no convertirse en el obstáculo de la persona que más quería.
Lauren apareció entonces al fondo del paseo, caminando hacia nosotros con la sudadera sobre el hombro.
Sonreía.
Al verla acercarse, Noa me dio un pequeño golpe con el hombro.
—Todavía queda un año.
Seguramente era una forma de tranquilizarme, pero yo apenas fui capaz de asentir porque entendí algo que me acompañó durante todo el camino de vuelta.
El tiempo no siempre calma los miedos, a veces solo les da espacio para crecer.
CAPÍTULO 7 - MAREA ALTA
Habían pasado varias semanas desde aquella llamada.
El tiempo suficiente para que dejara de sentirse como una noticia y empezara a convertirse en una realidad. Todo empezó con correos electrónicos y después llegaron las videollamadas, los formularios, los contratos provisionales y las reuniones que Lauren intentaba resumirme mientras cenábamos.
Yo escuchaba cada una de ellas o, al menos, eso creía.
—Todavía no es definitivo —decía casi siempre antes de empezar a contarme algo nuevo. Como si necesitara recordármelo o recordárselo a ella misma.
Aquella tarde estaba sentado en el sofá mientras intentaba terminar un capítulo de un relato que había comenzado a escribir. Estas últimas semanas, este nuevo hobby me permitia evadirme.
El portátil descansaba sobre mis piernas, pero llevaba varios minutos leyendo el mismo párrafo sin avanzar una sola línea.
Lauren apareció desde la habitación con el ordenador entre los brazos.
—¿Puedes hacerme un favor?
Levanté la vista.
—Depende.
—Necesito una opinión objetiva.
—Entonces has venido a la persona equivocada.
Sonrió.
—Solo quiero saber cuál te gusta más.
Se dejó caer a mi lado y giró la pantalla hacia mí.
Había varias fotografías de playas repartidas por toda la pantalla. Algunas las reconocía, otras no.
—¿Qué es todo esto?
Lauren señaló la primera.
—Gold Coast.
Luego otra.
—Jeffreys Bay.
Después otra más.
—Hossegor.
Fue pasando imágenes mientras hablaba.
—También quieren incluir Peniche, Pipeline, Uluwatu... todavía están decidiendo algunas fechas.
Yo asentía despacio. Las playas eran espectaculares: aguas transparentes, acantilados y olas que parecían sacadas de los vídeos de surf que siempre acabábamos viendo juntos.
Lauren hablaba deprisa, demasiado deprisa. Cuando se emocionaba ocurría eso: las palabras empezaban a salir antes incluso de que terminara de pensarlas.
—Imagínate surfear aquí...
Su dedo se detuvo sobre una fotografía.
Un amanecer anaranjado iluminaba una ola perfecta.
La miré.
Después volví a mirar la pantalla.
—Es precioso.
Lauren giró la cabeza hacia mí.
—¿Verdad?
Asentí sonriendo.
—Muchísimo.
Ella volvió inmediatamente a las fotografías.
—Dicen que probablemente empecemos por Brasil porque coincide con una campaña allí. Después iríamos enlazando distintos países...
Seguí escuchándola, las palabras iban apareciendo una detrás de otra. Ya no eran lugares, era tiempo.
Sin darme cuenta dejé de escuchar la explicación.
Solo seguía el movimiento de sus labios mientras mi cabeza empezaba a construir imágenes que nadie me había pedido.
—¿Aday?
Parpadeé.
Lauren me observaba.
—¿Sí?
—¿Qué te parece?
Tardé apenas un segundo, un segundo… Pero fue suficiente, lo vi en sus ojos, había notado ese silencio.
—Me parece increíble.
Sonreí.
Esta vez con más decisión.
—De verdad.
Ella sostuvo mi mirada unos instantes antes de devolver la vista al ordenador.
—Sí...
Respondió despacio.
—A mí también.
Pero algo había cambiado, como una ola que todavía no rompe, pero ya ha empezado a levantarse.
Los días siguieron avanzando y, desde fuera, probablemente nadie habría dicho que algo iba mal: seguíamos levantándonos juntos, desayunando, entrenando. Solo que… Todo ocurría de forma ligeramente distinta.
Lauren ya no aparecía por detrás para abrazarme mientras cocinaba, no porque no quisiera sino que simplemente estaba respondiendo un correo o anotando fechas en una libreta. Yo seguía preparando café para los dos, solo que ahora muchas veces lo dejaba junto al portátil.
—Gracias.
—De nada.
Y la conversación terminaba ahí.
Las noches también cambiaron. Antes, al acostarnos, siempre aparecía alguna conversación absurda: una película, una canción, que si quién ganaría una pelea entre un tiburón y un oso, porque Lauren tenía una capacidad extraordinaria para plantear preguntas completamente inútiles antes de dormir.
Ahora muchas noches terminábamos simplemente apagando la luz.
—Buenas noches.